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IDEAS / Elecciones 2019
sábado 17 agosto, 2019

La última palabra

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por Guido L. Croxatto

Mauricio Macri, presidente. Foto: Bloomberg

Uno de los hábitos retóricos del gobierno argentino ha sido siempre culpar al remedio, logrando instalar la paradoja de que el mal se "cura“ recortando derechos (laborales, civiles, penales, procesales, la culpa de la inseguridad es del "garantismo“, la grieta es producto no de la exclusión, la indigencia, la gente forzada a caminar kilómetros para comer de los basurales, el subdesarrollo, de la mitad de chicos pugnando debajo de la línea de la pobreza –UNICEF- sino del "curro" de los derechos humanos). La reacción política a la derrota electoral se inscribe en esta línea infantil pero instalada: se culpa de una debacle financiera a los electores que (y porque) ejercen sus derechos civiles: el sufragio. Una vez más: la culpa es de los derechos y garantías. 

Como en el plano del derecho penal liberal (cuando se cuestiona el respeto y la existencia de garantías constitucionales y procesales penales básicas, cuando cierto medio titula luego de la elección que "los presos K se ilusionan con esperar el juicio en libertad“, aunque esperar un juicio en libertad en una República no es una “ilusión“, es un derecho, aunque hoy denegado ilegalmente y en forma cuasi extorsiva para forzar supuestas "confesiones“ que involucren políticamente a la ex presidenta, solo entonces el imputado obtendrá algún “beneficio“, producto de poco claros "acuerdos“ entre imputado y Justicia, aunque eso que la Justicia denomina „beneficio“ discrecional es un derecho), también en el plano de la teoría constitucional parece necesario volver a aclarar lo obvio. No se puede culpar a una sociedad por los resultados de una elección (no se puede culpar a las garantías civiles y políticas de un resultado electoral, ni a las garantías penales de la "delincuencia“).

Se puede tratar de entender por qué los resultados son los que son en una sociedad que no pudo sostener en pie la constitucional y muy trascendental ley de medios, apoyada por la sociedad, el Congreso y la Academia, pero inconstitucionalmente dejada sin efecto por el gobierno actual, para favorecer a los medios hegemónicos que blindaron cualquier critica a una gestión caótica, abusando en tiempos preelectorales de falsas encuestas, manipulando a una población que al parecer no perdió, pese a los esfuerzos denodados en contrario (porque el uso político de encuestas falsas conforman una manipulación), el norte político.

Cierto periodismo advierte –para esconder la propia responsabilidad en la desinformación constante, como afirma Chomsky- que los resultados "no se explican“, algo que replica el presidente Macri, extorsionando a casi la mitad de los electores, endilgando a ellos (por el solo ejercicio de su derecho al sufragio) la culpa de una nueva crisis financiera (por no haberse adaptado ellos al dictado de la información falsa, a las previsiones falsas de las falsas encuestas, como si la responsabilidad quedara invertida y fuera culpa de los electores y no de quienes desinformaron sobre su voluntad también al presidente Macri). El presidente entiende, según afirma Redrado en forma verosímil, que debemos "pagar las consecuencias“ de no haber sabido (aprendido a) votar. Como si la “culpa“ fuera de la sociedad porque voto como votó y no en todo caso muestra cabal de una incapacidad de gestión del gobierno y de los mercados, que no tienen prioridad frente a los derechos civiles. No hay que caer en la trampa. La última palabra no es de los mercados, no importa cómo reaccionan (ni quiénes en verdad son los mercados). Se le hecha nuevamente la “culpa“ a los derechos políticos. Al sufragio. Pichetto alega que "votamos demasiado“, hemos escuchado funcionarios diciendo que los pobres "no saben votar“ ("no les des cloacas, les gusta la mierda“; alegó otro funcionario enardecido).

Pero los votos –siguiendo el argumento del propio Macri hace apenas siete días, cuando pedía que lo votaran "sin argumentos“, no necesitan explicación. Son un ejercicio civil de derechos. Para ejercer derechos no se requieren argumentos ni "explicaciones“.

Lo único que demanda un derecho civil y político es reconocimiento autentico de parte de terceros y del propio Estado (y de los "mercados“). Por eso el voto es secreto. Porque la voluntad popular se expresa en las urnas. No en las encuestas. No en los "mercados“. No en la TV. Rousseau, uno de los artífices de la categoría de voluntad general (retomada por San Martín para liberar a nuestros pueblos del vasallaje, término que empleo Frondizi una vez en la radio, cuando denunció “la marca física del vasallaje“), no ponía entidades intermedias entre esa voluntad y los ciudadanos. Los ciudadanos no somos responsables de las mentiras de las encuestas.

La última palabra no la tienen los mercados ni las instituciones financieras internacionales con sus condicionamientos negociados en acuerdos poco transparentes que debieran ser diseñados y discutidos en el Congreso de la Nación (muchos acuerdos con las IFIS son, en efecto, inconstitucionales, porque soslayan al Congreso). La última palabra y la primera, la tienen los pueblos, que son soberanos, diga lo que diga y reaccione como reaccionen los "mercados", el dólar, la bolsa, Trump (que pide a legisladoras demócratas que denuncian las condiciones de detención de los migrantes "volver a sus países“), Bolsonaro (que justificó el criminal motín de Altamira, con decenas de jóvenes pobres decapitados, diciendo que "ninguno allí era santo“, y no menciona o soslaya las muertes de activistas en Derechos Humanos como Marielle Franco), los bancos especuladores y los fondos de especulación financiera que lucran con el hambre de un pueblo, como advirtió también la ONU cuando Argentina propuso principios claros para regular las reestructuraciones de deudas soberanas. Hay bancos internacionales (esos mismos que califican la deuda de los países) que especulan globalmente con los precios de los alimentos. Estas elecciones parecen haber servido –o estar sirviendo- para romper la posverdad. Para mostrar que el sufrimiento existe y es crudo. Y que el marketing espureo, los globos de colores que son mascarón de proa de las finanzas globales y de las industrias extractivas que tanto daño ecológico producen –porque existe un punto donde todos los temas (ecológicos, financieros, económicos, políticos) se cruzan, el Brasil de Bolsonaro es una muestra cruda- no ha logrado acallarnos. América Latina ve con horror cómo mueren activistas de derechos humanos todos los días. 

*Director del Instituto Latinoamericano de Criminología y Desarrollo Social (Incrides, Perú).

 


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