Los retratos públicos tienen una historia. Política, estética, visual, pedagógica, pictórica. Los personajes “retratados” en el libro de Laura Malosetti Costa son lo que familiarmente se conocen como los próceres o héroes de la patria. En este caso, latinoamericanos.
Lo primero que convoca el libro, además de lo que ya viene con él –quiero decir de lo que dispone la autora, conocimiento y tratamiento de la materia, sus libros anteriores lo atestiguan–, es que el lector se detenga en el cruce entre historia del arte e historia política e ideológica. En Retratos públicos, ambas se entrecruzan sin excluirse una a la otra. Pero, además, le agrega, un misterio casi detectivesco. El género investigación cuenta con el descubrimiento de las versiones verdaderas y las falsas, las copias y las reproducciones, que intrigan al lector profano.
Devolverle a esos próceres pintados y esculpidos, hasta fotografiados, una vida real, a partir de detalles técnicos, es un hallazgo de lectura, no solo la mera acumulación de datos o bibliografía.
El libro se planta desde su Introducción: “Los héroes de la emancipación americana han sido y son, para sucesivas generaciones (…) rostros que se miraban largamente en la niñez en los manuales escolares, las revistas, en los cuadros que siempre cuelgan de las aulas, el material audiovisual producido por la educación escolar en forma digital”.
Agrega que las distintas políticas de Estado “han tenido un lugar fundamental en esas presencias fantasmáticas de la patria en las infancias”. Sí, son las que empujan “desde abajo” y que la historia del arte define como la pregnancia. A lo que habría que agregar: los relatos, los álbumes de figuritas y la cara de los próceres en las monedas o los billetes. Como si desde esa fuerza de la costumbre, esas caras insistieran en permanecer eternas e imborrables. En otro tiempo viajaban de un lugar a otro iluminando con su rostro, las estampillas que sellaban la tela en blanco de los sobres.
Hay, como diría Morelli, un detalle que cambia la interpretación en la historia del arte y su crítica. Este libro se ocupa de esos detalles: “Todos los comentaristas coinciden en señalar la novedad que introducen estos dos cuadros en la iconografía de Bolívar, centrando su atención en la ausencia de bigotes”.
El libro plantea cómo el fetichismo de la imagen escamotea el proceso de producción. Lo que la autora llama “inflexiones estratégicas”. Siguiendo con Bolívar: “Aparecen como el fruto de una cuidadosa negociación entre el retratista y el retratado”.
El libro tiene pinceladas pintorescas, pero eso no lo confinan en lo anecdótico, o su degradación, el chisme.
El espacio y la mirada. La mirada de cada uno de los próceres está presente: mirar hacia adelante era definir una mirada hacia el futuro, la eternidad, casi una mirada territorial.
Se detiene entonces en las “figuras” de Juana Azurduy como patricia argentina. Cita, a manera de ejemplo, un fragmento del libro Perfiles, de Juana Manuela Gorriti, en 1824: cuando Ayacucho dio la libertad a América, Juana Azurduy dejó Salta para volver a su país: “¿Qué fue de ella? Desapareció como esos astros que alumbran en el espacio y se pierden en la inmensidad”.
Sí, las presencias fantasmáticas retornan siempre en otra escena. Todavía desconoce la sorpresa de la fotografía, el retrato tiene la posibilidad de congelar un rostro para darle “vida” a la sonrisa, a la mirada, al semblante.
El libro se detiene en detalles reveladores como la edad del retratado, es lo que se refiere a José Artigas: “Artigas fue retratado en vida más que una sola vez a sus más de ochenta años, en unas condiciones que son difíciles de imaginar cómo habrán sido sus facciones. Analizaremos aquí, los primeros retratos, ‘el rejuvenecimiento’ de aquella imagen, la ‘invención’ de Blanes: el retrato que prevaleció y prevalece como imagen del héroe oriental”.
Podemos decir, un retrato de Artigas entre el señor Valdemar y La invención de Morel. El pasado y el futuro, figurados y desfigurados por la literatura, el pincel, la máquina, hoy conocen las metamorfosis digitales como el estallido de aquellos experimentos.
Belgrano es “el héroe sin rostro”. Tal como lo define Tulio Halperin Donghi, citado por Malosetti: “Las conjeturas de pintores e ilustradores se multiplican en retratos, láminas conmemorativas y estampillas. Solo tres de ellos fueron realizados en vida de Belgrano, sin embargo, presentan rasgos completamente distintos entre sí. Las discrepancias prueban acabadamente que de todos esos retratos, no se puede sacar en limpio una imagen de Belgrano que permitiese reconocerlo sin vacilación, como la tuvieron muchos próceres, desde Moreno y Saavedra, hasta Sarmiento y Mitre”.
También se lo podía llamar “el héroe de las mil caras”, cuando esa frase todavía no nombraba una figura paradigmática de la hipocresía moderna.
Quiero citar este párrafo, la historia hasta la del arte, conoce esas licencias: “El retrato más difundido de José de San Martín, sin embargo, es la pintura al óleo anónima, atribuida a una maestra de dibujo de la hija del prócer”. Este retrato conocido como: “De la bandera”, según citó el libro, “fue compuesto como un modelo evidente e implícito: el retrato de Napoleón en el Puente Arcole (1801) de Jean Antoine”.
París de Sarmiento a Cortázar, escribió David Viñas. Quizas, nuestra historia consista en una constante “segunda fundación”, y tuvo que quitarse de encima todos esos “dobles”, esas presencias fantasmáticas, pero reales.
El libro de Malosetti, ofrece más de un misterio y más de una pista.
* Novelista y cuentista argentino.
Su último libro es
No quiero decirte adiós (Edhasa).





