Este es el año del Bicentenario. Se trata de un momento de recordatorios y de conmemoración.Para que la facultad de la memoria se ponga en funcionamiento existe una especialidad que se llama“historia” y un grupo de especialistas que se hacen responsables de su relato: loshistoriadores. Luego también contamos con otro grupo, ya más generalizado e informe, conformado por“testigos”. Su actividad consiste en darnos su testimonio.
Ni a la historia ni al testimonio les corresponde un único tipo de narración. Se puede contarla historia de varios modos y con una variedad de formas de expresión. Pero no sólo se trata de lapluralidad de estilos, sino del contenido de lo que se narra. El sentido de una narración históricadepende de las preguntas que se hace el historiador y, además –es bueno tomarlo encuenta–, contra qué otra versión despliega su perspectiva de lo que aconteció allá lejos yhace tiempo. Todo relato es un contra-relato.
Los hechos jamás están desnudos sino mediados por documentos que son decretos, cifras,medidas administrativas, y decisiones estratégicas inteligibles a partir de un sentido dado por lasituación en las que se formulan. Esta situación no se cierra sobre sí misma en una totalidad.Cualquier período histórico es inacabado, su recorte es arbitrario y sus efectos tienen unaresonancia de la que cuesta delimitar el momento en el que finalmente se diluye.
Por eso la complejidad de la historia no se reduce a una cadena de causas y suscorrespondientes efectos ni a una totalidad que satura su significado en una línea de fuerza mayoro en un acontecimiento aislado.
Por otra parte, el testigo es puntual. Es un átomo. No es objetivo. No es más que un punto devista. Dice lo que ve y oye. No tiene la investidura de un saber que le permita trasmitirlo conautoridad a sus contemporáneos ni entregarlo al porvenir con una síntesis significativa. No tieneotra autoridad que la de su vivencia, y su experiencia no es ingenua ni virgen. Es un elementoindividualizado de las corrientes de opinión de su época.
El valor del testimonio depende de su inscripción en una historia. Doy un ejemplo paracomprender lo que quiero decir: el libro de Primo Levi Si esto es un hombre. Es el escrito de unitaliano de profesión químico que estuvo en un campo de concentración nazi. Es uno de los textosmás importantes de la modernidad. El concepto de “banalidad del mal” de Hannah Arendtadquiere dimensiones impredecibles con el relato de Levi. No se trata sólo de los exterminadores,sino de las víctimas y de lo que puede hacer el terror con ellas. Habla de la vergüenza delsobreviviente y de la “zona gris” en las situaciones límite.
Algunos de mis compañeros del Ciclo Básico Común de la UBA en la materia filosofía lo dancomo material de lectura del cuatrimestre. Muchos alumnos lo leen como un texto para el próximoparcial no muy diferente de otros de lógica o de análisis proyectual. No hay emoción, porque no haycomprensión, y no la hay a pesar de que el estilo literario de Levi es tan claro y breve queasombra por su economía de palabras.
Pero si no se sabe nada de racismo, de antisemitismo, de odio entre pueblos, de Hitler, de laSegunda Guerra Mundial, de Auschwitz, el testimonio no es más que una prosa neutra que hay quecapturar literalmente para luego restituir ante la requisitoria del docente.
Se ignora la historia y así también se anula la palabra del testigo. Pero hay testimonios queingresan a la historia y la modifican. Un testimonio puede subvertir la historia de loshistoriadores que, por otra parte, se basa en testimonios. Pero, por lo general, el materialhistórico que seleccionan proviene de personajes con poder, autoridad, protagonismo, y rara vez delos pequeños hombres sin destino que de repente se ven envueltos en los torbellinos épicos.
Vuelvo al Bicentenario y agrego otra fecha puntual a la nota de la semana anterior–“Amarcord”– que hablaba del 2 de abril de 1982, día de la invasión de lasislas Malvinas. Me refiero ahora al 24 de marzo de 1976, mejor dicho al 23 de marzo de aquelaño.
¿Cuál era la posición de la sociedad argentina ante la inminencia de un golpe de Estado?¿Favorable? ¿Desfavorable?
¿Por qué esta pregunta puede parecer tan extraña siendo en definitiva obvia? No es unapregunta que les guste a muchos historiadores argentinos porque plantea lo que afirmaba el filósofoNietzsche, eso de que la historia la escriben los vencedores. Y por otro lado, también interroga sila historia y su relato se agotan en las posiciones que tienen en su momento los que ocupan laescena que luego serán tabulados por la valoración moral o ideológica adoptada por el narrador.
La memoria argentina elaborada por historiadores, periodistas, políticos, autoridades engeneral, se especializa en lo que rodea al poder, y no a la sociedad que a pesar de queaparentemente figura como una entelequia indiferenciada es menos abstracta que el famoso poder.
Interpelar a la sociedad no es cómodo porque formamos parte de ella. El poder por algúnmotivo secreto siempre está enfrente, arriba, del otro lado, ajeno y usurpador. La sociedad es másdispersa, se expresa en corrientes de opinión institucionalizadas, es prenda periodística ymediática, se palpa en la calle, es parte de conversaciones en lugares públicos y privados, resultade la conciencia individual que sabe que su sentir no está aislado de la colectividad y que confrecuencia es compartido por otros. Lo colectivo está bastante menos distribuido en trincheras quelo que pretenden quienes analizan a las sociedades como estamentos ocupados por sujetos ideológicosenfrentados a partir de sus principios y sus doctrinas. Nuevamente la zona gris de la que hablaLevi.
La “mayoría silenciosa” a veces hace ruido. ¿Y qué decía en aquel marzo del‘76 tres años después de la euforia liberadora de calles y balcones? La guerra entreformaciones especiales, triple A, guerrilla, las bombas, los secuestros, la hiperinflación, elrodrigazo, la guerra sindical, la presidenta Isabelita, la sangre derramada diariamente y el climade espanto ciudadano… ¿qué salida tenían? ¿Por qué hubo tanta gente que pensó que no habíaotra solución, sino la militar? ¿A qué se debió el hecho de que periodistas y medios que luego sejugaron la vida denunciando al Proceso, cuando nadie lo hacía, con reclamos por los torturados ydesaparecidos, pensaron en marzo del ‘76 que no había otra solución sino la militar?
Ahora, que conmemoramos el Bicentenario, podríamos hacer el esfuerzo de no inventar una vezmás al pueblo argentino. Hay demasiados dueños de la verdad que se adjudican la propiedad de suidentidad. Si las mayorías van a contracorriente del ideal preestablecido, las vanguardias dicenque el poder les ha robado el alma colectiva. La teoría de la alienación es muy peligrosa. Suponeque la gente, salvo los esclarecidos, están engañados. Hoy esta teoría se ha rejuvenecido gracias alas campañas contra los monopolios mediáticos acusados de mentirle “inconvenientemente”al pueblo. Los iluminadores de conciencia, oportunistas en el presente, prefieren apagar la luzcuando se trata de nuestra historia.
*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).









