viernes 30 de julio de 2021
OPINIóN Educación y pandemia
15-11-2020 00:36

La universidad es algo más que el edificio

El Gobierno acaba de reglamentar el regreso a las clases presenciales en las universidades. Es imprescindible revisar nuestras ideas sobre lo digital en el mundo pospandemia.

15-11-2020 00:36

El 5 de noviembre se publicó en el Boletín Oficial, como Decisión Administrativa 1995/2020, el regreso a las clases presenciales en universidades y en institutos terciarios. Dicho así, se simplifica una cuestión muy, pero muy compleja. Pero, no hay que leer solo los títulos. 

El artículo 2° dice: “Con la conformidad del Ministerio de Educación, la efectiva reanudación de las actividades académicas presenciales en universidades e institutos universitarios será decidida por las autoridades provinciales y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, según corresponda, quienes podrán suspender las actividades y reiniciarlas conforme la evolución de la situación epidemiológica.”

Y el artículo 4°: 

“Las actividades mencionadas en el artículo 1° quedan autorizadas para realizarse conforme los protocolos que en cada caso establezcan las autoridades sanitarias locales, en el marco allí indicado. En todos los casos alcanzados por el artículo 1° se deberá garantizar la organización de turnos, si correspondiere, y los modos de trabajo que garanticen las medidas de distanciamiento e higiene necesarias para disminuir el riesgo de contagio de Covid-19. Los desplazamientos de las personas alcanzadas por las disposiciones del artículo 1° deberán limitarse al estricto cumplimiento de las actividades exceptuadas por la presente. Los institutos universitarios y universidades deberán garantizar las condiciones de higiene y seguridad establecidas por la jurisdicción para preservar la salud de sus trabajadoras, trabajadores y estudiantes.”

Así que, cuando las universidades están a punto de tomar exámenes finales, cuando las clases continuaron en línea todo el año, cuando las universidades y terciarios deberán organizar toda su infraestructura edilicia y de calendario de actividades para garantizar que no haya contagios, cuando tendrán que diseñar estrategias de señalética para que nadie circule a menos de dos metros de distancia del otro, se dice que pueden regresar a clases presenciales pero que, de haber algún retroceso en la pandemia, volverán a las clases ciento por ciento virtuales. 

Mi pregunta es: ¿no era tal vez más pertinente darles el tiempo del verano para que estas instituciones educativas organizaran todas estas cuestiones –muchas de ellas ya estaban trabajando en eso, pero las realidades son muy diversas– y tuvieran un regreso menos fatigoso en marzo o abril?

Dos posiciones: “nada será como era” contra “ojalá volvamos a lo de siempre”. 

Philippe Meirieu afirma: “Todo el mundo está de acuerdo en que ‘habrá un antes y un después’, pero nadie sabe de qué estará hecho este ‘después’.” Sin embargo, la comunicación del 5 de noviembre podría interpretarse como que estamos en la pospandemia, pero que la pandemia sigue, que estamos listos para dar clases presenciales, pero que las suspenderemos, si el virus asola fuertemente otra vez. Volvemos a escuchar las voces de quienes quieren volver a lo presencial para repetir las “clases magistrales” y los que aceptan que nada será como era y con mayor o menor buena voluntad están adaptándose al contexto actual.

El año de la incertidumbre. Muchísimos y muchísimas docentes no estaban capacitados/as para la enseñanza digital e improvisaron. Hay quienes recibieron cursos de sus propias universidades y quienes los tomaron por su cuenta y sueldo. Pero todos y todas se esforzaron para continuar con las clases. Trabajaron más que nunca por sus estudiantes y, como el personal de salud se sacrifica por sus pacientes, todos los y las que enseñamos no bajamos los brazos. En la escuela media y en la primaria, los padres y las madres (especialmente ellas) tuvieron un rol esencial. En la universidad, el estudiantado pedía por la continuidad virtual. Y fue atendido. 

Presencial físico contra presencial virtual. En mi último libro Una defensa de la conversación virtual, hice hincapié en la voluntad de los seres humanos de permanecer comunicados como fuera. ¿Hubo clases presenciales? Claro que sí. Horas, en que docentes y estudiantado pasaron frente a las plataformas conversacionales para no perder clases. Se tomaron exámenes, se defendieron tesis de maestría y de doctorado. Se dieron clases para otros países. Como nunca, hubo una proliferación de “webinars” gratuitos de grandes académicos y académicas internacionales. 

La universidad no es el edificio. Dice José Luis Orihuela: “Al final, no son los espacios físicos comunes, sino los valores compartidos los que definen a cada comunidad académica”. Es importante la presencialidad física. Por supuesto. Los años más felices suelen ser los compartidos con compañeros y compañeras, con docentes y colaboradores, en la universidad. La sociabilidad es la gran fortaleza de la presencialidad física. Sin embargo, cuando la enfermedad nos acecha, no se juega. Nos prepararnos para dar clase varias veces a pequeños grupos de alumnos y alumnas. Cambiaremos nuestras metodologías y reservaremos la presencialidad física para laboratorios, clases prácticas, según lo requiera cada carrera.

Internet es un derecho educativo. La brecha educativa es brecha tecnológica, es brecha económica, es oportunidades laborales, es un profesorado mejor calificado; es tutorías efectivas. Para la Unesco, la reconstrucción educativa no es gratuita. El Estado –antes que nada– debe proveer los fondos para asegurar la conectividad efectiva y debe capacitar a los y las docentes en el uso pedagógico de las herramientas tecnológicas, es decir, en poner la necesidad pedagógica antes de la herramienta.

La digitalización llegó para quedarse. En un contexto de incertidumbre, que se prolongará en 2021, hasta que las vacunas estén aprobadas y con acceso gratuito, nos manejaremos con modelos híbridos (presenciales físicos y presenciales virtuales). 

Flexibilizaremos los calendarios, decidiremos qué será obligatoriamente presencial físico, qué contenidos mínimos tiene cada asignatura. Haremos trabajos conjuntos entre cátedras y universidades. Prepararemos las aulas y a los y las profesores para el llamado “online blended learning” (aprendizaje mixto entre físico y virtual).

Reconvertir el sistema educativo universitario. Están los que dicen que toda crisis es una oportunidad. Creo que es cierto para la educación. 

Hay una costumbre a considerar la educación en línea como de menor calidad –este año se demostró su valía–. Seguiremos creando programas o asignaturas virtuales paralelas, con la misma calidad de las presenciales tradicionales. No con clases magistrales de horas de exposición. Es tiempo de que el estudiantado tome las riendas de su propia formación, con la guía y acompañamiento de los y las docentes que para eso estamos, para servir, para ayudar. 

Deberemos diseñar bien interfaces transparentes y comprensibles para todos y todas y crear más espacios de reflexión, de aprendizaje colaborativo, de desarrollo del pensamiento crítico en un mundo cada vez más polarizado.Necesitamos autoridades con poder de decisión para garantizar acceso equitativo y de calidad y, agrego, con un liderazgo que acompañe y apoye a sus docentes en cada paso. 

Debemos incluir en nuestras asignaturas el desarrollo de las llamadas “habilidades blandas”: saber comunicar, desarrollar el pensamiento crítico, aprender de una vez a trabajar en equipo.

Los graduados. Uno no pasa por la universidad, estudia, se recibe y se va. El graduado siempre forma parte de la casa de estudios. “Alma máter” se dice en latín. Nuestra institución educativa es la casa a la que podemos volver y a la que debe seguir ayudando a sus graduados. El vínculo entre graduados y la institución será prioritario.

Para eso, también debemos trabajar. Una idea que proponen Pardo Kublinski y Cobo es comenzar durante la carrera. Cada estudiante tendrá un portafolio (o portfolio) que demostrará las competencias adquiridas y los trabajos realizados, alineados con su futuro laboral.  

Hemos de crear y reforzar las comunidades digitales de egresados y egresadas. Para ese tema, nada mejor que las redes sociales. No como mera “bolsa de trabajo”, sino como lugares de asesoría y de involucramiento concreto.

En 1995, Peter Senge publicó un libro clásico que se consideró, en principio, para empresas o ONGs: La quinta disciplina. El arte y la práctica de la organización que aprende. ¿Qué mejor que las instituciones educativas para llevar a la práctica esto? Ana Lía de Marie habla de “escuelas inteligentes”, concepto tomado de autores clásicos. Propongo, del mismo modo, la “universidad inteligente”, la que se “reinventa” como diría Mariana Maggio. 

Finalizo con dos autores que recomiendo y que cité varias veces aquí: “En el trayecto de salida de la pandemia actual, la universidad no puede estar en el asiento del pasajero sino del conductor”. (Pardo Kuklinski y Cobo en Expandir la universidad más allá de la enseñanza remota de emergencia. Ideas hacia un modelo híbrido pospandemia (https://bit.ly/expandiruniversidad).

*Escuela de Posgrados en Comunicación. Universidad Austral.