martes 22 de junio de 2021
OPINIóN Política y emociones
08-05-2021 04:20

La ira, el miedo y el odio

La negación, la ignorancia consciente e inconsciente, es una estrategia para enfrentar la verdad traumática que usamos desde siempre. Lo que hoy ha cambiado es la tecnología de esa negación.

08-05-2021 04:20

En 2016, el diccionario Oxford eligió “posverdad” como la palabra del año. Y eso fue porque dos acontecimientos importantes del año (el referéndum británico sobre su permanencia en la UE y las elecciones presidenciales estadounidenses) demostraron que los hechos objetivos son menos importantes que la influencia en las emociones de los votantes. Claro que habrá que preguntarse si la verdad ha sido importante alguna vez y cuándo es que la política no ganó por la influencia en las emociones de las personas. La negación, cerrar los ojos, ver lo que queremos ver, la ignorancia consciente e inconsciente, son estrategias para enfrentarse con la verdad traumática que las personas usan desde siempre. Lo que hoy ha cambiado es la tecnología de esa negación.

Hace algunos años era difícil imaginar que internet nos iba a reducir el flujo de información y que íbamos a saber cada vez menos sobre lo que ocurre en el mundo. Menos podíamos imaginar que íbamos a saber cada vez menos sobre lo que ocurre en nuestro entorno inmediato. Y ocurrió exactamente eso. Con todas las posibilidades que ofrece internet, las personas viven cada vez más en sus mundos limitados y su visión del mundo es como mirar a través de un túnel: se ve solo en la dirección en que se mira y están poco expuestas las miradas de los que ven distinto. Muchos británicos y estadounidenses se preguntan hoy cómo es posible que su sociedad se haya dividido tanto por su visión del mundo, y cómo es posible que las líneas políticas enfrentadas sepan cada vez menos lo que piensan los otros.

En tiempos en que muchísima gente recibe las noticias diarias por internet y Facebook se ha vuelto uno de los más importantes divulgadores de información, la mayoría de la gente sigue a los que piensan igual que ellos. No se trata de que no estén de acuerdo con el punto de vista de sus contrarios; el problema es que muchas veces ni siquiera conocen esos otros puntos de vista.

Ante las elecciones en los Estados Unidos, el diario británico The Guardian hizo un experimento: con el permiso de sus lectores, envió durante un mes y medio a las cuentas de Facebook de un grupo de lectores conservadores y a otro de liberales noticias publicadas en medios contrarios a las ideas de cada grupo. Sería algo así como si en Eslovenia los lectores de Mladina empezaran a recibir textos que habitualmente leen los lectores de Reporter y viceversa. El resultado de ese “lavado” de cerebros fue sorprendente. La mayoría de la gente experimentó una profunda indignación ante las noticias y comentarios que leían sus opositores políticos. Muchos tuvieron la sensación de que no vivían en el mismo país por lo diferentes que eran las miradas sobre los mismos acontecimientos políticos. Por efecto de las nuevas noticias, algunos cambiaron sus convicciones de toda la vida. Leer un pensamiento crítico sobre el candidato que hasta ese momento apoyaban convenció a algunas personas de que era mejor no ir a votar. Muchas personas tuvieron miedo después de este experimento. Eso les ocurrió a los inmigrantes que leían comentarios de un odio desembozado sobre la amenaza de echar a los inmigrantes, construir un muro en la frontera con México y demás. Por ejemplo, uno de los extranjeros que viven en los Estados Unidos desde hace mucho tiempo dijo que no pensaba que sus connacionales lo odiaban tanto.

Wael Ghonim, uno de los padres de la Primavera Árabe, es muy escéptico con respecto a los nuevos medios, porque dice que los mismos medios que son claves para difundir mensajes sobre la necesidad de cambios hoy desempeñan el papel de quien impide esos cambios. Los medios de internet efectivamente suelen reducir problemas sociales complejos a eslóganes que movilizan a la gente en sus sistemas cerrados de información, donde escuchan solo las opiniones con las que están de acuerdo de antemano. El discurso del odio y la mentira ocupa el mismo lugar en estos medios que las buenas intenciones y las diferentes verdades.

El problema de nuestro tiempo no es solo que cada vez sabemos menos lo que piensa la línea política opuesta, sino también que cada vez nos importan menos los hechos. En la campaña electoral estadounidense, toda una serie de periodistas advertía cada día que las declaraciones de Trump estaban llenas de mentiras. Un periodista del periódico Toronto Star, por ejemplo, confrontaba todas las noches con los hechos lo que durante el día había defendido Trump en sus apariciones públicas, generalmente encontraba más de veinte inexactitudes por día, y en total encontró quinientas. Una tropa de periodistas estadounidenses se ocupó también de confrontar sus palabras con los hechos, pero Trump permaneció imperturbable ante esa constatación. Aunque los periodistas le dieran pruebas de que muchas de sus declaraciones no eran verdaderas, las siguió repitiendo en sus apariciones de campaña.

La confrontación con los hechos tampoco hizo mella en los partidarios de Trump. Ellos se ocupaban con pasión del correo electrónico de Hillary Clinton y sus discursos bien pagados para las instituciones financieras de Wall Street, mientras que ni se inmutaban por el hecho de que Trump no pagara casi ningún impuesto desde hacía décadas o porque, ante las numerosas demandas judiciales, las corporaciones de Trump fueran famosas por haber borrado masivamente los mensajes de los correos electrónicos de los servidores, o porque una fundación del candidato pareciera haber recibido 150 mil dólares por una videoconferencia con un magnate ucraniano.

Mientras que un gran grupo de periodistas de la prensa escrita intentaba probar a la opinión pública que el candidato presidencial era un mentiroso en serie, los canales de televisión hacían todos los días publicidad gratuita para Trump repitiendo de la mañana a la noche (muchas veces con indignación) el contenido de sus tuits. En efecto, Trump entretenía a sus millones de seguidores tarde por la noche con tuits chocantes, a menudo llenos de odio desembozado. Los canales de televisión estadounidenses empezaban a comentar estos mensajes junto con la información de la mañana. Aunque muchos periodistas intentaban ser críticos con el contenido de los tuits, el efecto de propaganda ya estaba cumplido con el hecho de repetirlos sin cesar por la televisión.

A Trump le fue bien justamente gracias a que era muy directo en sus tuits. Por la noche daba rienda suelta a una andanada de sentimientos, muchas veces muy ofensivos, hacia los inmigrantes, las mujeres y el islam. Y en especial no ocultaba su ira, su autocomplacencia narcisista cada vez que le iba bien y, por supuesto, su desprecio hacia sus competidores.

Una periodista de la revista The Atlantic Monthly describió muy bien el fenómeno Trump: la prensa lo toma literalmente, dijo, pero no lo toma en serio, mientras sus seguidores lo toman en serio, pero no literalmente. Por eso a estos últimos no les resultaba tan importante el contenido de sus discursos, sino cómo se difundían. Más importante aún era el efecto, es decir las emociones que despertaban estos discursos y tuits.

En tiempos en que tenemos cada vez más la impresión de que los algoritmos pueden pronosticar nuestra vida, y en tiempos en que la ideología del consumo nos sigue convenciendo de que el sujeto puede elegir de manera racional, que le interesa maximizar su bien y minimizar su dolor, han salido a la luz las emociones con toda su fuerza. Después de las elecciones, los estadounidenses hablaban de una lluvia de odio, rechazo y angustia. Pero la emoción más presente era la ira.

Los votantes blancos furiosos, sobre todo varones con escasa educación, son quienes con mayor fuerza se identificaron con Trump, y por su insatisfacción por la pérdida de puestos de trabajo y su creciente marginación en la sociedad, lo apoyaron en masa. Después de las elecciones, los votantes que no estaban de acuerdo con Trump estaban completamente furiosos.

Los psicoanalistas subrayan que la ira es una forma particular de represión. Por ejemplo, podemos estar enojados con nuestro jefe aunque de manera inconsciente quizás estamos enojados con nuestros padres. Por eso, cuando expresamos el sentimiento de ira, siempre es importante preguntarnos con quién estamos enojados en realidad. Puede que culpemos a los inmigrantes porque ha bajado el estándar de vida o por la pérdida de empleo, pero deberíamos en realidad estar enojados con las corporaciones, que en su afán de obtener cada vez más ganancias trasladan los puestos de trabajo al Tercer Mundo.

Para Sigmund Freud, las pasiones son siempre más fuertes que los intereses racionales. Freud dijo alguna vez que la ira lleva al miedo, el miedo al odio, y el odio nos lleva a la oscuridad. Pero también podemos decir que el miedo conduce a la ira y al odio, y que en realidad es el miedo lo que impulsa a las personas a cerrar los ojos o a ver solo lo que quieren ver.

En su libro States of Denial [Estados de negación], Stanley Cohen cuestiona cómo es posible que nos preguntemos tanto por qué la gente niega los hechos. La negación es algo tan habitual que sería mejor preguntar cómo es posible que la gente esté atenta, cuándo es que percibe algo y cuándo algo la inquieta lo suficiente como para disponerse a la acción, en especial al precio del riesgo personal.

En Europa, por los cambios políticos en los Estados Unidos, el Brexit y el ascenso de la derecha radical en muchos países, los pesimistas temen que la sociedad vaya en dirección al odio y que pueda repetirse algo como el ascenso del fascismo que condujo a la Segunda Guerra Mundial; los optimistas, en cambio, esperan que este giro a la derecha abra la puerta a un nuevo movimiento social progresista. Cuando el cocodrilo le arrancó el brazo derecho al optimista, este dijo que la situación no era tan mala como parecía. Por fin ya nadie iba a preguntarle si era zurdo o diestro.n

*Filósofa, socióloga y teórica jurídica eslovena, se desempeña como investigadora en el Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad de Ljubljana y es profesora en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Fragmento de su libro El placer de la transgresión.

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