Ernesto Villanueva*
Desde su surgimiento, con la Sorbona y Bologna, se fue desarrollando un sistema que presuponía esa intencionalidad. Incluso, hacia los siglos XIII y XIV ya existía un esquema de reconocimiento de títulos, distinguiéndose aquellas instituciones que entraban, por decirlo así, en un circuito internacional de aquellas otras que quedaban circunscriptas a lo local. Así, la posibilidad de intercambiar con, o de alimentarse de, otras instituciones ha constituido un componente permanente de las universidades. Por ejemplo, a fines del siglo XIX la Universidad Provincial de La Plata, que poco más tarde se transformaría en Nacional, recurrió a numerosos docentes europeos para lograr que su calidad inicial tuviera un nivel aceptable. A mediados del siglo pasado, la imitó la Universidad Nacional de Tucumán, “importando” profesores del Viejo Continente, convaleciente de la Segunda Guerra.
Por ello, cuando se habla de “internacionalización” como si fuera una originalidad o un descubrimiento novedoso, debemos tomar recaudos. Un extremo es cerrar los ojos frente a los avances científicos mundiales, refugiándonos en una actitud que llamaría folklórica. Otro extremo es comprar, sin beneficio de inventario, todas y cada una de las novedades institucionales que se observan en el mundo, con una mentalidad colonial. Ninguna de estas actitudes es útil para nuestra nación. El desafío verdadero es el que planteaba Simón Rodríguez: “O creamos o erramos”, afirmaba el tutor de Bolívar. O también nuestro Jauretche, quien sugería mirar el mundo desde nuestros ojos.
Para la segunda, debe partirse de un diagnóstico de situación para caminos que son múltiples. Por un lado, hay una situación desigual entre las disciplinas dentro de la universidad. Por el otro, existe un panorama desigual en el mundo científico en relación con los objetivos de la institución. En tercer término, hay corrientes internacionales preexistentes de relaciones.
En este punto, hay que estar vacunado frente a lo que habitualmente se denomina el efecto Mateo: darles a los que ya tienen. Es decir, las autoridades de la universidad deben incentivar las disciplinas menos internacionalizadas y acompañar a aquellas que ya tienen rutas preestablecidas. En general, podemos afirmar que las denominadas ciencias duras y algunas áreas de las médicas tienen problemáticas muy signadas por el mundo globalizado. Es difícil de lograr, y lo más cómodo y habitual es reproducir la internacionalización desigual que presentan las disciplinas.
siempre se da: ¡tenerlos!, saber de lo que carecemos y qué necesitamos, área por área, carrera por carrera. En fin, la consigna es que no se puede hablar de calidad en abstracto; ella siempre ha de remitir a cierta pertinencia, que se ancla en la realidad socioeconómica que busca fortalecer y mejorar.
Frente a esas velocidades gubernamentales disímiles, la actividad que ha de desarrollarse por parte de una institución naciente como la Jauretche también requiere esfuerzos diferenciales.
En segundo lugar, aprovechar al máximo el Programa de Promoción de la Universidad Argentina, que creó la anterior gestión gubernamental, ha sido un elemento esencial para la estrategia de internacionalización.
*Rector de la Universidad Nacional Arturo Jauretche.




