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Ampliación del campo de batalla

La semana pasada me encontré con una pareja de amigos chilenos que vinieron de vacaciones a Buenos Aires. Periodistas los dos, se volvían al otro día a Santiago, así que quedamos en comer algo a la noche, y me sorprendí cuando me pidieron que los pasara a buscar por la puerta de un teatro de la calle Corrientes.

24-08-2026 | 13:45

La semana pasada me encontré con una pareja de amigos chilenos que vinieron de vacaciones aBuenos Aires. Periodistas los dos, se volvían al otro día a Santiago, así que quedamos en comeralgo a la noche, y me sorprendí cuando me pidieron que los pasara a buscar por la puerta de unteatro de la calle Corrientes. Resulta que mis amigos ya habían visto Art, habían ido al show deLes Luthiers, y para esa última noche, extrañamente, habían sacado entradas para una obra deAntonio Gasalla. Empecé a desconfiar de ellos (¿los gustos de la gente pueden cambiar tanto?), perome tranquilicé cuando me contaron, con sorpresa, que el teatro estaba lleno, que no entendían dequé se reía la gente, que la obra les había parecido una vulgaridad y que a la mitad de la funciónescaparon saltando por encima de las butacas. Y, al mismo tiempo, comprendí que para buena parte delos extranjeros que visitan la ciudad el teatro argentino debe reducirse a una sucesión decoloridas marquesinas con imágenes de mujeres ofreciendo sus desbordes cárnicos, enormes afiches decómicos decadentes y adaptaciones de fórmulas concebidas desde el centro de la dramaturgia másconservadora.

Cuando les hice mis objeciones, se quejaron de que lo único que les había recomendado antes desu viaje eran bares y restaurantes, y era cierto. Por alguna razón, había olvidado marcarles lassalas en las que se puede ver, cada tanto, alguna película digna, o advertirles de que el circuitodel teatro que vale la pena está en ciertas zonas del Abasto, Palermo, Almagro. ¿Pero qué obra leshabría recomendado? Cualquiera de Javier Daulte, Alejandro Tantanian, Claudio Tolcachir, MauricioKartun, Daniel Veronese, Rafael Spregelburd. Les habría dicho que fueran a ver Los talentos, laobra que Agustín Mendilaharzu y Walter Jacob dirigen en el Espacio Teatral El Kafka.

Mendilaharzu y Jacob trabajan aquí con un material que suele ser más propio del cine que delteatro: las pulsiones reprimidas y a la vez incontrolables de la adolescencia. Lucas, Ignacio yPedro son tres amigos que rondan los veinte años y que viven al margen del ambiente social que lescorrespondería. Odian las discotecas, fuman en pipa, toman vino recostados en sillones, los sábadosa la noche juegan a componer sonetos en una pizarra, son inteligentes y fatuos, sarcásticos yvanidosos. Y, por supuesto, no tienen ningún éxito con las mujeres. Pero la noche en la quetranscurre Los talentos, todo cambiará. “La obra muestra cómo a estos personajes un mundo seles termina y comienza otro. Aunque resultó ser también una reflexión sobre la amistad”, diceJacob.

Amistad, con todo lo que ese concepto implica en ese momento en el que las personalidades estándefiniéndose, cuando la vida se estrena y se expande y el mundo exterior se convierte en unverdadero campo de batalla: tensión sexual, competencia, envidia, traiciones. Jacob y Mendilaharzulogran con Los talentos componer una pieza a la vez angustiante y extremadamente divertida, yconfirman lo que la nueva dramaturgia viene demostrando hace un buen tiempo: que se puede serinteligente y ambicioso sin resultar pretencioso ni apelar a los lugares comunes más transitados dela comedia y el costumbrismo argentino.

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