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Aquellos juegos feroces

Primera ronda. La tarjeta dice: escritores catalanes conocidos en la Argentina. Sin repetir y sin soplar, a partir de ahora, comenzando, ya.

22-08-2026 | 18:16

Primera ronda. La tarjeta dice: escritores catalanes conocidos en la Argentina. Sin repetir ysin soplar, a partir de ahora, comenzando, ya: Mercè Rodoreda, Eduardo Mendoza, Manuel VázquezMontalbán, Juan Marsé, Enrique Vila-Matas… ¿Carmen Laforet? Tiempo. Para la mayoría de loslectores argentinos, el nombre de Francisco Casavella (Barcelona, 1963-2008) no integra esa listasurgida de la primera capa de la memoria. Y sin embargo, en la década y media larga que va desde laaparición de su novela debut, El triunfo (1990), Casavella publicó siete libros, incluyendo latrilogía El día del Watusi, con los que se hizo un lugar insoslayable en la literatura españolacontemporánea.

Así como el retrato de la Barcelona actual estaría incompleto sin las ficciones de Marsé o deMendoza, también lo sería sin muchas de las novelas de Casavella. Sí, esa ciudad que hoy es unamarca reconocible y que tolera cada vez peor las diferencias y las tensiones creadas por lainmigración y el aluvión turístico internacional, esa ciudad que medio mundo ama y que buena partede los catalanes detesta, se enfrenta al riesgo de convertirse, definitivamente, en un parque deatracciones temático. Esas transformaciones, que comenzaron a finales de la década del 80 con lalimpieza del casco urbano de yonquis e indeseables en vista de los Juegos Olímpicos de 1992, dejanoír su ruido de fondo ya desde las historias tejidas en El triunfo, cuando los gitanos comandadospor El Gandhi pelean su territorio a los nuevos habitantes de la ciudad: los negros, los moros. Loprimero que se advierte en esas páginas es el vértigo y la aceleración, el retrato de las clasesmedias bajas, el especial talento narrativo de Casavella para el registro de la oralidad. Es ciertoque algunos pasajes pueden parecer demasiado cinematográficos (no es casual que dos de sus novelashayan sido adaptadas al cine) y que en otros el texto se vea afectado de cierto lirismo (que elcrítico Ignacio Echevarría señaló como “dejes románticos y preciosistas de una prosa capazsiempre de grandes alardes, pero con tendencia a resultar sentenciosa”), pero: ¿qué decirentonces de Javier Marías, por ejemplo? ¿Cuánta de la narrativa española actual puede situarse porencima de los mejores momentos de Casavella? No mucha, la verdad.

Hay en El triunfo, como en Un enano español se suicida en Las Vegas (1997) o El día del Watusi(2003) un trasfondo de tragedia siempre inminente, protagonizado por maravillosos perdedores (losaparentes ganadores también lo son) a través de los que encarna la tragedia del mundocontemporáneo: “Me quedo parado cuando me dicen que tengo cierto talento para la tragedia.Porque creo que eso es como tener cierto talento para medir uno ochenta. Es una manera de ver lavida, que no obedece a un talante melodramático”, explicaba Casavella en su últimaentrevista, publicada en febrero de 2009 por la revista Quimera.

Sus conocidos no se ponen de acuerdo en si Casavella buscaba la muerte por exceso (había vueltoa viejos hábitos de la juventud, pese a las recomendaciones médicas) o si la muerte lo encontró porun defecto de la voluntad. Murió de un ataque cardíaco el 17 de diciembre pasado. Tenía 45años.


*Desde Barcelona.

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