•Ensayo

Argentina, o un caso de “utopía regresiva”

La crisis mundial de 2008 golpea a América latina en un momento de fuerte crecimiento económico y de proyección creciente en el espacio global.

24-08-2026 | 13:46

La crisis mundial de 2008 golpea a América latina en un momento de fuerte crecimiento económicoy de proyección creciente en el espacio global. Cambios profundos en los procesos de producción yla inversión de capital en las economías emergentes marcaron el inicio de una nueva etapa en elproceso de globalización, determinado por una reconfiguración del poder desde el norte hacia eleste y el sur del planeta.

El cambio de milenio marcó el inicio de un nuevo mundo –independiente e interconectado,multipolar y multicultural– con características profundamente distintas del ordeninternacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial.

Es en este escenario geopolítico en transformación que una crisis financiera en el centro delsistema deriva en una crisis sistémica e impacta en la economía real de todos los países.

La crisis de 2008 marca el fin de un ciclo. El colapso del fundamentalismo de mercado, basado enel mito de que los mercados son capaces de autocorregirse y autorregularse, ocurre de forma tanrápida e inesperada como el colapso del sistema soviético.

La diferencia con las crisis anteriores reside en dos hechos concretos: por un lado, laintensidad de la intervención de los gobiernos para regular la exuberancia irracional de losmercados –por primera vez, una crisis mundial está siendo enfrentada por medio de una acciónconcertada globalmente por los Estados–; por otro lado, el hecho de que los países emergentesestén mejor preparados para enfrentar la crisis y tengan una mayor participación en las decisionesque afectan el futuro de todos.

Dada la interconexión de la economía global, la profundidad y la duración de la crisis sonimprevisibles. Sin embargo, no todo lo que ocurre es negativo. De la misma forma en que laglobalización no significó el “fin de la historia”, la crisis actual no significa elfin de la globalización. Puede significar, en cambio, la transición hacia una nueva etapa impulsadapor una interrelación más dinámica entre sociedad y política, economía y cultura. En contraste conla exuberancia irracional de los mercados, la crisis favorece la revalorización de los conceptos detrabajo y ahorro, de transparencia y confianza, de innovación e inversión, como los caminos másseguros para generar prosperidad y solidaridad social.

La búsqueda del beneficio a cualquier precio condujo a una impasse institucional. El modelo dela era consumista mostró sus límites. Con ello se abre un espacio para profundizar la discusiónsobre los fundamentos de nuestras sociedades, sobre lo que entendemos por calidad de vida y porequilibrio deseable entre libertad personal y solidaridad social, autonomía individual y biencomún.

El mercado ya no puede ser el único valor determinante de la conducta individual y colectiva.Hay que valorar otras formas de pertenencia que produzcan identidad y cohesión social. Estaplataforma, que antes era proporcionada por el mercado y la empresa, hoy es incierta.

En América latina gana importancia la temática de la seguridad en sentido amplio: físico,psicológico y económico. Crece un deseo de comunidad que no está dado por el mercado competitivo.Existe un anhelo general, un deseo de superar la oposición entre individualismo e interesescolectivos. Estas demandas son reforzadas por la aparición de otros actores en el espacio público,más allá del Estado y el mercado.

Es difícil caracterizar lo que ocurre en la Argentina, país cuyos gobiernos, provenientes de latradición peronista, adoptan algunas políticas socialdemócratas, respectando al límite las reglasformales de la democracia, pero operan con instituciones menos consistentes que, por ejemplo, laschilenas y aun las brasileñas y asumen, de tanto en tanto, posturas antiglobalización. ¿Por qué estan difícil caracterizar el proceso político argentino? Visto a la distancia por alguien que, desdehace tantos años, acompaña la vida política y social del país –y la acompaña con un interésno sólo académico sino con el afecto personal y el interés político de ver por delante un caminomejor–, lo que más nos condiciona es tener que colocar a la Argentina en los“itinerarios incompletos”.

Doy por sobrentendido que los países latinos fueron construyendo caminos, históricamentevariables, para responder al difícil desafío que propone la “tercera ola dedemocratización”: la reinserción en el mercado global, después de décadas de políticas desustitución de importaciones y de fortalecimiento del mercado interno; la reconstrucción de lasinstituciones y de los valores democráticos, después de soportar variadas formas de autoritarismo;el encauzamiento, en fin, de las respuestas a las problemáticas sociales de la pobreza y ladesigualdad, que crecieron como consecuencia del desinterés doméstico y de las numerosas crisiseconómico-financieras que atacaron a los países.

Hay una relación no mecánica entre responder de forma positiva al orden global y encontrarrespuestas para las cuestiones sociales. Dadas las dificultades concretas existentes en algunospaíses para la reinserción productiva, se explican (sin que las quiera justificar) las tentativasde una “refundación” y la búsqueda de soluciones alternativas, en general mássimbólicas que efectivas, para acelerar la integración de las minorías marginadas. Muchas veces, laincapacidad de las elites políticas de construir formas de integración, sumada a la corrupciónendémica y a la debilidad de las instituciones, llevó a los países a buscar caminos alternativos dediscutible pedigree democrático. Sin embargo, con todas las limitaciones que se puedan señalar, noes éste el caso de la Argentina. Este país dispone de una gran base económica (más que razonable);posee una agricultura de exportación altamente competitiva y sus problemas sociales son menoscomplejos, comparados con los de la mayoría de los países de la región. Entonces, ¿por qué en vezde clasificar el estilo político predominante como democrático, con fuerte énfasis en las políticassociales, hago la salvedad de su condición incompleta?

Tentativamente, tal vez porque en la búsqueda de la corrección del rumbo económico, el gobiernode Carlos Menem haya influido demasiado en la dirección de una respuesta “de mercado”,desorganizando el sector público en su capacidad regulatoria e incluso de efectivización depolíticas sociales; tal vez porque las facilidades ofrecidas por las ventajas comparativas delsector rural hayan inhibido el desarrollo de la industria, exponiendo la economía del paísdirectamente a los azares de la fluctuación de los precios de las commodities; tal vez porque elbrutal desplazamiento de la política externa hacia la órbita estadounidense para compensar elatraso estratégico de ajuste de rumbos anteriores haya, posteriormente, reactivado el nacionalismoy una cierta desconfianza de los alineamientos internacionales; tal vez, sobre todo, porque loséxitos en el crecimiento económico y en la prosperidad en épocas anteriores hayan disminuido el“instinto animal” de los empresarios. El hecho, comparativamente, muestra que laeconomía del país no dio el salto que se esperaba.

¿Habrá habido, más allá de la falta de apetito empresarial, ceguera política institucional? Meduele decirlo, pero posiblemente sí. La lenta, no diría destrucción, pero sí recuperación delsistema partidario en el posmenemismo; la incapacidad de los políticos radicales de dar unarespuesta convincente al país que los distinguiese de la memoria de los “años de oro”del peronismo, hizo que casi todo se disolviese en un partido que se califica como movimiento y enuna lucha entre facciones del justicialismo que no se distinguen por visiones alternativas sino pormanipulaciones de diversas partes del aparato político y del sindical. Al no existir contrapuntosvalorativos en el espectro institucional (fuera de él, la izquierda revolucionaria se desmoronó),la política se transformó en una administración de favores e intereses. En ausencia de un“proyecto de nación” que apunte a un camino de supervivencia y prosperidad en el mundoglobalizado, pasó a predominar lo que calificaría como otra vertiente de las “utopíasregresivas” (calificativo que he usado para caracterizar el Movimiento de los SinTierra enBrasil): cerremos más la economía; intentemos fabricar “nacional” en vez de importar,incluso de los vecinos del Mercosur; apoyemos verbalmente las “situacionesfundacionales”; pero no lleguemos a tanto; tengamos de vez en cuando un poco de audacia, comola de aquellos países “fundacionales”, para contener las críticas de los medios decomunicación; sin olvidar que no pagamos la deuda externa a tiempo y volvimos a crecer. Otrodesarrollo tal vez sea posible...

Sólo que la Argentina es una sociedad de masas, sus clases medias son más numerosasproporcionalmente que las de los demás países de la región, su población tiene un nivel elevado deeducación, etcétera. Todo eso provee los ingredientes necesarios para la definición de estrategiasde desarrollo económico capaces de permitir al país una integración más favorable en el ordenglobal, incluyéndose en él, naturalmente, América del Sur. Tal vez sea el único país de la región–por lo menos uno de los pocos– que pueda apostar por el desarrollo de las tecnologíasde información, tal vez el lanzamiento de un programa espacial, y ciertamente, por un lugar bajo elsol en la competencia por la nueva economía energética con conciencia ambiental. Entonces, ¿por quéno?

Es inevitable tener que reconocer que existe, en este caso, un problema de conducción política.Las condiciones estructurales no explican el camino recorrido ni tampoco la falta de empeño en labúsqueda de caminos mejores. No ha surgido hasta el momento líder o partido político, organizaciónde masas o sector empresarial, liderazgo intelectual o moral que sea capaz de electrizar nuevamentela pugna política y despertar a la población para la búsqueda de días más gloriosos. Todavía haytiempo.


*Extraído de Argentina 2010. Entre la frustración y la esperanza.

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