Autopsia

Como no cesa ni habrá de menguar en las próximas semanas la borrasca permanente a la que se acostumbró el país, pensar es urgente e indispensable. Hay que afrontar la cultura de la emergencia y la calamidad, para razonar con más vuelo.

Autopsia
22-08-2026 | 09:43

Como no cesa ni habrá de menguar en las próximas semanas la borrasca permanente a la que seacostumbró el país, pensar es urgente e indispensable. Hay que afrontar la cultura de la emergenciay la calamidad, para razonar con más vuelo.
Un país sacudido por el cambio constante de las reglas de juego ejecutado por un gobiernocuya imprevisibilidad es sistema, debe comprender urgentemente no sólo qué pasa, sino por qué estásucediendo lo que vivimos hace más de un lustro. La Argentina es gobernada hoy por gente que actúacon unos códigos que es imprescindible explicitar. El adversario, que para la mirada oficial es unenemigo, no sólo no es respetado por el Gobierno, sino que es sencillamente ridiculizado. La chanzafácil, la broma gruesa, el clima de vodevil para describir a quienes disienten, son laquintaesencia de una praxis orientada a obliterar todo lo que se les opone.
Para la mirada que proviene del gélido Calafate profundo, no existen agrupaciones ociudadanos que piensen diferente. Los Kirchner tienen una pétrea convicción en la condición militarde la política, como un ejército en guerra. El poder oficial se muestra como tropa confrontando“enemigos”. Su única opción es derrotarlos, sin ceder nada. Nada hay en los“diferentes” que merezca ser atendido o considerado y, por eso, cuando la Presidenta lepide ideas a la oposición, ella sabe mejor que nadie que lo último que estaría dispuesta a admitirserían opiniones diferentes a las de su marido y ella. La socarronería pedante y soberbia deloficialismo hacia disidentes y opositores proviene de un viejo componente del setentismo másvirulento: no ser “del palo” es un delito de lesa humanidad. Para el enemigo sóloreservan un desdén profundo e incurable, empapado de odio recalentado.
El actual poder argentino responde con despecho a críticas y contratiempos, no sólo desdediciembre de 2007, sino desde la inauguración del gobierno de quien sólo pudo llegar al cargo de lamano y por la decisión de Eduardo Duhalde. Ese despecho es otra forma de la jactancia: lo expresaun aparato de poder que padece profundo malestar ante quienes no se “disciplinan”.
El método central es de ramplonería notable y, sin embargo, a él se someten los oficiales delestado mayor kirchnerista. Una y otra vez, sin temor alguno a abrumar a una ciudadanía exhausta detantas vueltas, operan desde la magia primitiva de los golpes de efecto. Nocturnos o bizarros,desde extramuros o por cadena nacional, reiteran lo que hacen mejor que nadie: sorprenden,madrugan, asombran, provocan estupefacción, descolocan.
Aman lo que hacen, adoran su –para ellos– virtuosa capacidad de“transgredir”, ese verbo nefasto que la Argentina venera. El problema es que jamásadvierten al público que lo de ellos “puede fallar”, como siempre hacía Tusam, elmentalista.
La búsqueda del impacto es una clara subestimación de la inteligencia del pueblo.Abroquelados en la convicción de que sólo se puede gestionar sorprendiendo, revelan que su opiniónde la sociedad es devastadoramente peyorativa, y que sólo los débiles o necios son previsibles. Unacortina de espesa oscuridad cubre los hechos oficiales. La destrucción de la credibilidad del INDECfue deliberada, consciente y entusiasta, obra de un gobierno que se considera lo suficientementeomnipotente como para armar un escenario artificial de datos tan persuasivo que convenza al pueblode que las cosas no son como las vive, o como las presenta el periodismo, sino como el Gobiernodice que son.
Este encubrimiento de datos y documentos fehacientes es una estafa colosal. Sus proyeccionesúltimas se sentirán en plenitud mucho después que los Kirchner hayan completado su mandato. Unacruenta inversión de hechos y conceptos ha convertido a este matrimonio de millonarios en los másparlanchines difusores del odio a los ricos. En boca del matrimonio presidencial se materializa unsortilegio notable: hablan de codicia, avaricia, mezquindad e intereses aviesos, como si sus vidasy patrimonios fuesen de ejemplar frugalidad. Amantes explícitos de los bienes raíces y dueños deuna fortuna financiera considerable, estigmatizan a quienes tienen dinero y defienden intereses,como si ellos fuesen pobres.
Propician de manera abierta la descalificación de esa burguesía que no controlan, pero desdeuna retórica solidaria que nunca efectivizaron en su dilatado paso por la política argentina. Enese sentido, plasman un formidable paradigma de hipocresía extrema: ni su pasado, ni su presente,ni sus bienes, ni sus intereses son demasiado diferentes del mundo de millonarios que dicendespreciar, pero del que participan activamente en sus dorados refugios.
Viga maestra de este modo de gobernar que hoy existe en la Argentina es el culto a unaimprovisación ya casi proverbial en la adopción de decisiones. Seis años después de 2003, el paísno sale de la emergencia estructural y no zafa del corto plazo implacable. Operativos, planes,proyectos, anuncios y convocatorias desembocan en promesas jamás concretadas, y no sólo por meramaldad, sino –sobre todo– por evidente incompetencia gerencial. Cuando no proclamanplanes desaforados, recurren directamente a abiertas falsedades o estrambóticas interpretaciones,que funcionan de similar manera. Los enunciados son de una frescura desconcertante, aunqueevidentemente no son sinceros.
¿Por qué tamaña audacia? Todo sucede como si, para la praxis gubernamental, distorsionarfuera inevitable, padecimiento al que en la vida individual se llama mitomanía.
Similar procedimiento se usa para ocultar o manipular información pública y gestionesoficiales que deberían ser de acceso público. Un sistema radial tan férreo como el kirchnerista nosólo deja de lado a los ciudadanos, sino que ignora y excluye a las líneas administrativas ypolíticas de las que se nutre una conducción.
Ausentes, omitidos, suprimidos, quienes forman parte de este gobierno parecen fantasmas aquienes periódicamente los sacude una revelación desde el poder, de la que se notifican comomortales habitantes del anonimato. Los sorprendidos somos todos, nosotros y ellos, las segundas yterceras líneas, siempre con el corazón en la boca. El poder, abroquelado en un coto mínimo yblindado, cachetea al ciudadano de a pie, así como a ministros o secretarios, manera omnímoda deconducir que revela profundo y esencial desprecio por el “común”, exhibición de undespotismo que ni siquiera es ilustrado.
Sarcásticos, desdeñosos, hirientes, desconcertantes, ilusorios, exhiben una llamativaautoestima, convencidos de su supremacía y ciegos a las evidencias de una realidad que, mástemprano que tarde, les deparará algunas lecciones. Obran como si fueran eternos e inoxidables.

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