El 5 de mayo de 1945, cuando caía Berlín, Víctor Klemperer anotó: “Para mí es unmisterio cada vez mayor, a pesar de Versalles, del desempleo y del arraigo del antisemitismo, cómopudo triunfar el hitlerismo”. Klemperer (1881-1960) fue un filólogo judío que sobrevivió pormilagro al nazismo sin ser deportado. Sus diarios, traducidos en dos tomos por Galaxia Gutenberg,son un testimonio de esos años vividos en el mayor peligro y la base para Lingua tertii imperii, sucélebre estudio sobre la neolengua nazi. En el mismo párrafo, escrito en Baviera luego de suaccidentada huida por Alemania hacia fin de la guerra, Klemperer agrega: “Aquí hacen a vecescomo si el hitlerismo hubiera sido en esencia algo prusiano-militarista, ajeno al catolicismo y alas tradiciones bávaras. Pero Munich ha sido su provincia tradicional”.
En 1936, otro alemán que vive cerca de Munich comienza a escribir en secreto sus impresiones,que la editorial española Minúscula publicó hace unos meses bajo el título Diario de undesesperado. En las primeras páginas se lee: “Mi vida en esta ciénaga pronto entrará en suquinto año. Desde hace más de cuarenta y dos meses pienso con odio, me acuesto con odio, sueño conodio para despertar con odio. Me asfixia verme prisionero de una horda de monos perversos, y medevana los sesos el eterno enigma de este mismo pueblo que, para colmo de vergüenza, ya no está encondiciones de percibir como ignominia su propia ignominia”. Quien escribe es Friedrich Reck,un médico católico, terrateniente y monárquico, cuyas bestias negras, además de los nazis, son losgrandes industriales alemanes, los militares prusianos y la casta de los nuevos funcionarios.“Esta guerra, acaso como ninguna otra, ha puesto en primer plano a sus catalizadores:directores generales ansiosos de obtener beneficios, generales ambiciosos, vagos necesitados denotoriedad metidos a políticos.”
Reck no es lo que hoy ni entonces se considera un progresista. Cree en las virtudes delapellido, de las clases sociales, de la vieja aristocracia y de la cercanía con la tierra,desprecia a las masas, considera que los alemanes bajo Hitler se comportan como “unanegrada” y sus alegatos ecológicos parten de que el nazismo es la última consecuencia de laRevolución Francesa (Adorno, en otro registro ideológico, pensaba algo semejante). La memorias deReck, de una elocuencia fluida y apasionada, recuerdan a las de Chateaubriand, otro reaccionariomelancólico. Pero a diferencia de Heidegger –cuya creencia en la proximidad del campesino conel Ser y su rechazo por la técnica no le impidieron simpatizar con el Tercer Reich– Reck fueen nombre de ideas semejantes un opositor sistemático al régimen. Desde un principio repudió a losburgueses que siguieron a “una pobre jeta excremental, algo así como el Anticristo de laclase media” y ese rechazo tuvo consecuencias trágicas. Arrestado dos veces, en la segundafue internado en Dachau, donde murió de tifus en febrero de 1945, dos meses antes de la liberacióndel campo y de que Klemperer atravesara esa ciudad rumbo a su futuro como funcionario de la RDA.También la política es un cruce de caminos.
Ayer, tras ver unos minutos del programa 6, 7, 8, un conciliábulo de delatores que oficiacomo punta de lanza de la apoldiana propaganda oficial, pensé en Reck cuando habla de “unargot de rufianes que hiela la sangre”. Y seguí leyendo hasta llegar a este párrafo, tandoloroso y tan representativo del tono del diario: “Así he permanecido durante un largo rato.Luego, de regreso al melancólico lago y en cuanto el sol se ha hundido tras los Caravancos, hesentido el frío aliento del otoño y también la tristeza por un nuevo año que se pone y por toda lavida que nos han estafado porque el señor Krupp quería ganar más y los generales no sabían parar ensu ansia de ser alguien”.

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