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¿Un cuento inconcluso?

Al morir en 1849 en circunstancias nunca esclarecidas del todo, con solo 40 años, Edgar Allan Poe dejó un legado perturbador: cuatro páginas pertenecientes a un cuento o una novela inconclusa, el registro periódico de la vida laboral de un aristócrata que obtuvo un puesto como guardafaros en una costa noruega. Desde entonces muchos escritores y editores han intentado darle un desarrollo y un final, hasta la argentina Angélica Gorodischer. ¿Con éxito? Tal vez. ¿Pero no se trata de una idea de autoafirmación personal pretender darle un cierre a la obra de un maestro de la talla de Edgar Poe? Tal vez, pero nada ha impedido hasta ahora que muchos escritores lo intentaran.

¿Un cuento inconcluso?
15-10-2026 | 17:14

Después de ser encontrado en un lugar público en un estado de salud al día de hoy nunca precisado (rabia, delirium tremens, inflamación cerebral, envenenamiento, y la lista sigue), Edgar Allan Poe, sin duda uno de los mejores escritores que tendrá este universo, falleció en Baltimore, estado de Maryland, el domingo 7 de octubre de 1849. Todo es incierto, desde la causa de su muerte hasta sus misteriosas últimas palabras pronunciadas en un delirio terminal que duró cuatro días. Tenía 40 años.

Con su cadáver ya enterrado –sin lápida–, un editor llamado Rufus Wilmot Griswold se presentó en la casa que Poe hasta entonces había compartido con su tía Maria Clemm. Griswold la convenció de haber sido verbalmente designado como albacea de la obra del fallecido. Pese a que Poe y Griswold habían sido enemigos públicos, la mujer le entregó una colección de manuscritos.

Entre estos había cuatro páginas color azul claro escritas por sus dos lados con tinta marrón, sin tachones, correcciones o sobreescrituras, conteniendo 748 palabras, de lo que más tarde sería determinado como el último cuento de Poe. Con un espacio en blanco en la cabecera de la primera página, se supone que para colocar un título todavía no definido, se lo consideró un relato inconcluso, escrito entre mayo y agosto del año de su muerte.

Griswold no incluyó el fragmento en los tres tomos de obras completas de Poe que hizo publicar en 1850. Tras su muerte, su hijo William, en 1864 o 1896 (los datos documentales difieren), entregó la primera página del manuscrito en cuestión para una subasta de originales en Nueva York. Por algún motivo poco claro, la hoja fue de nuevo subastada en 1924, y el comprador decidió dejarla en custodia en la Colección Berg de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Mientras tanto, el crítico literario George E. Woodberry publicaba en 1909 por primera vez el texto de las tres páginas que seguían en poder de la familia Griswold. Lo hizo en el segundo tomo de su libro La vida de Edgar Allan Poe, bautizando al fragmento como El faro. Estas páginas fueron en 1947 donadas a la Biblioteca de la Universidad de Harvard por Merrill Griswold, nieto del falaz albacea.

Para entonces, ya Thomas Ollive Mabbott, concienzudo estudioso de la obra de Poe, había logrado reunir las cuatro páginas del manuscrito y había publicado por primera vez el texto íntegro en el número del 25 de abril de 1942 de la publicación académica inglesa Notes and Queries.

La narración tomaba la forma de un registro periódico de la vida laboral de un aristócrata que obtuvo un puesto como guardafaros en una costa noruega. Se ocupará de todas las tareas en soledad, ya que soledad es lo que necesita para terminar con la escritura de un libro.

Lo acompaña su perro Neptuno, en otra oportunidad que le dio Poe al can del mismo nombre aparecido en El diario de Julius Rodman, novela de aventuras publicada como verídica y por entregas en la Burton’s Gentleman’s Magazine, donde el autor era también editor.

La primera entrada del diario del torrero corresponde al primer día del año 1796. La última es la cuarta, pero solo figura la fecha: “4 de enero”. Desde el comienzo la inquietud está instalada: “Puedo enfermarme, o algo peor...”, dice, además de: “No he olvidado la profecía de De Grät”. El mencionado se supone que es la persona que le consiguió el empleo. El apellido pudo haber sido inspirado por el de James De Graw, un gestor cultural conocido de Poe.

El diario contiene líneas de puntos y guiones largos separando oraciones. Las entradas de los tres y únicos días del diario contienen alusiones al estado del tiempo y del mar y consideraciones sobre la estructura del faro, que, si se quiere, podrían insinuar un prematuro estado de ansiedad. Por casualidad (o no) el día 3 de enero de 1796 (última entrada escrita) coincide con el arribo a Boston, Massachusetts, de la actriz Eliza Arnold, madre biológica de Poe, desde su país natal, Inglaterra.

Ciertas hipótesis por parte de los estudiosos no se hicieron esperar. Debatieron si el manuscrito de El faro era el comienzo de un cuento o de una novela. Si realmente estaba incompleto o esa última entrada en blanco insinuaba la muerte del protagonista. Incluso alguien arriesgaría que, en este último caso, el diario había sido rescatado por el perro Neptuno.

En 1951 fue el propio Thomas Ollive Mabbott una de las primeras personas que prestó atención a un cuento llamado “El hombre que coleccionaba a Poe”. Mabbott contactó al autor y le preguntó si estaría interesado en terminar el fragmento de El faro. De alguna manera, algo similar había hecho, aprovechando el final abierto de La narración de Arthur Gordon Pym, Julio Verne en 1897, con la novela La esfinge de los hielos.

El autor en cuestión era Robert Bloch. Tenía 35 años y casi trescientos relatos publicados, además de su primera novela (La bufanda, 1947) y una colección de cuentos (El que abre el camino, 1945). Todavía no era el autor universalmente conocido por la adaptación cinematográfica de su novela Psicosis, que realizaría Hitchcock en 1960.

Bloch materializó la entrada del día 4 de enero en el diario del cuento. La siguiente fue recién el 11 de enero, y hubo siete más, correspondiendo la última con el último día del mes; retuvo el uso de guiones e insertó aquí y allá algún que otro modismo propio del siglo anterior. Se mimetizó con la esencia de Poe para seguir desarrollando la tensión que, dentro y fuera del faro y la mente del narrador, se confirmó con delirios de índole parapsicológica y concluyó con la aparición sobrenatural de una mujer que habría encandilado al autor original.

La versión en colaboración de El faro apareció por primera vez en la edición de enero-febrero de 1953 de la revista Fantastic. Desde la portada se anunciaba: “¡Primicia! ¡Descubrimiento! Una nueva obra maestra de Edgar Allan Poe”. Y el copete oraba: “¡Acá está su oportunidad de ser un detective literario! Díganos, si puede, dónde el viejo maestro puso su pluma por última vez, y dónde el joven de Milwaukee lo relevó una centuria más tarde”.

El cuento en colaboración, ahora con otro nombre (“El horror en el faro”), reaparecería en el número 53 de la revista especializada en cine de terror Famous Monsters of Filmland, en febrero de 1969. Es una versión inexplicablemente mutilada: de ciertas entradas se retiraron párrafos y oraciones.

El faro (la versión inacabada) fue traducido por primera vez al castellano recién en 1997, por María Eugenia Ciocchini, para Ediciones Áltera que, además de incluir un facsímil del manuscrito, agregó nueve continuaciones, con extensión de cuento, a cargo de escritores hispanohablantes.

En 2006 Cemetery Dance editó Poe’s Lighthouse, un libro que convocó a veintitrés escritores estadounidenses, autores de la talla de John Shirley o Nick Mamatas. La premisa del editor fue utilizar la idea original, integrando al nuevo texto al menos algunas de las palabras del autor. Ello generó, en su mayoría, versiones libres que desecharon incluso el formato original de diario; cada una con su propio nombre, abandonando el elegido por George E. Woodberry.

*Escritor. Su última novela es Cloacina (Del Fondo Editorial, 2022).

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