Qué veo cuando lo veo? ¿Qué escucho cuando lo escucho? No puedo desestimarlo desde unescepticismo blindado. Esgrime razones atendibles. Su lenguaje es terso y sus articulacionescoherentes. Proyecta, desde los tonos y las inflexiones, una cordial afectividad. No parece enojadoni quejoso. Se lamenta de las oportunidades perdidas. Comunica una placentera empatía con latranquilidad.
Dice que es necesario recuperar la racionalidad. Asegura que es insensato retar o desafiar alos jueces. Está convencido de que si el Gobierno perdió la mayoría en el Congreso, tiene que armarnuevas alianzas. Enuncia que los decretos de necesidad y urgencia no son un instrumento adecuadopara gobernar un país en democracia. Dice estar convencido de que la política debe superar susconflictos en el Congreso. Admite que en las elecciones del 28 de junio de 2009 hubo un claroderrotado, el Gobierno.
Se lamenta y suena creíble cuando confiesa no soportar ciertas cosas. ¿Cómo es posible que paraatacar a De Narváez el oficialismo lo acuse de narco? ¿Por qué son así los que mandan? Responde sindilaciones: no escuchan, están rodeados de aduladores, encerrados en sus propias lógicas.
¿Por qué no creerle? ¿O acaso no tiene razón cuando dice que si uno está en desacuerdo conquienes conducen, debe irse? Confiesa que se fue cuando ya no lo escuchaban.
Estoy solo ante el televisor pasada la medianoche, listo para darle una chance, abrirle unalínea de crédito. Es un desafío. ¿Me convencerá y me hará pensar? Sólo necesito una verificaciónpráctica de sus intenciones, que lucen plausibles, aliviadoras, hasta atractivas.
Ha traído de sus viajes buenas frases, efectistas. Hay que terminar con “the game ofchicken” (el juego de la gallina), ruega. Alude a lo que Wikipedia define como “uninfluyente modelo de conflicto, en la teoría del juego, para dos jugadores”. Es sencillo ytruculento: si cada jugador opta por no pestañear antes (cambiar de carril, diríamos, o estacionaren la banquina), vamos al peor desenlace posible. Chocan, como dos trenes de frente. Sostiene queéste es el procedimiento elegido por el Gobierno, palabras que le revuelven el estómago almatrimonio aquerenciado en la residencia de Olivos, pero las dice. Está seguro de sí mismo. No soyun traidor, aclara.
Ha compuesto un escenario de razonabilidad poco habitual. El no es (o al menos no ha sido) uncuatro de copas, un perejil desprovisto de información. Era un hombre clave ya en 2002. Una tardede fines de ese año, cuando le recriminaba telefónicamente que el gobernador Néstor Kirchner noatendiera mis pedidos de nota en mi programa de Radio Nacional, me confesó: “Néstor está muycaliente con vos, te escucha y le cayó pésimo que critiques los spots que le viene haciendo CrónicaTV en todo el país. No los paga Néstor, es una cortesía del Gallego García, por un favor que ledebe. Por eso no quiere atenderte”.
Parecía sinceramente conflictuado, pero me lo decía de frente. Vino luego el triunfo pordefault en las presidenciales de 2003 y a los pocos días de empezar a usar su despacho de la CasaRosada, al que entraba el presidente Kirchner para conversar conmigo, los cafés se sucedían. Nadadel otro mundo, típicos “off” de un jefe de Gabinete con un periodista.
En el segundo café, antes de sentarnos, miró hacia una PC de escritorio en un rincón y me dijo:“¿Ves esa compu?, es la mía, la traje de casa… Yo el disco rígido no lo cambio”.Bingo. ¿Por qué negar que me impresionó? Remató: cuando me tenga que ir, me llevo mi PC a mi casa.
Después empezó la vida real. A fines de 2003 piloteó la indigerible adquisición en subastapública de Borocotó como diputado kirchnerista. Borocotizar fue un verbo acuñado en su oficina. Enmarzo de 2004, Kirchner le dijo al país que entre 1983 y su llegada a la Casa Rosada no se habíahecho nada en la Argentina por los derechos humanos. El se calló y comenzó a manejar la pautapublicitaria del Gobierno, junto al oblicuo y hoy replegado Enrique Albistur. En aquellos hornos secocinaron las recetas del armado mediático con los nuevos factores de poder, semillas del esquemapropagandístico consumado en estos años.
El no podía estar al margen de la manipulación ni de la discriminación. Participó en silenciodel show que un día armó Marcelo Tinelli en la Casa Rosada, cuando el propio presidente y elanimador grabaron allí un esquicio humorístico destinado a escarnecer por TV a las autoridadesconstitucionales anteriores. Calificó como “un día de gloria que reivindicaba a ChachoAlvarez” la deposición del turbio Mario Pontaquarto asegurando que Fernando de la Rúa habíacoimeado al Senado.
Dice formar parte de una generación más joven que la de Kirchner y Duhalde y que, por lotanto, le encanta debatir. Nuestro verdadero enemigo, enfatiza, es el pensamiento único, porquenuestra generación creció en democracia y debatir nos gusta. Cartón lleno.
Si lo que no tolera es el pensamiento único, ¿por qué aguantó hasta el 23 de julio de 2008,cuando se fue de la Casa Rosada, tras cinco años y dos meses, casi 1.900 días en el cargo ejecutivomás importante de la Argentina, luego del presidente? ¿Y los superpoderes? ¿Y la reasignación defondos del presupuesto? ¿Y los enjuagues con los intendentes, sumados al uso discrecional de lasfacultades ejecutivas? ¿Y sus presentaciones con cuentagotas en el Congreso para responder a loslegisladores?
Más allá de retrocesos, aceptaciones, realismos y sapos devorados, alega que es necesario pensaren los errores cometidos, “para no volver a cometerlos”, como murmura con unción deplegaria. Pero para que él y la Argentina participen de esas contriciones de auténtica verdad ypositiva reconciliación, Alberto Fernández debería desnudarse como hasta ahora no quiso, no supo ono pudo.
El pensamiento único que hoy anida en la Casa Rosada se instaló el 25 de mayo de 2003, no el10 de diciembre de 2007. ¿Se habrá llevado su PC a su departamento de Puerto Madero, como parapreservar su disco rígido para una nueva oportunidad?





