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OPINIóN / Polémicas
domingo 26 julio, 2020

"Karen", el estereotipo del racismo en EE.UU.

En tiempos de Black Lives Matter, aparecen nuevas palabras y prácticas de condena en las redes sociales, donde los escraches se pueden volver un arma de doble filo.

Marcelo Raimon

Ejemplo: denunció a un empleado que no la atendía porque no tenía barbijo, y fue “masacrada” en las redes. Foto: cedoc

Una mujer entra a una cafetería Starbucks en la ciudad estadounidense de San Diego, en California. Es finales de junio y ya están en vigor varias reglas de distanciamiento social e higiene impuestas por la pandemia de coronavirus.

La mujer, Amber Lynn Gilles, blanca, rubia, de mediana edad, entró al local sin tapabocas, quebrando una de esas reglas establecidas para impedir la propagación del virus. El joven que la atiende, Lenin Gutiérrez, es hispano, como su apellido lo sugiere, y le dice amablemente que, si no lleva barbijo, no puede ser atendida en la cafetería.

La regla en Starbucks, a esa altura, ya era “No mask, no service”: Sin máscara, no hay servicio.

A Amber Lynn eso no le gustó. Y empezó a gritar y a insultar a Lenin.

Ella asegura que tiene derecho a ser atendida porque tiene “problemas respiratorios” que le impiden usar máscara. Pero no presenta ningún certificado médico, tal como lo establecen las normas que regulan las excepciones al protocolo de la “nueva normalidad” en tiempos de COVID-19.

Amber Lynn sigue gritando, pero Lenin no le prepara su Caramel Macchiato o el Mocha Frappuccino (eso nunca estuvo claro) porque no tiene barbijo. El humor de la mujer sigue tomando temperatura y acude al campo de batalla de nuestros días: las redes sociales.

“Conozcan a ‘Lenen’ de Starbucks quien se negó a servirme porque no estoy usando una máscara”, escribió Amber Lynn en tiempo real y posteó en su perfil de Facebook, aunque con un error en el nombre del “barista” (en Estados Unidos se llama así, de manera muy cool, a los chicos y chicas que trabajan en Starbucks y otras cafeterías caras).

“La próxima vez esperaré a la policía y presentaré una exención médica”, amenazó.

Para qué: el post se hizo rápidamente viral pero no de la manera que Amber Lynn esperaba. Cientos de personas empezaron a comentar y acusarla de todo, desde maleducada o grosera, a insensible y racista.

La pobre Amber Lynn se transformó así rápidamente en blanco de incontables ataques online. Y fue bautizada con el apodo que está sembrando el terror entre las mujeres rubias blancas estadounidenses de mediana edad: Amber Lynn se convirtió en una nueva “Karen” de la mitología popular norteamericana.

Karen. ¿Qué es una “Karen”? En Estados Unidos tienen la divertida costumbre de crear neologismos, todo el tiempo. Y, en esta época de Black Lives Matter, lucha contra el racismo o la policía y de duros enfrentamientos ideológicos, las nuevas palabras y frases están a la orden del día.

Según la acepción más popular en el Urban Dictionary del “slang” contemporáneo norteamericano, una “Karen” es “el nombre estereotípico asociado con mujeres blancas de mediana edad groseras, desagradables e insufribles”.

Es la mujer que, frente a un empleado o empleada que muestre poco respeto (según su criterio) o desidia ante sus pedidos, enseguida reclama: “¡Quiero hablar con el manager!”.

No se conoce bien el origen del apodo, pero quedó sólidamente instalado como el nombre de ese estereotipo de mujer blanca que -dicen sus detractores- se siente por encima de los demás, en especial si son afroamericanos o latinos (o “white trash”) y actúa con aires de grandeza, solamente por su pertenencia racial y social.

Al parecer, la prehistoria del concepto “Karen” se remonta a la película “Mean Girls”, del 2004, y al personaje con ese nombre que interpretó allí la actriz Amanda Seyfried, algo bastante cercano al estereotipo de la mujer blanca insufrible porque es blanca, aunque más joven.

La “Karen” de la que se habla ahora es en general cuarentona o llegando a esa etapa, y usa un peinado del estilo “bob”, corto, lacio y un con un flequillo un poco hacia el costado.

En los últimos años, esa imagen se convirtió en “meme” y periódicamente emergen casos de nuevas “Karen”, como -por ejemplo- la mujer que en mayo último paseaba su perro por el Central Park, en Nueva York, cuando una persona, de raza negra, se le acercó para pedirle que, por favor, le pusiera la correa al can.

La mujer no le contestó y, en cambio, advirtió en voz alta que llamaría a la policía, para decirle que “hay un hombre afroamericano amenazando mi vida”.

Lamentablemente para ella, otra mujer que estaba cerca de la situación grabó la escena con su teléfono celular y lo subió rápidamente a su cuenta de Twitter. En pocas horas, había nacido una nueva “Karen”.

Racismo o justicia. Obviamente, el apodo peyorativo es rechazado por el segmento social que representan las “Karen” y los medios de comunicación que lo sintoniza, como el canal de noticias Fox News. Algunos piensan que es simplemente racismo al revés.

Sin embargo, especialistas consultados por PERFIL consideran que el apodo esconde algo de justicia.

“No estoy muy seguro de que etiquetar gente como ‘Karens’ de alguna manera afecte las relaciones raciales”, dice el profesor Kyle Ratner, del Departamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales de la Universidad de California en Santa Barbara.

“Al etiquetar algo se está llamando la atención sobre el asunto y, en este caso, se pone la atención sobre el hecho de que mucha gente llama a la policía de manera injustificada y ejerciendo su poder en una estructura social que no es igualitaria”, añade Ratner en conversación con PERFIL.

Se trata, afirma, de “un hecho incorrecto que es importante señalar”.

En la misma sintonía se encuentra la profesora Stephanie N. Whitehead, quien enseña Justicia Criminal en la Indiana University East. En una entrevista por email con PERFIL, Whitehead dice también que, a su juicio, la utilización del apodo no significa “combatir racismo con más racismo”.

“Creo que proviene de una preocupación muy legítima sobre el privilegio blanco y sirve como una forma fácil de denunciarlo y hacerlo visible”, dice.

Minorías. Es que, si bien puede parecer demasiado ensañamiento contra las mujeres blancas y rubias de cierta edad y extracción social en Estados Unidos, también es cierto que pertenecer a una minoría no es un asunto sencillo en el país.

Incontables encuestas y estudios muestran que -salvo varias llamativas excepciones- el color de la piel resulta muchas veces en menos oportunidades para estudiar o crecer económicamente, conseguir vivienda en un barrio “bueno” o más chances de ser alcanzado por la violencia o terminar en la cárcel.

Como ejemplo, una investigación del reconocido profesor Charles Stewart III, del no menos prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT), mostró que las personas de raza negra tienen que esperar más tiempo en las mesas de votación que las personas blancas.

Por una variedad de razones, que incluyen los históricamente controvertidos trazados de distritos de votación coincidentes con factores demográficos como la raza y los ingresos económicos, en las elecciones del 2012 que le dieron al presidente Barack Obama un segundo mandato, los negros tardaron 23 minutos en poder votar, los latinos 19 minutos y los blancos apenas doce.

No se trata de justificar el linchamiento público de las pobres “Karen”, pero ese tipo de números ayudan a entender algo más los conflictos raciales en Estados Unidos.

Además, según recuerda Whitehead, hay que tener en cuenta que este festival de etiquetas raciales “no es un fenómeno nuevo” en Estados Unidos.

Hay desde siempre “casos famosos de mujeres blancas que culpan a los negros por una variedad de comportamientos”.

“Durante los años de esclavitud existió la mitología de los hombres negros que violan a las mujeres blancas y una gran cantidad de falsas acusaciones derivadas de los mitos del hombre negro hipersexualizado”, añade la profesora. (Y es inevitable recordar To Kill a Mockingbird, o Matar a un ruiseñor”, la novela, y luego filme, que cuenta precisamente la icónica historia de un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca en los años de la Gran Depresión).

Apodos. Por supuesto que “Karen” no es el único apodo o neologismo de moda en la actual batalla racial o ideológica en Estados Unidos. De hecho, aquellos que denuncian el “privilegio blanco” son muchas veces etiquetados como “SJW” o “woke”.

“Woke” es una persona que “despertó” y empezó a ver con claridad las injusticias que campean en la sociedad contemporánea. Claro que pudo tener un sentido agradable para gente sensible en sus orígenes, pero ahora se utiliza de manera despectiva.

Recurriendo otra vez al Urban Dictionary online, “woke” se define como la persona que es “muy pretenciosa sobre cuánto le importa un problema social”. Como serían, por ejemplo, los que se toman el trabajo de poner regularmente en evidencia a todas las “Karen” que puedan.

“SJW” es la sigla de Social Justice Warrior (Guerrero de la Justicia Social) y tiene un sentido bastante parecido a “woke”. También pudo haber sido considerado un elogio, pero ahora es uno de los “insultos” preferidos que comentaristas de Fox News o, más a la derecha, websites como Breitbar News o InfoWars, dedican habitualmente a feministas y socialistas.

Otras interesantes entradas de este diccionario son “Cancel Culture” o la “cultura de la cancelación”, como se conoce a las acciones masivas para boicotear, avergonzar o anular en las redes sociales y los medios a personas acusadas de racismo o delitos sexuales, incluso antes de que la justicia determine si esos crímenes realmente existieron.

Y, con un tono que podría ser sarcástico y hasta divertido si no se tratara de asuntos tan tristes, el término “Oppression Olympics”, es decir, la “competencia” entre minorías para ver cuál de ellas sufrió más a causa de la discriminación o el racismo.

Observando el ultra masivo uso de estos y otros términos en Twitter o Facebook, parecería que apodos como “Karen” y “woke” están hechos a medida de estos tiempos cibernéticos.

“Dado el abrumador volumen de información al que estamos expuestos y la cantidad de personas a las que estamos expuestos, tiene sentido que necesitemos etiquetas para identificar patrones” de conducta, dice Whitehead.

“No estoy segura de que ‘necesitamos’” estas etiquetas, pero “hacen más fácil” hablar de discriminación y racismo, precisa la profesora.

Al fin y al cabo, desde los albores de la Historia, “la mente trata de simplificar el mundo para ser más eficiente al momento de tratar de entender lo que nos rodea”, sintetiza Ratner.

Y al que no le guste lo que se dice en este artículo, que pida hablar con el gerente.


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