•El infantilismo de los politicos

Aquí, allá y en todas partes

Estuve unos días en Madrid, apenas antes de que Zapatero anunciara el plan de ajuste que le valdría un reto de Cristina Kirchner –siempre firme frente a la marejada–, y de que los comentaristas empezaran a preguntarse otra vez –como escuché en la tele–, si no estaremos frente al inminente final del capitalismo.

24-08-2026 | 13:42

Estuve unos días en Madrid, apenas antes de que Zapatero anunciara el plan de ajuste que levaldría un reto de Cristina Kirchner –siempre firme frente a la marejada–, y de que loscomentaristas empezaran a preguntarse otra vez –como escuché en la tele–, si noestaremos frente al inminente final del capitalismo. Un famoso guionista de cine dijo una vez que“nadie sabe nada”, queriendo indicar que es imposible predecir cuánto dinero dará unapelícula, pero la frase se va haciendo extensiva a otros dominios de la actividad humana, hastallegar a la incertidumbre sobre el orden económico mundial. Nadie parece capaz de asegurarnos queno padeceremos tiranías, hambrunas y guerras generalizadas como tan orgullosamente se afirmabadespués de la caída del comunismo y hasta puede ser que, después de todo, sea el propio comunismoel que termine triunfando.
Pero me fui un poco de la visita a la Madre Patria. Es difícil entender la política de unpaís ajeno. Leemos los diarios, les vemos las caras a los dirigentes, pero nos resulta difícildistinguirlos, y mucho más evaluarlos. Uno tiene el preconcepto de que en España los políticos sonmás civilizados y que un personaje con el poder destructivo y las costumbres intimidatorias de unGuillermo Moreno (para no hablar de su jefe) sería impensable en Europa. Pero después recordamosque en Italia gobierna Berlusconi y nos prometemos pensar si los evidentes males de nuestra clasepolítica no se mantienen –o aun se agravan– más allá de las fronteras.
En el mes de mayo nos sorprendió en España una columna de Félix de Azúa publicada en Elperiódico de Cataluña en la que este conocido filósofo, poeta y novelista se despedía de su espaciosemanal convencido de que la vida política en España había llegado a un estado tan lamentable queya era inútil tratar de influir en ella, como había sido su propósito original. El texto señalahasta qué punto los ciudadanos terminan divorciados de sus líderes, porque éstos integran unaesfera autónoma, regida por sus propios intereses, “que repugna a casi todo el mundo, menos alos partidos políticos y a aquellos que viven de sus privilegios y subvenciones”.
Este “que se vayan todos” de Azúa –la vieja consigna criolla queúltimamente se ha convertido entre nosotros en una mezcla de terror frente a quienes nos gobiernany desprecio por quienes nos podrían gobernar más adelante– se sustenta en la convicción deque “el estropicio es ya casi insalvable” porque “nuestra clase política no esdemócrata. No tiene ni la menor idea de qué quiere decir ‘democracia’. Por eso, norespetan a los partidos adversos, sino que se empeñan en triturarlos y no creen estar en el poderpara resolver los problemas de la gente, sino para creárselos porque así lo exige la‘causa’. Sólo trabajan para su propio partido, como los empleados japoneses trabajabanpara su empresa y la yakuza asociada”.
Azúa sostiene que la degradación de la política española la lleva hacia el modelo italiano,al que considera una abyección inigualable. Lo gracioso es que el artículo se publicó también en elblog del escritor y allí arreciaron los comentarios diciendo “acá en México pasa lomismo” o “en realidad nos vamos acercando al modelo argentino”. Supongo que enmuchos países hay quien pueda decir cosas parecidas frente a esta particular combinación deineptitud técnica, exceso ideológico y desprecio por la vida democrática, situación que según Azúaproduce desastres como el actual, de los que resulta muy difícil recuperarse. Pero lo más curiosode su diagnóstico es que atribuye estos rasgos a los políticos de hoy (tanto del oficialismo comode la oposición, desde Zapatero hasta Rajoy pasando por sus compatriotas catalanes) mientras quecalifica a sus predecesores (Suárez, González y Aznar) de “jefes de gobierno adultos”en cuya época “los adversarios no eran enemigos”. Es evidente que lo de Azúa no sepuede trasladar sin más trámite, porque no me imagino a nadie afirmando que en las últimas décadastuvimos jefes de gobierno adultos. ¿O sí?

*Periodista y escritor.

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