Cinismo estructural

Con palabras fatales, impiadosas, casi prohibidas. Por eso, pereza, desidia, comodidad, pasividad y cinismo suelen ser apartados del habla como moscas irritantes. Sin embargo, describen conductas tangibles y hechos fehacientes que se producen en el país y a los que un insoportable “buenismo” ideológico prefiere maquillar o ignorar.

Cinismo estructural
22-08-2026 | 03:44

Con palabras fatales, impiadosas, casi prohibidas. Por eso, pereza, desidia, comodidad,pasividad y cinismo suelen ser apartados del habla como moscas irritantes. Sin embargo, describenconductas tangibles y hechos fehacientes que se producen en el país y a los que un insoportable“buenismo” ideológico prefiere maquillar o ignorar. Me pasa cada vez que viajo por elnorte de la Argentina y verifico cómo se vive en esas comarcas.

Esta semana en Tucumán, por ejemplo, volví a escuchar esa letanía doliente, verbalizada porgente valiosa y corajuda. Tras la demoledora victoria electoral que tuvo el gobernador JoséAlperovich en 2007, la pequeña provincia del noroeste argentino es gobernada por una suerte departido único de facto, un oficialismo que se quedó con 44 de los 49 legisladores del sistemaunicameral.

La hegemonía es rotunda y asfixiante, resultado de un control de todo lo que importa en elterritorio, desde la justicia a los cargos de todos los niveles. Palabra casi impronunciable, elalperochivismo domina un escenario donde se repiten casi todos los rasgos de escualidezinstitucional, oportunamente implantados por el Gobierno nacional como pilares de la rutina degestión.

¿Es acaso antidemocrático el gobierno de Tucumán, en sentido estricto? No. Su mandato electorales elocuente y no puede ser puesto cuestionado. Pero el caso tucumano, como el de otro gobiernoelecto con guarismos “soviéticos”, el de Santiago del Estero, exhibe una nuevaindigencia, una dolencia de la democracia electoral, que a muchos les indigesta asumir comoproblema verdadero.

Estos gobernadores norteños encarnan el capítulo contemporáneo de una vieja variable argentina,gobiernos realizadores de obras y consecuentemente tributarios de apoyo popular, pero que“gestionan” con métodos de absorbente centralización, nula delegación de poder y escasaparticipación de la sociedad civil.

La amarga verdad es que, de hecho, los pueblos aman estos gobiernos fuertes, parcos yejecutivos. Adoran esas musculaturas políticas abrumadoras y no se hacen grandes problemas, ni seformulan interrogantes demasiado profundos.

Explicitar estas realidades de manera pública incomoda a quienes viven autoconvencidos de unasupuestamente imbatible virtud ciudadana. Pero en la cultura política argentina, intoxicada por lamitificación de unos derechos irrestrictos, sin asumir los deberes y obligaciones que dan razón deser a los primeros, este modelo prospera y se fortalece.

Es un modo de ser basado en la aceptación resignada de ese raquitismo civil, porque si los quemandan “hacen” y “dan”, ¿de qué sirve reclamar conductas y exigir códigoséticamente superiores?

Convertidas en lujo de minorías bien alimentadas y leídas, esas formas son especialmente ajenasa la vida política real. Ese punto ciego de la retina permite que mentiras monumentales se emitan ygocen de vigencia desesperante.

Los periodistas no somos ajenos a ese cinismo estructural. Las otras noches, por ejemplo, unprograma periodístico entrevistaba al ministro del Interior, Florencio Randazzo, cuando éstecriticó a Felipe Solá por integrar el gabinete de Carlos Menem durante casi toda la década del 90.No le preguntaron a Randazzo cómo aceptó ser ministro de Solá en la provincia de Buenos Aires, amenos que ser menemista hace tres años no fuera tan grave como ahora.

Igual desparpajo exhibe Néstor Kirchner, que a casi seis años de gobierno matrimonial, volvió aacordarse de la Alianza y en uno de sus habituales y pedregosos empellones retóricos afirmó, decara a la crisis mundial, que “por mucho menos (los que gobernaron en 2000 y 2001), setomaron el helicóptero”.

Mentiras disparatadas y sobreactuaciones groseras son aspectos esenciales de un modelo deconducción que sólo repara en obtener y retener el poder. Ese modelo se apoya en una voracidadinsaciable, un “derechismo” a prueba de balas, consistente en proclamar, de maneravociferante, que es natural que los que mandan tengan el “derecho” a seguir mandando,manejando recursos y menoscabando a quienes osan interrogarse por la legalidad de esos actos.

¿No es un monumental fraude retórico que el titular del Gobierno más ortodoxamentehelitransportado de la historia argentina siga descalificando hoy a la oposición porque De la Rúarenunció al gobierno hace siete años y medio y, ante una Plaza de Mayo intransitable, se fue aOlivos por aire, para regresar al día siguiente a recoger sus papeles privados?

Dividida en dos, ya de manera irreversible, por un vallado policial infranqueable, la Plaza deMayo es hoy la mitad de lo que era en 2001 y –encima– la Casa Rosada, a la que se rodeóde un cerco de metal con una altura no inferior a los dos metros, es ahora virtualmenteinexpugnable, además de que se han apoderado de la Plaza Colón, también vallada e inaccesible parael pueblo de a pie.

¿Qué hubiera afirmado una oposición justicialista si un gobierno no peronista hubiera concretadotamaña jibarización del centro cívico de la capital del país? ¿Por qué la manía helicopterista dela Presidenta está bien, y el uso de esos aparatos por otros líderes políticos es un estigma?

El modelo de musculosidad ejecutiva y formidable acumulación de poder no deriva de un golpemilitar o un putsch antidemocrático. Son electorados concretos los que amasan mayorías aplastantesen distritos de espesor civil casi inexistente. Son masas apáticas que cultivan un pragmatismo todoterreno. Aprueban, avalan, convalidan, aceptan: mientras sus “derechos” sean aseguradospor una dadivosidad fornida, está todo bien.

Pocos intelectuales y periodistas cuestionan la supuesta castidad de las mayorías, cuyos olvidosson apenas un capítulo más de amnesias orgánicas. Lo he comprobado con amargura estos últimos añosen diversos viajes por el norte argentino, aunque esta región del país, de intensas tradicionesdecimonónicas, no es excluyente.

Una cultura atrasada y oblicua prolifera también en la vastedad indómita del Gran Buenos Aires yen la propia y perennemente irredenta Patagonia, fragmentos de un país cuya desvaída calidad civilnunca es aludida por la opinión culta e indulgente, para la cual toda mención crítica a lasconductas populares equivale a una declaración de guerra contra los humildes.

Como acaba de proclamar estas últimas semanas el retornado actor Federico Luppi, tras variosaños de “exilio” en España, en donde se refugió a partir de 2001 luego de asegurar quesus siete décadas de vida en la Argentina fueron un error existencial, y ahora regresar a un paíscuya presidenta lo homenajea y elogia, en la Argentina hay mucho “gorilismo”, genteincapaz de reconocerle nada a quienes gobiernan. Otrora granero del mundo, la Argentina siguesiendo un país generoso.


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