domingo 14 de agosto de 2022

La inhibición del mundo y los funcionarios del mal

La cultura occidental se ha desarrollado partiendo del conflicto entre el mundo y el deseo. Tal conflicto ha marcado su origen, su evolución, su esplendor y su crisis. Y también ha producido cierto tipo humano. ¿Qué es lo que vemos? Una inhibición de la acción del mundo por obra de la desinhibición de la acción del deseo.

12-07-2022 17:23

La cultura occidental se ha desarrollado partiendo del conflicto entre el mundo y el deseo. Tal conflicto ha marcado su origen, su evolución, su esplendor y su crisis. Y también ha producido cierto tipo humano. ¿Qué es lo que vemos? Una inhibición de la acción del mundo por obra de la desinhibición de la acción del deseo.

¿Qué es el mundo? Puede significar tanto como el universo, el cielo, los astros, la tierra, los entes existentes. Como adjetivo significa limpio. Pero mundus representó además el cofre o baúl donde las damas romanas guardaban sus elementos de cosmética y adornos. Allí donde se guardan las cosas las cosas están protegidas, y si están protegidas no pueden ser alteradas.

¿Qué es el deseo? Hay un vínculo entre deseo y desidia (desidium), en otras palabras, deseo alude a ociosidad, a pereza. Como verbo (desiderare) significa anhelar. Pero lo más interesante es que el verbo puede descomponerse en un prefijo (de) y en un sustantivo (sideris). El prefijo denota privación y el sustantivo se remite a las estrellas. Entonces deseo puede significar tanto como tener el anhelo de los astros, pero nada se hace para dirigirse a ellos por un estado de ocio, de molicie. Si nada se hace para alcanzar las estrellas, entonces nos veremos privados de ellas. Nos encontraremos en un estado de permanente falta, ansiando lo que queremos y no tenemos.

Mundo y deseo participan de un extraño juego de acciones consistente, por un lado, en guardar -en lo que respecta al mundo- y, por otro lado, en ansiar –en lo que respecta al deseo-. Pero mundo y deseo no juegan solos, cabe también la presencia de una voluntad que inhibe/desinhibe tanto a uno o como al otro: el hombre. El hombre en cuanto voluntad de inhibición/desinhibición ocupa el mundo a través del deseo.

Todo ente del universo tiende a ser perfectamente aquello que es. Pero sólo logrará su perfección si llega a guardarse a sí mismo, es decir, a resguardarse en el mundo. ¿Resguardarse de qué? De toda voluntad humana que lo ponga a tiro de la avidez del deseo. La cultura occidental puede explicarse como el perpetuo juego de inhibición/desinhibición del mundo y del deseo por obra de la voluntad humana. En algunos casos ocupa espacio el mundo; en otros, el deseo. Yendo y viniendo entre el mundo y el deseo, el hombre parece inclinado más a retraer al primero y a expandir al segundo.

¿El sentido de la existencia humana es vivir conforme al dictado del propio deseo? En nuestra concepción el hombre está para conocer, querer y actuar la Necesidad. Cuando el hombre pretende subyugar al mundo mediante el deseo, la Necesidad le impone el mundo al hombre. La Necesidad asigna a cada uno de los entes su perfección cósmica. Constituye la resistencia del mundo ante el avance del deseo. Cuanto mayor es la tirantez entre resistencia y avance menor es la tolerancia de los entes a perder su propia perfección. Tal umbral de tolerancia nunca se tiene que traspasar. El hombre ninguna chance tiene de sortearlo.

Quedan configuradas por lo tanto cuatro categorías esenciales: mundo-deseo-voluntad-Necesidad. A las mencionadas categorías les corresponden sus respectivas acciones: guardar-ansiar-inhibir/desinhibir-perfeccionar. La conjunción de las cuatro categorías y de sus correspondientes acciones constituye eso que denominamos realidad

Uno de los hechos más perturbadores que se pueden verificar es la más absoluta falta de capacidad para estar a la altura de los movimientos del mundo. Esto quiere decir que entre lo que acontece y la manera de interpretar y operar sobre lo que acontece existe una distancia cada vez más difícil de reducir. Por un lado, se da un mundo con facetas complejas, sinuosas, desconcertantes; por otro lado, una humanidad que tiene que habérselas con experiencias patéticas y que no sabe muy bien qué hacer con ellas. Dicho de otra manera, por circunstancias difíciles de explicar a muchos hombres les toca resolver espinosos asuntos sin tener conciencia de la gravedad de lo que tienen entre sus manos. El problema está en lo que piensan del desenvolvimiento del mundo. En verdad más que eso, entre lo que el mundo manifiesta y lo que desean que el mundo les proporcione.

Esta clase de individuos se encuentra a lo largo de la historia de la humanidad, pero desde la modernidad cobra un nuevo aspecto que la convierte en un caso diferencial. Guardémonos -como diría Nietzsche- del infame funcionario que Fiodor Dostoiewski hace monologar en Memorias del subsuelo. El propio autor advierte que si bien es un personaje de ficción no hay que descartar que nos topemos en nuestra vida real con un ser de esa catadura.

 El oscuro personaje no apuesta a las ventajas de poseer una voluntad normal y razonable. Más importante para él es tener una voluntad independiente, sin reparar en el precio que hay que pagar ni en los resultados que es capaz de producir. Y vaticina que el día que todo sea explicado por la ciencia y todo haya sido puesto en orden y se haya fijado de antemano, entonces no habrá más sitio para los deseos. La voluntad no se pone de acuerdo con la razón, afirma. Y que la insensatez y el capricho será siempre lo más ventajoso que nos puede ocurrir, antes que optar por lo más conveniente y digno. De este modo ¿Que sería de nuestras vidas y de nuestro futuro si pusiéramos el mundo en las manos de un funcionario de semejante talante? 

El “hombre del subsuelo” lo único que sabe practicar es el arte de la desgracia. Todo lo que pasa por él está indefectiblemente condenado a la catástrofe. Su figura encarna el nuevo nombre del mal. El mal se debe llamar ahora a toda voluntad humana que impida la marcha necesaria del mundo. Emerge un maligno impulso de inhibirlo para no hacer lugar a su protagonismo. ¿Habrá forma de evitar, para bien del mundo, que un personaje de ficción dispuesto a desencadenar las mayores calamidades de la maldad subterránea salte de la imaginación a la realidad y se transforme, como un engendro conjurado, en el tipo humano común de las sociedades contemporáneas?

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