Michelangelo Buonarroti, conocido como Miguel Angel, vuelve a mi vida como un ritornello.Nuestro primer encuentro fue en mi infancia (¿tenía yo ocho años o nueve?). La desventura se abatióen esos años sobre nuestra familia ampliada cuando la asistente doméstica de mi abuela se fugó,embarazada, con su novio, a un remoto pueblo de Córdoba. Como mi familia se sentía responsable poresa adolescente que había sido adoptada “como si fuera de la familia”, con promesas decuidados intensivos a su madre, fuimos a buscarla. Es decir, mientras mis padres la buscaban en elpueblo, a mí me metieron en un cine donde pasaban La agonía y el éxtasis, película que nunca volvía ver pero cuyo retrato de un artista entregado hasta la muerte a su obra me impresionóvivamente.
Diez años después, cuando cobré el primer sueldo de mi vida (al mismo tiempo, hacía el serviciomilitar), invertí lo que había ganado (gran parte, sino la totalidad) en un libro gigantescollamado The Complete Work of Michelangelo, de donde traduje algunos de los oscurísimos sonetos delpintor y estudié maníacamente su obra pictórica y arquitectónica. Conozco al dedillo cada uno delos ignudos de la Capilla Sixtina, y la expresión de la Sibila Délfica no ha dejado de atormentarmea lo largo de los años.
Nunca nada me había acercado a Roma, de modo que mi experiencia de esa parte de la obramichelangeliana me era conocida sólo de segunda mano (en 2005, la suerte me hizo pasar porFlorencia, donde conté los escalones delicadamente programados de la Biblioteca Laurenziana yadmiré las masas musculares del David).
El sábado pasado, me demoré cuanto pude en la Pinacoteca vaticana y las stanze del rival deMiguel Angel, Raffaello Sanzio, al que nunca amé tanto como al otro.
Cuando entré a la Capilla y empecé a señalar, uno por uno, a los personajes a los que reconocíapor su nombre, me emocioné hasta las lágrimas.
No era yo, ya, sólo un hombre mayor endurecido por la vida, sino, además, un niño abandonadoen un cine de pueblo, ante una vida desmesurada, y un joven dispuesto a gastarlo todo por amor alarte.





