miércoles 30 de noviembre de 2022
OPINIóN “Argentina, 1985” (II)

Una paradoja para sumar al debate

14-10-2022 23:55

Desde 1930, la democracia argentina parecía estar condenada a una fragilidad interminable y cíclica. La sucesión de gobiernos democráticos, golpes de Estado, salidas electorales y “fracturas y continuidades” a las que se refería Félix Luna, se sucedían continuamente en nuestro país y éste se consumía en la tristeza de no poder encontrar la forma de escaparle a ese destino prácticamente predeterminado.

El mito de Sísifo relatado por Homero en La Odisea (siglo VIII A.C), en el que éste era castigado con la tarea de subir una pesada piedra por la ladera de una montaña y que cuando estuviera a punto de llegar a la cima, la gran roca caería hacia el valle nuevamente para que éste tuviese que volver a subirla y así repetida y sucesivamente por toda la eternidad, parecía ser el hado de nuestra democracia. Algo así como las antípodas de aquellos libros de Elige tu propia aventura (Bantam Books, 1979) en los que el lector toma decisiones sobre la forma de actuar que tienen los personajes y modifica así el transcurrir de la historia. En nuestro caso, poco importaba lo que pasase o las decisiones que se tomasen el final siempre era el mismo y la historia se repetía.

Los golpes de Estado perpetrados por los militares no hacían más que intentar una y otra vez eclipsar la luz de cualquier ilusión, golpeando constantemente nuestra moral y las posibilidades de nuestro despliegue. Quizás, como dice Albert Camus en su ensayo filosófico sobre El mito de Sísifo (1942), “pensaron con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”.

Sin embargo, la recientemente estrenada Argentina, 1985 de Santiago Mitre –basada en hechos reales y que narra los juicios a las juntas militares de aquel año–, nos pone en ventaja por varios motivos.

En primer lugar, es una buena película. El historiador del arte Alejandro Vergara Sharp diría que, medida en términos de expresión artística, tiene “calidad”, y que al afirmar esto estamos diciendo algo más: “…que reconocemos en ella un valor que trasciende nuestro gusto personal, un valor que otros también deben reconocer”.

En segunda instancia, en tanto producto cinematográfico de calidad, cumple con la premisa que no puede faltarle a cualquier expresión artística: la de tender puentes con el espectador, la de interpelarlo, la de hacerlo reflexionar. Lo que denomino “generar sentimientos”.

El último motivo: conocemos el final de la historia. El año que viene vamos a festejar cuarenta años de vida democrática ininterrumpida, y entonces sabemos que la pesada piedra no rodó más y que el trabajo inútil y sin esperanza del que hablaba Camus quedó huérfano en aquel 1983.

Sin embargo, conocer el final de la historia, en este caso nos permite, si uno se atreve, a hacer un ejercicio retrospectivo exhaustivo y conocer los hitos que marcaron el nacimiento de la frágil democracia argentina.

Y es aquí donde uno, como espectador interesado, interpela a la película y le exige ciertas explicaciones al tomar nota de la primera gran ausencia. Es la propia película entonces, quizás sin quererlo, la que nos pone frente a la necesidad obligada de pensar en Argentina 1983 para entender Argentina 1985. Pero eso no está. Eso falta y duele.

Es imposible pensar en el Juicio a las juntas militares sin hacer mención a la sanción por parte del presidente Alfonsín del decreto 158/83 que ordenó su sometimiento a juicio.

La segunda gran ausencia es la Conadep, también creada por el presidente Alfonsín. Nada se dice de su presidente Ernesto Sabato, y nada de sus integrantes. Ni una sola mención sobre el Nunca Más, entregado en 1984 y que reunió en un inmenso trabajo las pruebas de la existencia de cientos de centros clandestinos de detención, las pruebas sobre la desaparición de personas y que conformaron un corpus de 7mil archivos en 50 mil páginas.

Elementos probatorios todos estos, utilizados por el fiscal Strassera en el juicio. De eso tampoco se hace una sola mención.

La película entonces, presenta al Juicio como un hecho aislado y romántico, como un eslabón absurdamente perdido en el tiempo, y no como la consecuencia lógica de una dinámica democrática instaurada por una firme determinación política.

Ausencias y olvidos en una película que deberían estar presentes. Una paradoja que sin embargo, no obtura lo mejor que el film trajo: la posibilidad del debate.

*Politólogo, profesor y artista plástico.

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