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Arte conceptual

Hace unos años en Bogotá vi una bizarra exposición de una artista plástica cuyo nombre no registré. Sólo sé que era colombiana. En una sala había unos cuadros grandes que parecían de Miró, imágenes abstractas, con colores rojos, rosados y negros.

Arte conceptual
22-08-2026 | 06:56

Hace unos años en Bogotá vi una bizarra exposición de una artista plástica cuyo nombre noregistré. Sólo sé que era colombiana. En una sala había unos cuadros grandes que parecían de Miró,imágenes abstractas, con colores rojos, rosados y negros. Tenían algo muy violento, pero no seentendía por qué, quizá por el color sangre o porque cada cuadro era un enchastre, el registro deuna fuerza aplastante y demoledora. De pronto uno miraba atentamente y comprendía que eran fotos demosquitos aplastados contra la pared, ampliados a un tamaño gigante. La muestra se llamabaMosquitas muertas. Vistas así, en ese tamaño, las imágenes tenían algo de arte rupestre, porqueentre las combinaciones de las manchas y los restos del insecto se adivinaban figuras azarosas. Delmarco de cada foto, sobre la pared blanca, salía una flecha que desembocaba en un círculo. En elcentro de ese círculo estaba el mosquito original aplastado que había servido de modelo para lafoto.

La cosa no se agotaba ahí. En una sala vecina se proyectaba un video donde la autora (que debodecir tenía bastante cara de mosquita muerta) hablaba de su obra. Se sabe, el arte conceptual esuna rama de la literatura; sin la explicación la obra no tenía más interés que el extrañamiento dehacernos confundir insectos muertos como arte abstracto (que no era poco). Pero el documentalmostraba el largo proceso que demandaba toda la obra: ella misma criaba mosquitos en piletones desu jardín dentro de un gran mosquitero, los acorralaba en una especie de jaula de tul, los llevabaa la sala donde se colgaría la muestra, se encerraba dentro, los liberaba y se dejaba picar durantehoras, en ropa interior. Después ella misma se ocupaba de matar todos los mosquitos a manotazoscontra las paredes impecables (ese momento del video casi se podría haber confundido con unacoreografía de danza contemporánea). Por último, iluminaba los resultados mínimos, casimicroscópicos, que ensuciaban la pared, sacaba las fotos con lentes especiales, las seleccionaba ensu computadora y mandaba a hacer las copias gigantes.

Sobre las imágenes, la voz en off explicaba su relación desde la infancia con los mosquitos,cómo la obsesionaba que la picaran primero a ella que a los demás, daba la explicación científicade esa preferencia que tienen los mosquitos, explicaba también que sólo pican las hembras (de ahílo de mosquitas muertas) y otra cantidad de datos que no recuerdo sobre la vida de este insecto ylas enfermedades que contagia.

No sé si habrá vendido bien sus fotos. Quizá sí; en el arte actual en general todo lo que tengao esté hecho con sangre vende mucho, y lo mismo pasa con otros fluidos corporales. Me acuerdo dehaber salido bastante perplejo de la galería, sin entender si eso era arte o no, si era una enormeestupidez o una genialidad. El asunto es que me cambió para siempre el modo que tengo de ver losmosquitos que se me acercan a picarme. Los veo enormes, monstruosos, voraces, sedientos de misangre y con su nota aguda a punto de hacerme estallar los tímpanos.

Me volvió a la memoria todo esto cuando vi en el noticiero el primer plano del mosquitohinchándose de sangre sobre el título “Epidemia de dengue en el Norte”. Habría quetraer la muestra de esa colombiana al país, auspiciada por los ministerios de Salud de lasprovincias donde dejaron que resugiera el dengue hasta desbordar los hospitales, y donde trataronademás de ocultarlo, quizá porque dengue suena un poco a Chagas, aunque no sea mortal como elChagas, pero suena a rancho, a pobreza, y si hay pobreza que no se note.

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