El 4 de julio de 1958 Friedensreich Hundertwasser le declaró la guerra a la línea recta y en la abadía de Seckau, presentó Manifiesto del Enmohecimiento contra el racionalismo de la arquitectura, (Verschimmelungs-Manifest). En una de las partes de ese texto se puede leer: “El solo hecho de llevar una regla con usted en su bolsillo debe estar prohibido. No hace mucho tiempo, la posesión de la línea recta era un privilegio de la realeza, los ricos y los inteligentes. Hoy en día, cada idiota lleva millones de líneas rectas alrededor de los bolsillos de sus pantalones. La línea recta es impía e inmoral. Cuando se forma óxido en una hoja de afeitar, cuando en una pared comienza a crecer el moho, cuando el musgo crece en un rincón de una habitación, redondeando sus ángulos geométricos, debemos alegrarnos porque, junto con los microbios y hongos, la vida se está moviendo hacia el interior”.
Esa aversión a la arquitectura rectilínea tiene un destinatario directo y es Adolf Loos. Vale la pena citar en Experiencia y pobreza, de Walter Benjamin, cuando analiza la figura del arquitecto que nació en Brno (Imperio austro-húngaro) en 1870 y murió en Viena en 1933. Bregaba por una liberación ornamental y escribió Ornamento y delito, en 1908. Era la proclama de una evolución estética que prescinde del adorno y el ornato: “Escribo únicamente para hombres que poseen la sensibilidad moderna. Para hombres que se consumen en añoranza del Renacimiento y del Rococó, para esos no escribo”. Para Hundertwasser, todo esto era, sin dudas, lo que estaba mal. En Viena, su ciudad y a la que Loos había modelado levemente con su estilo despojado, hizo una protesta: leyó un nuevo manifiesto, Los von Loos (Librarse de Loos), completamente desnudo.





