martes 18 de mayo de 2021
OPINIóN Graciela Fernández Meijide
18-04-2021 01:42

“El periodismo es fundamental y me banco hasta lo que son las redes”

Su mirada sobre defender los derechos humanos en “los años de plomo”, el trabajo de la Conadep, la autonomía o no de los organismos y el rol de los periodistas.

18-04-2021 01:42

Una conversación con Graciela Fernández Meijide sobre la acción por los derechos humanos en la experiencia de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) en los años de la dictadura y la posdictadura: la autonomía, la relación con el Estado y con los políticos, el papel del periodismo. Un repaso de la historia para iluminar los problemas del presente.

—A propósito de los episodios de Formosa, surge la cuestión de la autonomía de un movimiento de defensa de los derechos humanos. Supone una relación necesaria con el Estado. ¿Qué es lo que cambia cuando ese Estado ya no es una dictadura sino una democracia? 

—En principio, todos los organismos eran autónomos, tanto los que denomino institucionales (la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos), previos al golpe, como los que llamo testimoniales, que se formaron después, con los familiares. Éramos autónomos absolutamente, desde el punto de vista político y económico. Lo que yo destaco es que, si bien lo que más impresiona es lo que hacen los familiares, es notable la presencia de personas que, no teniendo familiares desaparecidos o presos, por una cuestión ética, o de principios, se agrupan, los rodean y los apoyan. Y en el caso de la APDH, incluía una variedad de personas de los partidos –no eran los partidos mismos–, del Partido Radical, del Partido Demócrata Cristiano, del peronismo, el socialismo. Y de los tres ámbitos religiosos conocidos, la Iglesia Católica, el credo judío y el evangélico, había también representantes. Eso obligaba a buscar consensos todo el tiempo. ¿Qué pasa cuando eso se acaba, cuando ese enemigo brutal desaparece? Ahí había que tomar partido frente a las propuestas del Estado democrático, que habíamos votado. Por ejemplo, la Conadep. Algunos miembros de la APDH, del propio Consejo de Presidencia, terminaron aceptando formar parte de la Conadep; y al final yo me incorporé más tarde. Puse como condición, para tomar la Secretaría de Denuncias, que me dejaran llevar gente experimentada. Fui a los organismos y pedí personas que estuvieran acostumbradas a tomar testimonios. La Liga aceptó, Abuelas no mandó personas, pero sí la documentación; no aceptó Hebe, pero vino un grupo de Madres que se puso a trabajar internamente en la parte de documentación, no en los testimonios. Hebe llegó a prohibir a las madres que fueran a la Conadep y por supuesto todo el mundo fue. De hecho, terminamos con el doble de las denuncias que la APDH tenía antes.

La otra cuestión era si se podía mantener la independencia con respecto a hechos del gobierno de violación de derechos humanos. Durante el gobierno de Alfonsín no hubo hechos muy llamativos. El único fue en el episodio del copamiento de La Tablada, donde algunos de los que se habían entregado, que fueron filmados entregándose vivos, nunca aparecieron. Por lo menos desde la Asamblea hubo un reclamo. Manteníamos esa independencia, más allá de que Alfonsín seguía siendo parte del organismo.

—¿Qué pasa cuando se trata de intervenir sobre violencias estatales o amparadas por el Estado? Por ejemplo, un caso notorio por su impacto en la opinión pública fue el asesinato de María Soledad Morales.

—Yo personalmente fui a Catamarca en nombre de la APDH y me quedé unos días, en el caso de María Soledad. El movimiento empezó con las compañeras de ella, que salieron a la calle. Nosotros fuimos a ver cómo podíamos ayudar; estaba la monja Marta Pelloni, docente del colegio donde iba María Soledad. Y estaba la prensa. Hubo una disputa en la que la APDH intervino con fuerza; pedíamos que se aclarara cómo había sido, que no había sido un accidente, y las responsabilidades del gobernador. 

—Querría volver sobre el papel de la prensa; incluso un poco para atrás. Lo que ustedes podían hacer era poco si esa acción no tenía una difusión y un impacto. ¿Cómo fueron construyendo, desde el momento de la dictadura, cuando era más difícil, esa relación estratégica con la prensa?, en el sentido de que no hay movimiento, no hay cultura de los derechos humanos que no requiera de la prensa para implantarse en la sociedad.  

—Yo iba todas las semanas a Clarín y hablaba con Joaquín Morales Solá. Era en 1978, más o menos, antes de la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (N de R: vino al país en septiembre de 1979). No conseguíamos que nos publicaran, porque el diario estaba cerrado para eso. Pero había un periodista que nos ponía el oído y retransmitía. Después estaba, obviamente, el Buenos Aires Herald: yo hablaba con el director, Robert Cox. La primera vez que me encontré con él me dijo: “Yo tengo amigos de los dos lados”. Le contesté que no tenía dudas, porque la violencia venía de los dos lados. Pero le dije: “Fíjese en la capacidad de violencia y el respaldo institucional, desde las FF.AA., y compare”. Ahí empezó a publicar los hábeas corpus y pequeñas notas. Es verdad que era un diario que iba dirigido a un sector chico de la población, pero estaba. Después, por razones que ignoro, cuando necesitamos publicar una lista de 2.500 desaparecidos, el diario La Prensa la publicó, en 1978. Es más, en respuesta a esa lista, el gobierno salió a decir que muchos de esos nombres eran personas que estaban en México, por ejemplo; y daban nombres imposibles de comprobar. Pero recibimos 500 denuncias más y las republicamos a los 15 días. Es decir que hubo una especie de diálogo a través de La Prensa, con publicación de listas y desmentidas por parte del gobierno.

—¿Cómo financiaban esas solicitadas? 

—Por el mismo canal que financiaba a otros organismos, el Consejo Mundial de Iglesias, salvo la Liga, que tenía el apoyo del Partido Comunista. Y el Argentinisches Tageblatt imprimía los listados que nosotros actualizábamos cada dos meses, más o menos. Hasta que en determinado momento dijeron “basta”. Supongo que recibieron amenazas. Y tuvimos que poner en la Asamblea una imprenta, capacitar a un imprentero y desde entonces publicábamos nosotros todo, incluidas las listas.

—¿Cómo siguió después? 

—Ya con Viola la violencia contra las organizaciones había disminuido. Ahí empezó a haber mayor posibilidad de publicación; e incluso salió esa solicitada que fue famosa porque firmaron Menotti y Borges (13 de agosto de 1980, Clarín); y quedó así glosada: “De Menotti a Borges”. 

—Algo empezaste a decir sobre el papel de los partidos políticos. En el juicio histórico parece que el papel de los partidos es solo el papel de las dirigencias, pero vos lo has distinguido muy bien: los partidos políticos construyen más allá de sus dirigencias. Incluso el Partido Comunista. 

—Así es. Antes del golpe, en la Asamblea, estaba Roberto Digón, y se va después del golpe. Igual que Raúl Aragón, que termina yéndose a Francia. Había temor; y lo entendíamos perfectamente. En el caso de los socialistas, estaban Alicia Moreau y Alfredo Bravo. Cuando secuestran a Alfredo (el 8 de septiembre de 1977), los únicos que nos movimos fuimos nosotros y Camip, después Ctera y otras organizaciones docentes en todo el mundo. Pero el Partido Socialista no movió un dedo. Y en cuanto al PC, buscaban el general democrático, primero decían que era Videla, después que era Viola, estuvieron con Malvinas… Pero yo tenía compañeros muy queribles con los que discutía y a algunos creo que contribuí a darles vuelta la cabeza y hacerles ver las cosas como eran.

—Para ver la secuencia hacia las condiciones actuales: las direcciones partidarias no encabezaron las acciones de resistencia a la dictadura. Era claro que la Multipartidaria quería negociar una salida que no contemplaba la situación de los desaparecidos. 

—Fui a hablar con Juan Grilla y con Carlos Contín, de la UCR. Nos dijeron: “Quédense tranquilos, déjenlo en manos de los políticos; esto no es cosa de personas como ustedes. Nosotros lo vamos a arreglar. A los militares no hay que provocarlos”. Yo me levanté y me fui.

—La impresión es que, en la posdictadura, los partidos delegaron estos temas en los organismos. Lo he investigado en la experiencia de la Comisión Pro Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, en el Parque de la Memoria, en jurisdicción de la Ciudad de Buenos Aires. La Legislatura había constituido una comisión con representantes de los partidos y de unos cuantos organismos. En las actas de las reuniones encuentro que los legisladores no iban, mandaban a sus asesores. Y los asesores tenían una presencia simbólica, porque los que decidían eran los organismos. En un primer momento vos mostrás que las dirigencias no se comprometían, pero algunos políticos estaban, aunque después parece que ya no aparecían tampoco figuras de la política.

—Hubo una cosa en la que fueron exitosos los organismos, sobre todo Madres: en ser dueños de la verdad y en ponerse en una posición en la que no se podía discutirles nada, porque vos no habías tenido un desaparecido. Ante esa posición, hay que tener coraje para decir: “No necesito tener un desaparecido para ser solidario con los derechos humanos”. Además, creo que era poco claro eso de los derechos humanos. Mucha gente apoyaba la teoría de los dos demonios. Había violencia por los dos lados. El matiz de que detrás de una de ellas estaba el Estado como institución cuesta entenderlo hasta el día de hoy. 

—Vuelvo al tema de la prensa. Hay una cuestión que está en el discurso y en la pelea pública hoy: los medios, el poder mediático. Sin duda, hay algo que no se puede desconocer, los conglomerados tienen sus intereses. Pero yo hago una distinción, que me gustaría reflexionar con vos. Pese a todo, hay periodistas que no son simplemente los medios. ¿Cómo ves hoy el papel del periodismo? Sobre todo en determinados momentos, como los episodios de Formosa. Sin periodismo, ¿qué hubiera pasado allí? Y lo digo sin desconocer el elemento de sensacionalismo o la agitación superficial. Viene todo junto. 

—Es un paquete. Pero también te digo que no hubiera habido causa de los cuadernos sin Diego Cabot. Después, que le den el uso que quieran, pero ahí hubo un investigador que fue a fondo. Para mí, el periodismo es fundamental, y me banco hasta lo que son las redes. Pero no llamo periodismo a las redes, es una intercomunicación entre la gente.

—Está claro. El periodismo es otra cosa: es una disciplina y una profesión.

—Hay periodistas que repiten y hay periodistas que se toman el trabajo de analizar y dar su opinión. Y cuando hacen una denuncia y terminan insistiendo sobre ella, causan un efecto; ahí es cuando la denuncia prende en la sociedad. Es indispensable, y por eso los gobiernos se enojan tanto con ellos.

*Historiador y escritor.

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