Me recomiendan Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thornton, como una divertidaintroducción al mundo de las artes visuales, aunque me avisan que el libro está lleno de erratas.Es lo primero que uno comprueba al abrirlo: entre otros descuidos, en cada página aparecen palabrascon un guión en el medio (“no-minaciones”) y otras mal separadas al final de la línea(“manip-/ula”), lo que vuelve irritante la lectura. Se trata de un error deprincipiantes en materia de composición tipográfica: en lugar de utilizar un programa que separaautomáticamente las sílabas en castellano, lo hicieron a mano, como si utilizaran una máquina deescribir en lugar de una computadora. De ese modo, ante cualquier cambio que desplace una palabrapartida del lugar original, ésta conserva el guión. Para colmo, permitieron luego la separaciónautomática en inglés. Es insólito que Edhasa, una editorial conocida, se permita semejantechapucería.
Tampoco ayuda la traducción de Laura Wittner, que transcribe un idioma a otro sin dejarevidencia de que en el camino interviene un proceso de comprensión del original. Por momentos, eltexto de Wittner parece un inglés compuesto de palabras españolas o un castellano con sintaxisamericana: “Hemos tomado nota de cada pedido de reporte de condiciones”. “Cuandono hay nada que decir, eso mismo es la cuestión, lo cual produce una conversacióninteresante.” “Es también una sólida pieza; dentro de ella, Asher se ha ubicado en elcalmo ojo de una multivocal tormenta.” Así resulta que en el mundo del arte hay “cosassobrevaluables” y “cositas chocolatosas”, la gente se viste con “pielesvintage”, bebe “ginebra de endrinas”, utiliza “técnicas de marca” y,cuando va a comer afuera, reserva “una cabina”.
Encuentro el nombre de Wittner en otro libro, la Antología de la nueva poesía argentina queacaba de editar Perceval Press, la editorial californiana de Viggo Mortensen. Wittner es uno de losveintidós nombres de una lista que consolida el concepto de “generación del 90”. Lospoetas más prestigiosos entre sus colegas tal vez sean Daniel García Helder y Sergio Raimondi,aunque los más populares son seguro Fabián Casas y Washington Cucurto. Wittner es la última (elorden es alfabético) y hay cinco poemas de ella en la selección. El primero se llama Epigrama ydice así: “Dijiste algo y entendí mal./ Los dos reímos:/ yo de lo que entendí,/ vos de que yofestejara/ semejante cosa que habías dicho./ Como en la infancia,/ fuimos felices por error”.No está nada mal.
Curiosamente, el primer poema del libro es de Mario Arteca, habla de Rómulo Macció y AldoPellegrini y tiene como subtítulo ¿Qué es, en realidad, la pintura?, lo que nos permite volver allibro de Thornton para decir que su recorrida por remates, escuelas, ferias y bienales tienegrandes momentos. En particular la visita al estudio de Takashi Murakami, un japonés que recuerda aWarhol por su obra y por actualizar la idea de que “ser bueno en los negocios es el tipo dearte más fascinante”. A diferencia de El artista, la película de Cohn y Duprat –la otraintroducción a las artes plásticas de la temporada–, Thornton elude la mezcla de culpa,cinismo y falsa nostalgia por un arte no contaminado por el comercio. En cambio, no tiene problemasen llamar al dólar por su nombre y consignar brutalmente que el valor de una obra es lo que se pagapor ella, sin que eso impida que los artistas intenten seguir creando. Mi pasaje favorito, de todosmodos, es una cita de Peter Schjeldahl: “No vas a encontrar un buen crítico de arte en St.Louis. Para ser un buen crítico tienes que ser capaz de ganarte un enemigo por semana, y aun asínunca quedarte sin amigos. En EE.UU., eso pasa sólo en Los Angeles y en Nueva York. De otro modo,tendrás que mudarte todo el tiempo”. Extiendo la idea al cine y la literatura y me preguntoen qué categoría quedará Buenos Aires.





