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INTERNACIONAL / opinión
domingo 7 junio, 2020

¿Existe una competencia China-Occidente entre sistemas políticos?

Li Xing* / Javier Vadell**

Disputa. Trump y Xi Jinping libran una guerra comercial, geopolítica y tecnológica. Foto: afp
domingo 7 junio, 2020

Desde inicios de 2020 la pandemia mundial de coronavirus está suscitando un debate global sobre el eficiente desempeño del Estado autocrático de China frente a las democracias occidentales, en su objetivo de contener la epidemia. Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) elogió las medidas de cuarentena duras, pero efectivas, de China, Occidente en general, y EE.UU. en particular, no recibió bien la noticia de que el autoritarismo chino haya superado a las democracias occidentales en el manejo de una crisis epidémica. Además de esto, continúa siendo un gran enigma para Occidente el hecho de que China haya logrado un crecimiento económico históricamente sin precedentes durante 40 años, haya sacado de la pobreza a millones de personas con inclusión social y haya conseguido alcanzar la cima del desarrollo científico y tecnológico global. Todos logros realizados bajo el autoritarismo político.

El 2 de noviembre de 2018, en la tapa de la revista US Time aparecía en chino y en inglés una frase:  ”China Won”. La nota cuestiona que hace tan solo cinco años, hubo un consenso de que China algún día necesitaría una reforma política fundamental para que el gobierno mantenga su legitimidad, de lo contrario, China no podría sostener su sistema de “capitalismo de estado”. Sin embargo, continúa la nota: “Hoy, el sistema político y económico de China está mejor equipado y tal vez incluso es más sostenible que el modelo estadounidense”. En la Conferencia de Seguridad de Munich en febrero de este año, el ministro de Asuntos Exteriores alemán alegó que ”China está desarrollando una alternativa de sistema integral al occidental, que, a diferencia de nuestro modelo, no se basa en la libertad, la democracia y los derechos humanos individuales”.

Desde 2018, el mundo ha sido testigo de una feroz competencia económica y tecnológica entre las dos economías más grandes del mundo, los EE.UU. y China. Los medios de comunicación occidentales a menudo presentan esa competencia como una puja entre dos sistemas políticos diferentes: el autoritarismo estatal versus la democracia liberal. No obstante, dejando de lado este maniqueísmo, observamos gran perplejidad de muchos analistas, políticos y formadores de opinión occidentales frente a  la trayectoria  de desarrollo de China. Esta no se  ajustaría a algunas creencias básicas cristalizadas en Occidente respecto a cuáles serían los factores que hacen crecer a las naciones y cuáles serían las mejores instituciones para alcanzar ese objetivo. Por ejemplo, la relación entre los derechos de propiedad y el crecimiento económico, entre el estado de derecho y la economía de mercado, entre el libre flujo de divisas y la libertad financiera y el orden económico, y, finalmente, pero no menos importante, entre la democracia y el desarrollo.

La esencia del sistema político chino es la meritocracia, no la democracia electoral. La ideología y la cultura de la meritocracia se originó a partir de la antigua filosofía china del confucianismo, y ha sido históricamente la fuente de la legitimidad de la política china. Los principios básicos de la meritocracia son crear un sistema de gobernanza competitivo con un método de selección de funcionarios públicos a través de un rígido sistema de examen. La meritocracia está diseñada para elegir líderes políticos y directivos en todos los órganos (y empresas estatales) con una gran capacidad y experiencia de gobierno. El sistema se fundamenta sobre la base del talento y los logros. A diferencia de las democracias occidentales, donde la votación es el mecanismo central para evaluar el desempeño y la legitimidad del gobierno, la responsabilidad de la meritocracia política china se basa en un sistema de evaluación periódica, el ”sistema de responsabilidad oficial”, donde los funcionarios son evaluados individual o colectivamente en función de su capacidad, estilo de trabajo, integridad, realización, personalidad. 

Es sentido común en Occidente que los regímenes autoritarios son inherentemente frágiles debido a las dificultades para legitimarse, a la dependencia excesiva en el uso de la coerción, la centralización excesiva en la toma de decisiones y el predominio del poder personal sobre las normas institucionales. Sin embargo, con relación a China, este sentido común no contempla la otra cara de la moneda: el sistema unipartidario de China le otorga al gobierno una gran flexibilidad para responder a situaciones cambiantes y hacer las correcciones de política necesarias sin oposición política fuera del unipartidismo. El crecimiento económico de China en las últimas décadas muestra que el ”mercado gobernado”, la coherencia de las políticas, el trabajo disciplinado y la planificación cada vez más sofisticada – “proyectamiento” en términos del profesor brasileño Jabbour – son las claves del éxito. El partido-estado ha sido exitoso en amalgamar un consenso nacional sobre la modernización y mantener la estabilidad macroeconómica para realizar las reformas internas de gran alcance y los desafíos externos. Ha adquirido la fuerza necesaria no solo para consolidar una sociedad en la ruta del desarrollo inclusivo, sino también para crear sectores empresariales que puedan competir en el mercado mundial y liderar cadenas de valor. La mayoría de las elites empresariales y de los intelectuales chinos entienden que la meritocracia autocrática es un recurso de desarrollo para la formulación e implementación efectiva de políticas públicas.

Por otro lado, las características centrales de la democracia occidental se caracterizan por las garantías legales de los derechos individuales y civiles, libertad de expresión y organización. Relacionado a estos derechos está institucionalizado un sistema electoral competitivo multipartidario, junto con un sistema de “separación de poderes” entre el Poder Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. La perplejidad de Occidente gira en torno de la gran cuestión: ¿por qué el éxito del desarrollo económico chino no ha llevado al país a una democracia multipartidaria en consonancia con las teorías occidentales de la modernización?

La encuesta Trust Barometer publicada por Edelman Global Public Relations en los años 2017, 2018 y 2019 muestra que la población china tiene mayor confianza en su gobierno que las poblaciones de las democracias occidentales en los suyos. Los estudios realizados por Ipsos muestran que tanto los adultos chinos (88%) como los jóvenes (94%) tienen una percepción positiva con respecto al rumbo que China está tomando con relación a su futuro. A partir de estas fuentes de datos occidentales, la perplejidad se profundiza: ¿por qué los chinos tienen fe en un sistema político tan inaceptable en Occidente?

Consideramos importante destacar, no obstante, que nuestro propósito no es ni idealizar ni demonizar el sistema político de China, que presenta interesantes contradicciones en su evolución y en su relación con el desarrollo económico y con sus formas institucionales, sino destacar sus peculiaridades civilizatorias y la obsolescencia del pensamiento occidental para comprender el fenómeno de la ascensión de China.

Finalmente, debemos enfatizar que el sistema político de China fue marcado a fuego con el resultado de la Revolución china de 1949, después de un siglo de humillación desde las Guerras del Opio del siglo XIX. Esa experiencia es histórica y culturalmente única. No es universal, no es duplicable ni transferible. Lo importante es comprender que, si bien la meritocracia política china no es adecuada para reemplazar al modelo occidental de democracia electoral, el éxito chino también demuestra que existen alternativas no occidentales al desarrollo y a la modernización. Sin embargo, la contradicción permanece. Si, por un lado, las experiencias y lecciones del desarrollo chino no generan ni legitiman ningún significado universal, o imposición de modelos predeterminados de sistemas políticos y de desarrollo, por otro lado, el “modelo” chino refleja una opción tentadora que debería estimular menos la imitación, y más el aprendizaje constante frente a un mundo en proceso de transformación económica y resquebrajamiento de placas tectónicas geopolíticas.

*Profesor de Aalborg University , Dinamarca.

**Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais.


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