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UNIVERSIDADES / COLUMNA DE LA USAL
martes 14 enero, 2020

Desafíos globales y estrategia nacional

En los tiempos que corren, además, hay que tomar una precaución: cada decisión implica un balance entre rapidez y precisión. La urgencia -dominante en estos tiempos- implica rapidez, y, por lo tanto, reduce la cantidad y calidad de la información obtenida, y aumenta la probabilidad de error.

Juan Miguel Massot

Las protestas estallaron el 18 de octubre por el aumento del precio del metro, pero fueron en aumento para denunciar la desigualdad social. Desataron la violencia en Santiago, Valparaíso, Viña del Mar y otras ciudades: 30 días de protestas que se saldan con 22 muertos, 79 estaciones del metro de Santiago atacadas o incendiadas, y casi 15.000 detenidos en todo el país. Foto: AFP

En los últimos meses hemos presenciado, principalmente a través de los medios de comunicación masivos y redes sociales, una serie interminable de actos de violencia, conflictos y catástrofes de diverso tipo en todo el mundo. Desde los eventos en Hong Kong a la violencia en México y Chile, desde los problemas ambientales en la Amazonía y en Australia, hasta la escalada del conflicto económico, tecnológico y militar entre Estados Unidos y China. 

Esto puede analizarse desde la perspectiva de la sociedad del riesgo global. Sociólogos como Urlich Beck, que plantea la excepcionalidad de los tiempos actuales signada por los riesgos fabricados por el hombre, una línea de pensamiento compartida por Anthony Giddens, Joseph Stiglitz, entre otros. Su excepcionalidad radica en que se ha perdido la capacidad de cálculo de los riesgos, los eventos son extremos, con distribución asimétrica de sus efectos entre países y actores, y, pueden llevar a la destrucción de la humanidad o de la sociedad tal como la conocemos

Más allá de sus propuestas de abordaje y solución, como un nuevo cosmopolitismo o la gobernanza global sobre los riesgos, tal escenario tiende a generar una idea de catastrofismo que afecta nuestro bienestar actual y nuestras expectativas sobre el futuro. 

Hay autores que aportan algunos elementos que matizan ese enfoque, o bien, brindan una perspectiva más esperanzadora. El antropólogo Marc Augé, por ejemplo, dice que se comete un error en generar un apilamiento o una gran madeja de eventos negativos cuando en realidad son claramente distinguibles, y tienden a ser amplificados por los medios de comunicación y las redes sociales.

El sociólogo Robert Castel, por su parte, propone deconstruirlos y comenzar a resolver los problemas qué conocemos mejor, tienen prioridad porque nos afectan hoy mismo -como la pobreza-, que sabemos cómo resolverlos y tenemos recursos para ello. Finalmente, académicos como Christophe Bouton y Dominc Desroches, ponen de relieve un factor no trivial, que es el rol que cumple en la formulación de escenarios de riesgo global la aceleración real y percibida de los eventos en nuestra psiquis, y, por lo tanto, en nuestro bienestar y en la formulación de futuro.

Si bien se puede evaluar el escenario mundial desde las perspectivas citadas, también hay que resaltar, por ejemplo, los efectos positivos de los avances tecnológicos, el persistente crecimiento de la economía y el comercio mundial, la reducción de la pobreza en muchos países, y la lejanía de un conflicto armado tradicional a escala global. Para la Argentina, en las actuales circunstancias, también importa la gran liquidez financiera internacional y las bajas tasas de interés.

En ese marco, la Argentina enfrenta desafíos que, dada su recurrencia, ya han pasado a ser una especie de estigma del ser nacional. Tal reto es cómo lograr un desarrollo macroeconómicamente consistente, socialmente inclusivo, territorialmente equilibrado, medioambientalmente sustentable, políticamente consensuado, e internacionalmente abierto.

Si se analiza tal cuestión desde lo global a lo nacional, pueden esbozarse algunos pasos lógicos en el proceso de configuración de un programa que encamine al país en el sentido antes señalado.

  1. elaborar un diagnóstico de las condiciones internacionales actuales;
     
  2. tipificar los posibles shocks y tendencias globales a futuro; 
     
  3. determinar los objetivos de interés nacional y priorizarlos; 
     
  4. delinear las capacidades y limitaciones del país; 
     
  5. identificar las alternativas de acción;
     
  6. evaluar los costos y beneficios de cada una;
     
  7. elaborar los planes de acción;
     
  8. someterlo al escrutinio público; 
     
  9. ejecutarlos;
     
  10. evaluarlos y reiniciar el proceso para corregir el rumbo.

En los tiempos que corren, además, hay que tomar una precaución: cada decisión implica un balance entre rapidez y precisión. La urgencia -dominante en estos tiempos- implica rapidez, y, por lo tanto, reduce la cantidad y calidad de la información obtenida, y aumenta la probabilidad de error. Además, en tiempos de vértigo y aceleración social, se favorece la heurística y el aumento de la ansiedad, contribuyendo aún más a cometer errores.

Lo dicho hace pensar en un aspecto delicado de la gestión gubernamental: la conformación de equipos de trabajo, en los que se interrelacionen proactivamente aquellos abocados a la coyuntura y a la urgencia, con los que se encuentran delineando las estrategias de desarrollo a mediano y largo plazo. Muchos errores de gestión provienen de la morfología que adopten estos equipos, así como de las características de sus integrantes y de su líder. 

En consecuencia, los problemas de fracaso de nuestro país han provenido tanto del diseño del proceso de toma de decisiones orientadas al desarrollo, como de la conformación de los equipos encargados de concretarlo. Estas dos dimensiones del fracaso argentino deberían ser atendidas casi con obsesión, ya que no tiene ningún sentido que el país se halle postrado desde más de cuarenta años, y que una vez más los jóvenes busquen su futuro en otros países.

Como conclusión puede afirmarse que el clima de catastrofismo global y la recurrente frustración de desarrollo nacional no pueden colonizar las mentes de los hacedores de políticas públicas, ni del resto de la dirigencia. Los temas clave del país deben ser abordados con realismo y pragmatismo, ideas claras y equipos solventes, consenso democrático y valores compartidos, tal que la actual generación deje a la próxima un país que transita un camino seguro de paz y prosperidad.

(*) El autor es Director de Investigación Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la USAL


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