viernes 24 de septiembre de 2021
OPINIóN cuba I
01-08-2021 03:29
01-08-2021 03:29

Aquella utopía, esta dictadura

El autor creció en un hogar de izquierda que admiraba la revolución cubana, pero en una visita a la isla, en 1981, comprobó que no había ni igualdad ni un pueblo feliz.

01-08-2021 03:29

El lunes pasado se cumplieron 68 años (una vida) desde que un grupo de jóvenes militantes intentó tomar la sede del Regimiento 1 “Antonio Maceo” en Santiago de Cuba, más conocido como Cuartel Moncada. Fue un intento directo de derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, sanguinario y corrupto déspota cubano, bastante en línea con la numerosa cantidad de autoritarismos patrimonialistas que se distribuían por América Latina.

El grupo estaba integrado por jóvenes dirigentes de uno de los históricos partidos políticos cubanos, el Partido Ortodoxo. Esta agrupación era, junto con el Partido Auténtico, uno de los dos partidos democráticos de Cuba en la primera mitad del siglo pasado. No es sencillo definirlo, pero podría calificarse como liberal-desarrollista. En 1952, el año anterior al asalto al cuartel, el presidente de Cuba era Carlos Prío Socarrás, del Partido Auténtico, y en las elecciones que debían celebrarse en junio podría haberse dado cualquiera de los dos escenarios posibles: otra victoria de los Auténticos o alternancia, abriendo la puerta a los Ortodoxos. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Un golpe militar encabezado por Batista tomó el poder en marzo, anuló las elecciones e inició un régimen autoritario y muy represivo en la isla.

La juventud de los partidos democráticos se radicalizó en la lucha contra el régimen y la represión. La toma del Moncada fue el resultado de ese proceso de radicalización de esa juventud liberal de centroizquierda, que decidió pasar a la acción para debilitar a la dictadura y recuperar la democracia.

La toma terminó en un rotundo fracaso. Varios de sus integrantes fueron capturados ese mismo día y fusilados casi inmediatamente. La dictadura decretó el estado de sitio y se lanzó a la caza de los líderes del intento, jóvenes dirigentes y militantes de la juventud “ortodoxa”, que en su mayoría fueron capturados una semana después.

Fidel. Entre quienes cayeron presos se encontraba un joven abogado, liberal de centroizquierda, quien asumió su propia defensa en un juicio sin demasiadas garantías. El alegato, un texto que despliega argumentos en favor de la democracia y la libertad, luego se hizo famoso en un libro cuyo título es La historia me absolverá. No habla de comunismo, ni siquiera de socialismo, sino de libertad, de injusticias, de desigualdad, de pobreza y de la esperanza de que un día Cuba recupere la democracia para construir, en libertad, un país más igualitario. Lo que hoy se diría un liberal progresista.

Hay un párrafo del alegato que me gustaría reproducir aquí:

“La ciudadanía acaba de contemplar horrorizada el caso del periodista que estuvo secuestrado y sometido a torturas de fuego durante veinte días. En cada hecho un cinismo inaudito, una hipocresía infinita: la cobardía de rehuir la responsabilidad y culpar invariablemente a los enemigos del régimen. Procedimientos de gobierno que no tienen nada que envidiarle a la peor pandilla de gangsters. (...) Los esbirros de esta dictadura, que no cabe compararla con ninguna otra por la baja, ruin y cobarde, secuestran, torturan, asesinan, y después culpan canallescamente a los adversarios del régimen”.

Ese dirigente juvenil, autor y ejecutor del alegato y de la frase de arriba, se llamaba Fidel Castro. Unos años después Batista, seguro ante la consolidación de su dictadura, y para aliviar la presión internacional, indultó a casi todos los presos. Varios de ellos, incluido Castro, se exiliaron en México.

El resto es historia conocida. Los exiliados se reagruparon, se organizaron (más o menos) y volvieron a Cuba en una embarcación de nombre Granma. Se les había sumado el joven argentino Ernesto Guevara. Estuvieron varias veces a punto de sucumbir en su “base” de la Sierra Maestra, pero el desgaste de la dictadura, la división en las Fuerzas Armadas, la marginación de amplios sectores y la corrupción del régimen hicieron lo suyo para que los ex jóvenes dirigentes del Partido Ortodoxo –reorganizados en una agrupación fundada en México en 1955 a la que llamaron Movimiento 26 de Julio– llegaran victoriosos a La Habana el 1 de enero de 1959, derrocaran a Batista y consagraran frente al mundo la Revolución Cubana. A todos esos factores agreguemos, por supuesto, una enorme voluntad y confianza en la victoria.

Radicalización. Los dirigentes del M26 ya no eran los mismos. Se habían radicalizado desde su fracaso y captura en el Moncada. Pero aún no eran comunistas pro-soviéticos. Dos años antes de la toma del poder, los revolucionarios redactaron e hicieron público el “Manifiesto de la Sierra Maestra” en el cual se comprometían a “celebrar elecciones generales para todos los cargos del Estado, las provincias y los municipios en el término de un año bajo las normas de la Constitución del ’40 y el Código Electoral del ’43 y entregarle el poder inmediatamente al candidato que resulte electo”. Ese texto ya estaba muerto en la madrugada del 2 de enero de 1959.

El proceso se radicalizó rápidamente. Guevara condujo una serie de procesos sumarios que terminaron en el fusilamiento de cientos de exmilitares y miembros del régimen depuesto en pocos meses. Asimismo, se iniciaron una serie de confiscaciones de empresas y propiedades, que comenzaron con las de los aliados al batistismo y siguieron con la mafia, pero terminaron con instalaciones y capitales de empresas multinacionales (sobre todo de los Estados Unidos) que actuaban legalmente en Cuba. Entre esa radicalización y una larga colección de errores y malas decisiones de los diferentes gobiernos de Estados Unidos, probablemente provocadas por el sesgo a los que los llevaba la Guerra Fría y el terror al comunismo (que también los llevó a entrometerse en Vietnam en una guerra que no era de ellos y a apoyar en ese país a un dictador corrupto y sanguinario, así como a sostener cuanta dictadura pululara por el continente americano) los revolucionarios se fueron alejando cada vez más del país que tenían al otro lado del estrecho de Florida.

Mucho se ha escrito sobre ese período y no es fácil sacar conclusiones contundentes. Es difícil saber si Estados Unidos estaba tan preocupado con el crecimiento del comunismo que no pudo acercarse de otra manera a los revolucionarios, o los revolucionarios ya habían abrazado una ideología que les hacía de barrera a cualquier acercamiento, o una mezcla de ambas cosas. Pero lo cierto es que esos jóvenes utopistas de la Sierra Maestra que fascinaban a los círculos progres de Nueva York y Punta del Este se fueron transformando en la cabeza de un régimen autoritario comunista pro-soviético. No sin antes deshacerse de los compañeros de ruta “que dudaran de los objetivos del Movimiento”.

El 2 de diciembre de 1961, casi tres años después de la llegada al poder, y cinco años después de la llegada del Granma a las costas de Cuba, en un acto masivo, Fidel Castro dijo: “soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”. Habían pasado la Sierra Maestra, las expropiaciones, las peleas en el ámbito de la ONU y -finalmente- el intento fallido de invasión norteamericana en Playa Girón, y Castro le anunciaba al mundo que Cuba formaba parte del núcleo de países proclamados como comunistas, bajo la influencia de la Unión Soviética. A 160 millas náuticas de los Estados Unidos.

Una visita a Cuba. Cuba no es una dictadura desde ayer. Es una dictadura desde hace casi 70 años. Desde el golpe de Batista, en 1952, nunca dejó de serlo. Pero, para poner las cosas en contexto, en los ’60 y los ’70 casi todo el continente estaba plagado de dictaduras, algunas de ellas muy represivas y casi todas muy impopulares. La democracia liberal era, para ser justos, bastante poco convocante en aquellos tiempos en nuestro continente. El eje era otro, y lo siguió siendo hasta la década del ’80. En ese contexto, Cuba, lejos de aparecerse como un régimen autoritario, era David erguido orgulloso y digno frente a Goliat. Y era, además, la consagración de la utopía de un mundo nuevo y superador de las desigualdades del capitalismo acá, a la vuelta de la esquina. Y conducido no por burócratas aburridos y con carisma menos diez como en Europa oriental, sino por un hombre que hablaba español, carismático, a quien se llamaba por su nombre de pila y que había nada menos que “derrotado a la CIA”. Además, en el caso nuestro, secundado por un argentino al que el mundo entero le decía “Che” y que hablaba de encender la pequeña mecha que faltaba para agitar los vientos revolucionarios en toda la región.

La izquierda latinoamericana abrazó la revolución cubana. Y lo hizo de buena fe y con pasión. Sería injusto y extemporáneo juzgar hoy a casi toda una generación porque no vio en aquel momento que Cuba no era una democracia liberal. Casi ningún país lo era. Y Cuba aparecía como una utopía hecha realidad.

Mi casa fue una casa de izquierda revolucionaria casi desde que nací. Mi padre, criado en una familia radical y politizada, abrazó las ideas de izquierda desde muy joven. En 1967, cuando el Che estaba ya en Bolivia y yo tenía tres años, viajó con otros militantes y dirigentes a Cuba, en un viaje cuyos objetivos eran -creo- una mezcla de busca de apoyos y contactos, además de entrenamiento militar, para iniciar un “foco” revolucionario en nuestro país. El viaje duró algunos meses y obviamente se hizo de manera clandestina. Primero a París, de ahí a Praga y de Checoslovaquia a Cuba. Yo me enteré del motivo y destino real del viaje muchos años después, cuando era adolescente, y obviamente me llenó de orgullo saber que mi viejo era uno de aquellos pocos que había ido a Cuba a “entrenarse para la revolución”. Hace poco tiempo, me contó que los cubanos los alojaron en El Vedado, en una casa que aparentemente había pertenecido al dueño del Cabaret Tropicana. Durante años conservé con cariño y cuidado el regalo que me trajo de ese viaje: un muñeco comprado en Checoslovaquia, el “muñeco checo”. Cuando le pregunté por qué de Checoslovaquia y no de Cuba, me dijo “la verdad, en Cuba no hay muchas cosas para comprar… está todo por hacerse. Además, cuando se consolide la revolución en el mundo, no va a importar, porque los niños van a ser felices por otros motivos y no por los regalos que reciban”.

En 1981, estaba promediando mis estudios secundarios en una escuela de izquierda en México. Muchos de los estudiantes éramos hijos de exiliados de todos los rincones de Sudamérica. El colegio decidió organizar un viaje a Cuba, mezcla de vacaciones y “concientización” sobre la revolución. Así fue que, en julio de ese año, con mucho calor y mucho antes de que se construyeran los hoteles de cadenas españolas y el turismo occidental invadiera la isla, llegué a Cuba con mis compañeros y amigos del colegio. Yo era un joven de izquierda, criado en una familia de izquierda y educado en una escuela de izquierda, entre fines de los ’70 y principios de los ’80, escapado de una dictadura que asesinaba gente. Cuba era, para nosotros en aquel momento, simplemente la consagración de un ideal.

No puedo describir la emoción que sentí al pisar el suelo de la isla “donde no hay explotación del hombre por el hombre”. Me dominaba la ansiedad de poder hablar con gente de ese país de iguales donde no había clases sociales. Nos subimos a un micro (por suerte con aire acondicionado, de fabricación española) y pegados a la ventana nos llenamos de imágenes de La Habana. La primera impresión, confieso, fue la falta de publicidad en las calles (salvo, claro, la del Gobierno llamando a mejorar la zafra o a ser más comprometidos con el trabajo y la revolución, y cosas así). Llegando al hotel -el Hotel Nacional de Cuba- nos fueron dando en la recepción las llaves de las habitaciones. Yo pregunté, me avergüenzo un poco al recordarlo, si nosotros teníamos que hacer las camas. La recepcionista me miró como si estuviera chiflado y me respondió que la mucama, chico. “Ah, es que como estamos en un país socialista”.

Además de turismo, playa y lo demás, tuvimos nuestras visitas “políticas” dentro de lo que puede tener un grupo de chicos y chicas de 15 y 16 años. La primera, a la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM). Nos atendió una de sus dirigentes, una chica con el pelo peinado para atrás y vincha, que parecía más una alumna de una escuela de policía que una dirigente estudiantil. Nos habló como una hora de la necesidad de luchar contra degradaciones pequeñoburguesas e individualistas en la juventud, como la marihuana, el sexo desenfrenado, el rock norteamericano y el “hippismo nihilista e individualista”. Es decir, exactamente lo que éramos y hacíamos nosotros. A varios nos impresionó mucho esa charla, pero finalmente nos tranquilizó concluir que finalmente éramos un producto de la sociedad capitalista y que vivíamos en una transición hacia un futuro donde muchas de esas cosas serían diferentes. La idea de futuro, en abstracto, es tranquilizadora: queda lejos, ya veremos.

También visitamos una escuela de teatro e incluso vimos una obra. Luego salimos a la noche con algunos de los estudiantes de la escuela, mayores que nosotros, pero no tanto. Recuerdo que yo quedé encantado con una chica estudiante, casi enamorado, digamos. Mientras caminábamos por el malecón me contó que la vida en Cuba no era fácil, que había muchas restricciones y que además era un poco agotador pedir permiso hasta para el color del vestido que te ponías. Que ella no tenía nada que ver con los “marielitos” que se habían fugado a los Estados Unidos el año anterior (llamados por el régimen “la gusanera”) pero que a veces cansaba y daban ganas de vivir por ejemplo en México. Fue un shock escuchar críticas fuertes, que no lo eran aún más probablemente por el miedo y la falta de confianza, de una chica que profesaba ideas de izquierda pero que sentía el agobio de vivir en un país en el que el Estado controlaba muchos aspectos de la vida.

Fuimos también a un Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Era una visita para mí muy esperada, porque la imaginaba como “el corazón de la democracia popular”: salas todas las noches llenas de gente, discutiendo participativamente los destinos del barrio, el país y la revolución.

Nada que ver.

Nos atendió un hombre cuya obsesión era tener registrados a los que hablaban mal del régimen, a los homosexuales, a los que consumían droga y a los que confraternizaban de manera incorrecta con los turistas extranjeros (que, dicho sea de paso, salvo los que veníamos de México, eran todos soviéticos o de Europa oriental). Fue una experiencia desagradable, probablemente la peor de todo el viaje. La imagen más fuerte de aquello que mi historia personal y familiar me impedía conceptualizar en aquel momento, pero que hoy describiría como un Estado policial.

Hay, por supuesto, decenas de anécdotas más de aquel viaje. Muchas muy buenas, comenzando por el hecho de que estábamos a los 15 y 16 años en un país del Caribe con gente extrovertida, simpática y abierta. Que te trataba bien. Y también, en aquel momento y lejos todavía del “período especial”, un país que mostraba un nivel de atención sanitaria y educativa a años luz del resto de Centroamérica e incluso de México. Y con Fidel Castro muy activo y carismático. “En este país nada funciona, chico, no sé por qué Fidel no se ocupa de tal o cual, él lo resolvería en cinco minutos”.

Otro tema era el consumo. Los cubanos “de la calle” vivían pensando en cómo conseguir lo que no tenían, incluso en aquella época. Chicos que nos querían cambiar las camperas o nos pedían que les grabáramos cassettes con rock de Estados Unidos, jóvenes “angoleños estudiando en Cuba” que hablaban como cubanos, que nos querían comprar dólares a precio de mercado negro. Esos jóvenes con los que confraternizábamos en el malecón o en Copelia no podían entrar al hotel nuestro, ni siquiera acercarse a la zona. Para hacerlo, necesitaban una credencial especial. En 1981 ya había zonas de La Habana a las que los residentes de La Habana no podían acceder y nosotros sí, “por cuestiones de seguridad”. Y ya en 1981 había tiendas dólar en las que sólo quien tenía dólares podía comprar whisky importado, chocolates Toblerone o más o menos lo que se le cantara.

En contraste, con un amigo queríamos comprar un ron que nos habían pedido nuestros padres, Matusalem. Hoy es más conocido, pero en esa época no se vendía en los circuitos para turistas. Nos recomendaron ir a una tienda “de racionamiento” en la que tal vez lo tuvieran. La tienda parecía una pulpería del siglo XIX. Mostrador antiguo y casi nada en las góndolas. Llegaba la gente con la libreta y preguntaba “¿Qué hay hoy?” “Huevos, dos”. “Pollo, media libra”. Pero, para nuestra alegría, sí había en un estante unas diez botellas del buscado Matusalem. No sabíamos si lo podíamos comprar sin tarjeta de racionamiento, pero nos habían dicho que el ron no estaba dentro de los productos racionados.

-¿Qué lo que quieres, chico?

-Ron Matusalem.

-No hay.

-Pero esos…

-Si te digo que no hay, no hay, chico.

-Pero…

-No hay para pesos cubanos.

Benjamin Franklin ya era un personaje muy deseado en Cuba en aquellos tiempos, antes de las remesas, antes del turismo y los españoles buscando jineteras. Y no puedo dejar de pensar tampoco que generaciones enteras de cubanos han vivido toda su vida racionando sus consumos, incluso los esenciales. No conocen otra cosa.

Volvimos a México y yo seguí defendiendo a Cuba. Pero reconozco que algo se quebró. Teníamos en aquellos tiempos discursos para cada una de las cosas que vimos en aquel viaje, la mayoría relacionados con el “imperio” y el “bloqueo” que no es tal. Pero algo no encajó. No había igualdad, no había democracia popular y no había pueblo feliz.

Una dictadura que no hay que justificar. Con los años, me impactaron la historia del General Ochoa (héroe de la revolución y de la guerra en Angola, fusilado bajo acusaciones de narcotráfico, una historia que no me cerraba por ningún lado), del periodista y poeta revolucionario Carlos Franqui, exiliado en Europa, y la del ex revolucionario Huber Matos, que desde chico me había sido definido como “un contraagente de la CIA” y cuya biografía comenzó a interesarme desde otra perspectiva. Y también las historias de los cubanos “exiliados silenciosos” en México. A diferencia del “exilio rutilante” de Sudamérica, los cubanos que vivían en México no salían en revistas, ni eran retratados en películas ni eran entrevistados por la TV estatal europea. Se trataba de profesores que habían firmado algo inconveniente, empleados del Estado que se habían sumado a un grupo equivocado, o simplemente gente cansada de vivir en un país cuya revolución incluso valoraban pero que no les daba oportunidades de una vida independiente del camino oficial. Comencé a ser crítico de ese país, pero siempre aclarando “obviamente esto no significa apoyar el bloqueo ni la contrarrevolución”. Criticar a Cuba era todavía muy pesado. Porque era matar de alguna manera la utopía de las generaciones que nos habían precedido, e incluso de la nuestra.

Hoy no tengo esos corsets. Ya no me considero de izquierda (categoría espacial que cada vez explica menos, además) ni siento que deba compensar mis críticas a Cuba de ninguna manera. Podría ser peor, sí. Batista era sanguinario, sí. Y eso qué importa, amigo. Cuando supimos, por ejemplo, de los “fusilamientos exprés” de quienes intentaron robar un barco para escapar de la isla a principios de este siglo, ya no hubo peros. Es un régimen represivo al que no hay que aplaudir ni justificar. Hay que denunciarlo.

A esta altura de mi vida, puesto a referenciarme en clásicos, me siento más cerca de John Stuart Mill que de Lenin. Pero tengo muchos amigos de izquierda, que honestamente siguen defendiendo la historia de su revolución, incluso cuando se atreven a criticar las flagrantes y evidentes violaciones a los derechos humanos de su régimen extremadamente autoritario y su sistema económico fabricante de pobreza colectiva sin la asistencia soviética o petrovenezolana.

Respeto a mi padre y a su generación, que se abrazó a una utopía (que no tiene sentido juzgar aquí y ahora) sin pedir nada a cambio, y aplaudo la valentía intelectual de quienes desde la izquierda denuncian la represión en Cuba.

Puedo llegar a entender a quienes, honestamente, la llenan de “peros” (el “bloqueo” que no es un bloqueo, “no hacerle el juego a la derecha”, etc). Puedo llegar a entenderlo pero, en este caso, no lo comparto y me gustaría ser claro. Una dictadura es una dictadura. Y los derechos de los presos, los torturados y perseguidos por esa dictadura no pueden ni merecen ser sacrificados ante ningún altar.

A mis amigos de izquierda que honestamente dudan, les digo: no callen frente a la represión, no son menos de izquierda o de nada por eso. Callando no protegen una utopía. Protegen un régimen que reprime, golpea, aprisiona, exilia y tortura. No se es traidor a nada, ni cómplice con nadie por hacerlo. Todo lo contrario: se es consecuente con ideales de libertad que otros traicionaron.

Por supuesto, eso no incluye a quienes defienden al régimen porque tienen alguna relación “académica”, “institucional”, “periodística” o “política” con éste. Es decir, de dinero. A ellos, ya se verá al final de la vida de cada uno, si la historia los absuelve.

En lo que a mí respecta, en la comodidad de mi casa, prefiero tener presente y sentirme incómodo (en el sentido más profundo del término) porque mientras escribo esto y usted lo lee, hay gente presa, torturada y asesinada como producto de querer vivir más libre. En muchos lados, y también en Cuba.

*Profesor en la Universidad de San Andrés, Director del Programa de Estudios en Energía Nuclear e Innovación de la UNTreF. Texto publicado originalmente en el portal seul.ar

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