La intolerancia en sus diversas manifestaciones ha signado la vida social de nuestro paísdurante el primer mes del año 2009. Ironía dramática, si advertimos que esto sucede luego delprimer cuarto de siglo de concluida la última dictadura militar. Hemos visto en una escasa fracciónde tiempo manifestaciones que expresan el odio racial y religioso, persecución a periodistasindependientes que cuestionan acciones del poder, utilización de los que sufren la pobreza extremacon fines partidarios. Estos hechos demuestran que no hemos podido lograr en el período históricotranscurrido una convivencia que merezca con justicia el calificativo de “democrática”.
Esta sucesión de atropellos a derechos humanos esenciales es fruto de la fragilidadinstitucional en la que estamos sumergidos y de la ausencia de un proyecto cultural que aúneconocimiento, información y desarrollo de las artes con hábitos ciudadanos. La prácticaconstitucional errónea ha impedido que los elementos positivos de la modificación efectuada en laConstitución en 1994 tuvieran efecto y ha exacerbado los vicios que el nuevo texto tiene. Por esasituación, los objetivos proclamados por los hacedores de la reforma quedaron convertidos en unaexpresión de insatisfechos deseos.
Los hábitos que desde las estructuras del poder o desde la trama social expresan ladiscriminación por razones raciales, políticas o de situación socioeconómica se producen en unmomento de la historia contemporánea en el que acontece el hecho más significativo para ladestrucción de las barreras impuestas por las diferencias. La asunción de Obama en Estados Unidosindica una transformación cultural, en un país que en palabras de una de sus más destacadasciudadanas, Susan Sontag, “… no sólo tuvo el sistema de esclavitud más brutal de lostiempos modernos (comparado con el de otras esclavitudes, por ejemplo, los de Hispanoamérica y lascolonias británicas) sino también un sistema jurídico único que no reconocía, en un solo sentido,que los esclavos eran personas…”.
Este contraste indica la gran deuda educativa que nuestro país tiene luego de superado elfenómeno de los golpes militares, pues la modificación más trascendente introducida hace catorceaños en nuestra Constitución fue el otorgamiento de jerarquía constitucional a declaraciones ypactos internacionales de derechos humanos, que amplían y complementan las cláusulas de nuestraConstitución histórica y desarrollan con precisión la defensa del derecho a ser diferente en losmúltiples aspectos de nuestra vida, castigándose las conductas que produzcan discriminaciones decualquier índole. Esta extensión de derechos y las garantías incorporadas para asegurar su gocealentaban la esperanza de la mejora del ejercicio de estas facultades, que habían sido restringidaso brutalmente abrogadas durante prolongados períodos de nuestra historia reciente. En este aspecto,también nos esperaba un guiño mordaz. El notorio deterioro de la calidad de nuestras institucionesfue proporcionalmente acompañado por la caída abrupta del nivel de vida de grandes segmentos depoblación. Marginalidad y pobreza redujeron a mínima o nula expresión la posibilidad de ejerciciode los derechos humanos de sectores mayoritarios de la ciudadanía, y alejaron así de la realidadcotidiana el estricto cumplimiento de estas nuevas normas. Nada más ajeno al ideal de una sociedaddemocrática, porque el hambre y la indigencia son la materia con que se forman la discriminación yel autoritarismo.
Queda así una significativa responsabilidad social para construir una cultura creadora deciudadanía que permita superar las barreras que separan y fragmentan a grupos e individuos yextirpar las segregaciones de nuestra convivencia. Tal vez lo podamos lograr, si como expresó JulioCortázar asumimos que nada está perdido, si tenemos conciencia de que todo está perdido y hay quevolver a empezar.
*Profesor de Derecho Constitucional y Legislación Cultural en UBA, UNC y Flacso.





