Beatriz Sarlo era una de las personas menos sentimentales que conocí. Cultivaba siempre una distancia, tal vez porque la distancia es algo indispensable para pensar.
Yo la admiraba. Tuve el privilegio de tratarla y tomar sus clases entre 1996 y 2003, cuando se jubiló como profesora. Sé que alguna vez se quejó de que la admiraban más de lo que la querían. Pero era inevitable. Como Simone de Beauvoir, parecía una de esas mujeres que aprendieron a abrirse paso, masculinizándose un poco, en un mundo intelectual dominado entonces por los hombres, y su temple y su tono de voz transmitían autoridad.
En las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, desplegaba su más alto don y su mayor pasión: analizar libros. Con ella leí algunos autores fundamentales de la literatura argentina, desde Ricardo Guiraldes, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga, pasando por Roberto Arlt y Marechal, hasta Borges, Bioy Casares, Cortázar, Silvina Ocampo, Juan José Saer y Alejandra Pizarnik. De ella aprendí que el acto y el arte de la lectura crítica comportan dos movimientos inseparables: la interpretación y la valoración. Interpretar es juzgar.
Recuerdo mi costumbre de levantar la mano e interrumpirla con comentarios y preguntas. Lejos de fastidiarla, parecía gustarle. En contraste con otros intelectuales, discutir e intercambiar le interesaba más que monologar. No solo no rechazaba las visiones de los demás, sino que su pensamiento se alimentaba del contrapunto.
Alguna vez, al visitar su austero departamento de la calle Hidalgo con motivo de una carta de recomendación que me haría para una beca, confirmé que su elegancia no tenía nada que ver con el lujo. Sus pasiones eran leer y escribir, ir al cine y a conciertos, conversar y discutir. Amaba lo que hacía y no le importaba demasiado el dinero. Su libertad de pensamiento y su tiempo para ocuparse de sus pasiones, no eran negociables. Y se diría que, para ella, una característica de un artista o intelectual que se precie es la de no ser negociable.
Hay una elegancia que consiste en aceptar el propio destino y hacer de él un estilo. Decir exactamente lo que pensaba, rehusarse a cualquier moda o hipocresía, rechazar posibilidades que no se correspondieran con sus convicciones sobre esto o lo otro, eran parte esencial de su estilo. Y para ella, como para Godard, el estilo es moral.
Éxito era una palabra que no formaba parte de su diccionario. Sabía que solo un bobo cree que el valor de los cuadros se mide por su precio. Valoraba las obras con criterios estrictamente artísticos. Y en cuanto a su propia obra, tampoco se preocupó por edulcorarla para el mercado ni por obtener premios ni traducciones a otras lenguas. Prefería definirse como una “intelectual de cabojate”, marcando así que su interés era pensar la cultura argentina, y que los principales lectores para los que ella escribía estaban aquí, en el país donde le había tocado nacer. Y no era nacionalista; más bien sabía que la patria se lleva en la suela de los zapatos.
A fines de los años 90, cuando el mundo académico se burocratizó para adaptarse a requisitos de fondos internacionales, ella resistió ese aplanamiento; por un lado, negándose a alimentar esa burocracia puertas adentro de la universidad, y por otro, buscando lectores puertas afuera. Nunca creyó en el enclaustramiento de los saberes. Por entonces se volcó al periodismo, que suponía la ampliación del espectro de interlocutores pero también un desafío, porque implicaba ocuparse de temas de actualidad e interés general, aunque concentrándose en dos de sus constantes pasiones: la política y la ciudad.
Sus columnas periodísticas me parecían menores respecto de sus clases o sus libros. Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930 (1987), había significado en mi formación un antes y después; y para mí siempre sería una innovadora de los estudios culturales argentinos. No obstante, aquel gesto contra el enclaustramiento, su búsqueda de un campo de intervención más amplio y diverso que el académico, me pareció celebrable, y fue un ejemplo que seguí en mi propio camino personal.
En estos “tiempos líquidos” (como les llama Zygmunt Bauman), Sarlo sigue siendo un ejemplo de pasiones sólidas, que nos desafía a juzgar con más rigor las miserias del presente. Ella se exigía algo infrecuente hoy: la coherencia entre la vida y el discurso.
Pero no quisiera concluir esta semblanza con la sensación de haber dado una imagen demasiado dura y solemne de Sarlo. Sería injusto. También sabía ser cariñosa, de manera escondida y con la gente que elegía. Además, le sobraba ironía y sentido del humor. Una cierta picardía que se traducía en su sonrisa astuta. Y era capaz de descolocarte, como aquella vez que, después de haber cursado el último seminario de doctorado que dictó, le envié un mail para consultarle si podía escribir mi monografía final sobre un libro que no estaba en el programa. Ese libro era El porvenir es largo, de Louis Althusser, que comienza con una escena tremenda, donde el filósofo francés cuenta cómo estranguló sin darse cuenta a su esposa Hélène.
Fue hace muchos años y lamento no tener ya esa casilla de correo para ir a buscar la respuesta de Sarlo y transcribir sus palabras, pero recuerdo perfectamente que ella me respondió con un gran entusiasmo, elogiando la elección del libro y de paso contándome que había tenido un affair con Althusser. Quedé pasmada. Me pareció una respuesta vanguardista, como esas obras que te dejan flotando en el desconcierto, sin saber qué decir. Hoy me divierto fantaseando que tal vez haya querido regalarme esa anécdota, para que no terminara esta necrológica con ningún patetismo sentimental.