•DEMOCRACIA Y REPRESENTACION

¿A quién le importa?

Esta vez, mi columna no tiene su origen en una “noticia” o tema específico de la actualidad de estos últimos días, sino en una experiencia a la vez más global, más vaga –y a decir verdad, poco placentera– de mi relación con lo que pasa en nuestro país y en el mundo, experiencia que probablemente se configura a lo largo de un cierto tiempo y no, como me pasa habitualmente, en el contacto puntual con una información.

24-08-2026 | 00:43

Esta vez, mi columna no tiene su origen en una “noticia” o tema específico de laactualidad de estos últimos días, sino en una experiencia a la vez más global, más vaga –y adecir verdad, poco placentera– de mi relación con lo que pasa en nuestro país y en el mundo,experiencia que probablemente se configura a lo largo de un cierto tiempo y no, como me pasahabitualmente, en el contacto puntual con una información. La susodicha experiencia me llevó, entreotras cosas, a preguntarme por qué diablos escribo columnas en el diario PERFIL –lo queimplica inexorablemente preguntarse también por qué este último las publica. Llegado a ese puntoencontré equitativo plantear, respecto de mi propio discurso, la cuestión que el domingo pasadoformulé en este mismo diario a propósito de la frondosa discursividad de la señora Presidenta: ¿aquién le importa? El haber llegado a ese cuestionamiento tiene sin duda mucho que ver con lalectura –que estoy haciendo en estos días– de un libro de entrevistas a JacquesRancière realizadas entre 1976 y 2009 y publicado hace unos cuatro meses: Et tant pis pour les gensfatigués (“Y tanto peor para la gente cansada”). Como suele ocurrir con muchaspreguntas, el resultado –que sigue– no es una respuesta, sino apenas un experimentomental.

Deslumbramiento ante la inteligencia de un filósofo que reivindica la ignorancia y el derecho den’importe qui (“no importa quien” = cualquier persona) a ocupar las posiciones depoder de una sociedad, como fundamento de la igualdad democrática. “Democracia yrepresentación –dice Rancière– son conceptos muy diferentes. El principio fundamentalde la democracia no es la representación, la elección, sino el sorteo, lo único que evita laconfiscación del poder por parte de una clase especializada.” El principio de representaciónremite en cambio a la repartición del poder en términos de nacimiento, riqueza, saber…Entonces, hablar de “democracia representativa” es expresar un concepto contradictorio,que reposa sobre la alianza inestable entre el principio de la democracia y el principio de larepresentación. “La democracia no es ni una forma de gobierno ni una forma de sociedad: es lainstitución misma de la política, la afirmación de la capacidad radical de cualquierpersona.” Por eso la democracia “debe re-desplegarse continuamente, a través de lainvención de situaciones políticas y de sujetos políticos”. Es una mejor República la quepermite preservar esa latencia inestable, la posibilidad de esa dinámica que en cualquier momentopueda cuestionar los sistemas institucionales de repartición de identidades, y que produce lamáxima perturbación cuando se encarna y se manifiesta en aquellos que, por definición, “nocuentan”, que son aquellos con los que no se puede contar. Y a los que tampoco hay quecontar: ¿se acuerdan cuando nuestra Presidenta explicó que discutir cuántos pobres hay en Argentinaera ofenderlos?
Esos que ni vale la pena saber cuántos son no tienen voz. Yo tengo voz: escribo en el diarioPERFIL. En una época no muy lejana, la tentación de la izquierda fue la de hablar en nombre de losque no tienen voz; los que saben, toman la palabra en nombre de los que no saben: yo voy aexplicarles a todos lo que ustedes necesitan, cuáles son sus intereses, qué les conviene hacer.Conocemos las terribles consecuencias de ese error histórico, que muchas veces se condensó en lacategoría del “intelectual”.

“Nadie tiene fundamento para hablar en tanto intelectual –nos recuerda Rancière ensu libro Momentos políticos–, lo que significa simplemente que todos lo somos.”“No existe ni un deber hacia la comunidad que empuje a los ‘intelectuales’ a laenunciación política, ni vergüenza por sus privilegios que deba llevarlos a evitarla (…)Simplemente porque no hay sujeto colectivo identificable bajo ese nombre, antes que se manifiesteen acto (…). La ‘condición intelectual’ no es otra cosa que la condición generaldel animal humano.”
No hay pues otra cosa que el acto de enunciación, sólo él se puede justificar a sí mismo. Eneste caso decir, una y otra vez, que nuestro sistema republicano transgrede, una y otra vez, elprincipio de la igualdad “del animal humano”. Nada que expresar en nombre de nadie–ni de los pobres, ni de los intelectuales, ni de los expertos. Porque sólo seguirá habiendopolítica en la medida en que siga siendo posible que, en un acto de reclamo de igualdad, los que nocuentan pongan en cuestión la manera en que el sistema hace sus cuentas.

*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.

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