Sopa espesa y repelente. Gesticulaciones y zafarranchos en vez de procedimientos eficaces.Atiborrada de urgencias, como siempre, la Argentina insiste en su parálisis frenética, unahiperventilación estéril.
Las pugnas entre los poderes expresan un atascamiento central, un empate melancólico. Novamos para allí, ni para acá, y tampoco para ninguna parte. Los poderes de la Constitución, parcialpero vigorosamente revitalizados, vuelven a ser líquidos y manipulables.
Este magma coloidal en que ha devenido la realidad política argentina es consecuencia de unacolosal negación de la realidad. La derrota electoral sufrida por el Gobierno, al margen de que losvencedores han casi pulverizado sus alianzas, nunca fue aceptada en el vértice, que la menoscabóhasta el grotesco, incluido el memorable “perdimos por poquito, pero ganamos en ElCalafate”. Esa resistencia es la madre de esta parálisis.
El Gobierno se manejó con criterios similares a los usados en un episodio decisivo de laSegunda Guerra Mundial. No hago comparaciones literales en este ejercicio de reflexión y análisis,pero, asumiendo que los protagonistas nada tienen ideológicamente en común, el Gobierno hizo con suderrota de junio de 2009 lo mismo que Alemania con su debacle ante Rusia en la batalla deStalingrado (febrero de 1943).
Comienzo del fin para Alemania, esa derrota fue escrupulosamente desestimada hasta el desembarcoaliado en Normandía (junio de 1944, 16 meses después). Perder la provincia de Buenos Aires (y todaslas ciudades grandes) fue el Stalingrado oficial. Pero nueve meses después de perder en junio de2009, no aparece todavía la Normandía del Gobierno, cuya energía se concentra obsesivamente enseguir gobernando como si no hubieran cambiado los equilibrios políticos de la nación.
Tras Stalingrado, la cumbre de Teherán (diciembre 1943) diagramó la posguerra. Pactaron elmundo que vendría en Yalta (febrero de 1945). Tras la capitulación alemana (mayo de 1945), elfuturo se consumó en la cumbre final en Potsdam, diseñado por Churchill, Stalin, Roosevelt yTruman, sucesión negociada que luego desembocaría en nuevas realidades.
Obviamente, nada tiene que ver el actual equipo gobernante de la Argentina con los derrotados dela Segunda Guerra, pero hay rasgos que identifican un mismo criterio, una resiliencia infinita parasoportar la adversidad desde una terca negación de la realidad.
El matrimonio gobernante no supera una segunda vuelta en las presidenciales de 2011. Es asíde simple. Desde una infinita obcecación, no aceptan que la política sea una ecuación que serecuesta sobre el verbo sumar. Glorifican la confrontación como sinónimo de legitimidad y no dejande restar amigos y socios. Incrustados en un dogma ideológico que hace ya treinta años era arcaico,quienes gobiernan la Argentina practican la intransigencia retórica y la inmolación simbólica. Loscomunistas vietnamitas, arrasados por los bombardeos norteamericanos, negociaron siempre conEstados Unidos, con el que hoy mantienen vínculos intensos y sólidos.
Las alianzas del 28 de junio pasado contra el Gobierno quedaron tildadas. La forzada boda deMauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá no duró nada. Narváez es lo que se ve: suproyecto de hegemonía es expresión cabal del poderismo, una estrategia para capturar primero lacabina de comando y después decidir qué hacer con ella. Por eso, anduvo con Menem, con Duhalde ycon Macri, y ahora no se sabe, hasta podría acercarse a
Kirchner.
La evidencia de que la pareja presidencial no afrontaría exitosamente un ballottage, catapultamás que nunca a Daniel Scioli como primero entre sus pares en la epopeya post kirchnerista. Es uncaso curioso el del porteño Scioli. Sabe bien que el PJ provincial carece de líderes con proyecciónnacional, como ha sucedido después de Antonio Cafiero y Eduardo Duhalde. Por eso, sus tropas seagruparán tras cualquier estrella ascendente. Pueden ser menemistas, duhaldistas, kirchneristas ysciolistas por el solo hecho de ser peronistas, como confiesa con refrescante candidez elintendente Hugo Curto.
Lo cierto es que Scioli tendrá 54 años en 2011 y 58 en 2015. Tiene vocación de poder y adscribeal concepto vaporoso y todo terreno de “gestionar”, ese mito que hoy derrumba los murosde las políticas ideológicas. Cuenta con una enorme ventaja respecto de quienes han sido suspresidentes y jefes. A diferencia del matrimonio, a Scioli lo aburren mortalmente las peroratasdoctrinarias, pero defiende los partidos políticos, respeta las instituciones y habla con todo elmundo. No se le conocen odios, ni fanatismos evidentes. Al lado de quienes hoy conducen laArgentina, este Scioli “consociativo” luce como socialdemócrata noruego.
Afronta un peligro letal y no se sabe si tiene recursos para superarlo. Puede convertirse enmero “muletto” del actual oficialismo, más que ser una sucesión enriquecedora. Eloficialismo, en cuyo hábitat perduró Scioli, es una máquina de romper y avasallar. Podrían haberaccedido legalmente a las reservas del Central y reemplazar a Martín Redrado civilizada y, sobretodo, exitosamente, con el mero expediente de acatar las normas y fortalecer el plexoinstitucional, utilizando el puente de plata legislativo que les ofrecía el radicalismo. Pero elnúcleo ardiente del sistema de toma de decisiones del dúo gobernante tiene un claro genoma“jotapé”: conciben, imaginan, piensan y ejecutan sus arrebatos desde la mismatemperatura emocional y enajenación de la realidad que aquejaba a quienes le mojaron la oreja aPerón en el temprano 1973. Se sabe cómo les fue y cuánto le costó al país.
Esa bulimia política (se atosigan y luego vomitan) no es patrimonio del dúo oficial. A menudo seles parece la diputada Elisa Carrió, cuya intemperancia para demonizar por blandos y traidores aquienes no la acompañan hasta el abismo se parece mucho al odioso mesianismo excluyente queprevalece en el eje Olivos-Calafate. Igual, conviene no desesperar. La historia reserva desenlacesdesconcertantes.





