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SOCIEDAD / vivio en europa y estuvo presa en italia y francia
domingo 30 diciembre, 2018

La primera mujer narco del país está libre y cuenta su historia

Ramona Reyna fue una pieza clave en la primera operación de tráfico de cocaína a Europa, en 1987. Pasó más de la mitad de su vida detenida.

Adriana Vanoli

Festejo. Con guardias y presas cuando dejó la cárcel al grito de “Viva Perón y Cristina”. Hasta 2017 estuvo con arresto domiciliario. Foto: gentileza Waldo Cebrero
domingo 30 diciembre, 2018

En el barrio Müller, al sudeste de Córdoba, Kika es una leyenda. Poseedora de varios títulos: mechera, punguista, narco y récord en años de cárcel. Sin embargo, ese no fue su barrio natal. María Ramona Reyna (75) nació en 1943 en el barrio General Paz de Córdoba Capital.

Kika fue una pieza clave en la primera operación de tráfico de cocaína entre Argentina y Europa en 1987: la conexión Holanda-Argentina. De niña, estuvo presa con su madre y de joven viajó a Europa, donde los escenarios para el delito de su Córdoba natal mutaron a los jardines del Vaticano, los festivales de San Remo y las pistas de Fórmula Uno.

Conoció a Jean-Paul Belmondo, Ringo Bonavena, Carlos Monzón, Susana Giménez, Alain Delon, y posó con Diego Maradona en Barcelona para una foto que se la quedó la policía. Estuvo más de la mitad de sus años en cárceles de Argentina, Italia y Francia. Para muchos es la narco más famosa. Hoy, con 74 años, terminó de cumplir la prisión domiciliaria y, desde la casa de una nieta que la cuida, habló con PERFIL.

La actividad de la organización narco se inició en 1987, y fue desbaratada en 1991. Reyna fue condenada a veinte años de prisión, pero la Cámara Federal le redujo la pena a 13 años.

En abril de 2000 salió en libertad condicional, pero volvió a traficar. El 13 de mayo de 2005, el Tribunal Oral Federal N° 2 de la Ciudad de Córdoba la condenó a ocho años de prisión y la unificó en 18 por lo que restaba cumplir de la anterior.

El 20 de junio de 2012 salió en libertad, pero el 6 de febrero de 2013 fue detenida en un ómnibus de larga distancia cuando viajaba a La Rioja. Había abierto una verdulería, para ayudar a sus nietos, hijos de su hija Romina, pero no tuvo paciencia. Le secuestraron 836 gramos de cocaína de baja calidad y dos celulares. “No sé hacer otra cosa”, confiesa ella. Le dieron cuatro años de prisión.

“De la nada, Kika llegó a tener varias propiedades, muchas de ellas en el Cerro de las Rosas, una de las zonas más exclusivas de Córdoba”, cuenta Miguel Durán, quien más escribió sobre esta mujer en la sección policiales del diario La Voz del Interior.

En los años 80 –y ahora también– Argentina era una plataforma ideal para enviar droga con destino europeo. Así surgieron las organizaciones de narcos locales. La Conexión Holanda fue una de las primeras bandas que traficaba cocaína a los Países Bajos; los reportes de la época hablan de 4.800 kilos. Kika fue una pieza fundamental.

La niña del Buen Pastor. Cuando tenía 6 años un tío quiso abusar de ella, y otro lo agarró a trompadas. “Entonces mi abuelita me llevó con mamá al Buen Pastor (un lugar que durante cien años funcionó como asilo y cárcel de mujeres, conocido por la fuga de 26 presas políticas y nueve asesinadas en 1975), allí no estábamos siempre juntas, los chicos estábamos en otro edificio, pero todos los días me llevaban a verla, yo jugué mucho allí”, cuenta a PERFIL. Cuando su mamá cumplió la condena salieron las dos juntas.

Con su madre libre y vuelta a casar con un hombre santiagueño “muy trabajador”, Kika adolescente viajó con su familia a Rosario, donde se instalaron en la casa de otra tía abuela. Según cuenta ella, la hermana de su abuela materna es la que la inicia en el oficio de robar en tiendas al descuido como mechera. “Así me fui criando en ese mundo y aprendiendo“, asegura. “Después fui punguista”, y explica la diferencia y los matices de cada “oficio delictivo”, pero aclara: “Nunca fui de armas, lo mío fue tarea liviana”.

A los 28 años llegó a Europa. “Ahí se trabajaba mejor, podía ayudar más a mi mamá”, rememora Kika. Dice el periodista Miguel Durán que “la ambición la llevó a convertirse en ‘pieza clave’ de la Conexión Holanda, banda de narcotraficantes que desde Córdoba colocaba importantes cantidades de cocaína en Holanda y desde allí también la distribuía a otros países, entre ellos España”. Sin embargo, desde su casa en La Falda, Kika prefiere recordar el glamour de las amistades y los escenarios que “el oficio le dio”.

Recuerda que una de las jornadas de trabajo en Italia eran los miércoles, Día de Turistas en el Vaticano. El Papa recibía a la gente en la Plaza de San Pedro. “Si estaba el día feo, era en un salón (Aula Pablo VI), y cuando salía el Papa todos querían tocarlo, llegar a el, y nosotros aprovechábamos para hacer lo nuestro”. En 1978 hubo tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I con solo 33 días en el papado, y el polaco Juan Pablo II. “Un vez, cuando yo me acerqué tanto que le toqué la mano al Papa, me tiró los ojitos como diciéndome ¿Qué haces vos acá?” Kika no sabe bien cuál papa era, pero traer el recuerdo le da risa. “A mí me pareció eso, él se dio cuenta, viste que los papas saben, tienen una carrera muy larga”, dice ella.

Los ojos de Belmondo. Kika habla portugués e italiano. Compara las cárceles donde estuvo y cree que las francesas son las peores. Viajó por toda Europa, y fue tres veces a Japón. “Una de las veces fue cuando Niki Lauda corrió en 1976, fui por trabajo”. Era el Gran Premio Japón donde Lauda perdió el título ante el inglés James Hunt.

“A Monzón lo conocí en Barcelona, haciendo la fila para el equipaje, veo a un morocho fachero con una camisola de poplín amarilla, era él y venía con la Susanita Giménez, me quedé charlando con los dos en el viaje, estábamos cerca de una familia que a Susana le parecía rara. Eran árabes, pero no se había dado cuenta”.

Kika no desentonaba en eventos del jet set. Vestía acorde a las circunstancias y sabía moverse con soltura e instinto. Un encuentro que no olvida fue cuando vio a Jean-Paul Belmondo: “Fue en un avión, cuando tomé un vuelo en Italia hacia Francia, yo iba con alguien que lo conocía y pude hablar mucho con él, tenía los ojos que parecían cielo, el fachón que tenía”.

Surge la inevitable comparación: “A Delon lo vi bastante, pero nunca hablé, el andaba mucho con su limousine por el barrio rojo de Pigalle, una zona de cabarets en Francia, quizá supervisando las máquinas tragamonedas”. Tomaba café en Roma con Bonavena y hasta pudo sacarse una foto con Maradona para llevársela a sus hijos, pero nunca llegó a sus manos: se la quedó la Policía.

"No volvería a hacer macanas"

La vida de Kika tuvo esas cercanías con las celebridades y también, como ellas, la sordidez del lado menos elegido de la vida. Tuvo siete hijos, cuatro argentinos y tres nacidos en Europa. Hoy solo viven dos, son mujeres y están en Córdoba. Reyna también está formada por la cárcel y sus reglas, allí creció, se hizo respetar, contó los días y contó sus muertos, amados y lejanos, como los hijos que dejó en Europa y no volvió a ver.
Nunca habló de drogas, ni de mafias en estas largas conversaciones, aunque las ramificaciones ligadas a ella y su conducta delictiva siguen siendo noticias policiales. “Si me ves ahora, no podés creer todo lo que he vivido, y si yo me miro no me reconozco”, asegura.

Kika cuenta haber tenido dos ACV hace cinco meses y que se está recuperando. Dice que es buena persona, a pesar de todo, y tiene un anhelo, ayudar a sus nietos y también a las víctimas de delitos. “¿Qué cambiaría? Ahora, en el ocaso de mi vida, pienso que no volvería a hacer tantas macanas”.


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