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Dictadura, indiferencia y el duro camino a la verdad

A 33 años del golpe y el horror, analizar lo que ocurrió deja conclusiones. La más importante, la obligación de velar por la democracia y el entendimiento entre los argentinos, apelando a la educación como factor fundamental.

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Hoy se cumplen 33 años de aquel fatídico día de la última y más feroz interrupción constitucional que nuestro país haya sufrido. Siempre me causó sorpresa y curiosidad la forma en que muchos argentinos vivieron aquella infame jornada, con naturalidad, aunque es cierto que en el país el quiebre institucional era una costumbre desde 1930. Por aquel entonces, en la Argentina como en otros países regidos por dictaduras, el silencio, la falta de compromiso y la indiferencia ciudadana eran los factores comunes que hacían que el terrorismo de Estado pasara inadvertido, mientras aquellos que lo habían padecido en carne propia golpeaban infinitas puertas en busca de respuestas que se les negaban, siendo tratados casi como parias sociales o dementes.

Ante esta realidad, es ineludible contemplar los efectos directos de ese accionar del terrorismo de Estado en mi caso propio y en la vida de otros jóvenes que padecieron similares circunstancias. Todos nosotros fuimos alcanzados por un tipo de daño más sutil y perverso, al sustituirse nuestras identidades y privársenos de nuestra verdad e historia. En mi caso personal aún me encuentro en mitad del camino en la reconstrucción de esa verdad.

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Siempre fui un curioso de la historia y la política, y de cómo las sociedades evolucionan ante esas realidades. Siempre me intereso saber cómo el poder, la codicia, y el odio llevan a romper límites morales. Siendo la democracia el único sistema que aún con sus imperfecciones nos acerca al respeto de los derechos humanos, es de vital importancia visualizar cuales son las pequeñas estafas morales que, en su propio seno, hacen que se rompa la institucionalidad o que los ciudadanos no tengan acceso a la información, poniendo en peligro los principios más sagrados de esta forma de gobierno.

Es así que llegue a algunas conclusiones personales en cuanto a los hechos de la dictadura, que tienen que ver con las fuerzas oscuras que rigen las almas de quienes enceguecidos de poder ponen los fines por encima de los medios, con esos perversos mecanismos que los sistemas de valores sociales ponen en marcha, convirtiendo lo inaceptable en norma. Una de esas conclusiones, tal vez la más importante, es que el alma humana es capaz de lo indecible cuando cierra su sensibilidad al otro, cuando lo convierte en un objeto, cuando no lo ve como un igual. Por eso las dictaduras buscan quebrar los lazos solidarios en las sociedades, mediante el terror se instigan a la falta de compromiso y a mirar hacia otro lado. Es por esta razón que hasta las actividades más insospechadas podían, en el final de aquel horror, ser vistas como “subversivas”.

Por eso que aún siendo la democracia un sistema imperfecto, es mi deber moral, espiritual, humano y cívico velar por su perfeccionamiento para que, salvando las distancias con aquellos días, no haya estafadores morales de turno que vengan a convencernos de que el fin puede justificar los medios o argumenten que la falta de transparencia puede ser aceptada en pos de determinados logros. Es por ello que siempre intento velar por el entendimiento entre los argentinos y considero a la educación como factor fundamental para conseguir una convivencia pacífica y próspera entre los distintos estamentos de nuestra sociedad, porque abre las puertas a esa empatía tan necesaria.

 

* Especial para Perfil.com