En poco más de un año se acaba la década, y las listas empiezan a aflorar: a la habitual dellibro más importante o del autor revelación del año se suman otras, como la que acaba de publicarel Times On Line: los mejores libros de ficción y no ficción de la década (¿en lengua inglesa?,¿qué quiere decir “mejor”, mejor vendido o de mayor calidad?, ¿y qué es la calidadliteraria? Por lo pronto, en el puesto número uno quedó un libro menor de Cormac McCarthy, Lacarretera, y en el diez está nada menos que El Código Da Vinci, de Dan Brown). Pero si es por lomenos complicado decidir las variables que determinan un “mejor libro”, pareciera noserlo tanto elegir las que hace a otro malo. Por eso, y porque sería más entretenido, propongoelegir el peor libro del año. Y entre múltiples opciones mi voto iría por uno flamante, que acabade llegar del otro lado del Atlántico y que está firmado, sin pudor alguno, por Luis FernándezZaurín: un periodista nacido en Barcelona cuya foto de solapa lo ubica a medio camino entre unconocido cantautor español y un presentador de programa televisivo de chimentos.
Pero cuidado, que el libro tiene un título genial: De cuando Vargas Llosa noqueó a Gabo yotras 299 anécdotas literarias. Una idea tan buena que logra superar las trabas que le imponen alpotencial lector la foto de solapa y la información biográfica del autor (entre sus libros figuranY tú de qué trabajas, Están locos estos catalanes y Que la vida iba en serio). ¿Puede alguienrecopilar un volumen de anécdotas de escritores y al mismo tiempo presentar el libro con erroresgramaticales y de tipeo, o equivocar los nombres de los autores cuyas historias va a relatar? No eslo ideal, pero puede. ¿Puede la anécdota que le da el título al libro ocupar apenas media página yno aportar un solo dato nuevo más que lo que puede ofrecer una rápida búsqueda en Internet? No eslo esperable, pero peores cosas suelen verse en las mesas de novedades. Más aún: podría inclusopasarse por alto que el segundo párrafo del libro diga que luego de que Mario Vargas Llosa asestó“un puñetazo en el mentón” de Gabriel García Márquez aquella remota noche de 1976,“ese estupendo directo amorató el ojo de Gabo”.
Lo que termina resultando incomprensible es que el autor del libro no intente al menosdisimular el desconocimiento del tema con el que pretende arrimar algunos euros a su bolsillo. Yescriba que Juan Rulfo fue el autor de “el relato El llano en llamas”; que HermanMelville haya sido “un ensayista y poeta”; que señale a Simone de Beauvoir como“una célebre filósofa existencialista”; que la “gran novela” de WillaCather sea Una dama perdida (un relato genial, pero que no llega a las 90 páginas); que RaymondCarver haya escrito sólo Vecinos y Ellos no son tu marido (apenas dos relatos menores, perdidosentre sus cinco libros de cuentos); o que Edgar Allan Poe haya “pasado a la historia de laliteratura por ser el inventor del relato de detectives, aunque también cultivó la poesía”.
Las historias, por otra parte, se suceden sin ningún tipo de juicio sobre su relevancia: unasobre Poe puede ocupar cinco líneas cuando otras de Javier Tomeo, Cristina Peri Rossi o SantiagoRoncagliolo se extienden a lo largo de varias páginas. Claro que hay anécdotas divertidas ycuriosas, diez o veinte de un total de trescientas. Pero la sensación final es la de que alguien nomuy afecto al trabajo ni a la lectura tuvo una buena idea y con ella quiso, a costa nuestra,pasarse de listo.
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