Su confesión no debería haber alarmado tanto. En el fondo, era previsible. Ella no es una mujerparticularmente asombrosa; lleva años exhibiendo con ruidosa desvergüenza una chatura conceptualque no le quita gravedad a su pasmosa adhesión a los totalitarismos más explícitos. Sin embargo,que lo proclame por televisión y, encima, se ufane de su desvergonzada adhesión al mal, consiguióimpresionar.
Expresar simpatía por Stalin, 47 años después de la muerte del tirano soviético, demuestra unanotable constante en la regurgitación “progresista”, como si en el fondo, nunca sehubieran divorciado de los totalitarismos más viejos y evidentes.
En esa fuga a un pasado obsoleto y abominable, Diana Conti reactualizó la noche del martes 2 defebrero en el penoso espectáculo que ofreció en Le doy mi palabra por Canal 26 (vea el video), un interrogante que, paramí, suscita las conclusiones más truculentas.
¿Cómo y en qué circunstancias se explica que admiradores desprejuiciados de los regímenesantidemocráticos respalden, a la vez, a quienes gobiernan la Argentina hace casi siete años? ¿Sepuede ser stalinista y kirchnerista, como la diputada Conti, que encima se enorgullece de serlo? Lodijo muy claramente aquella noche: “Yo soy oficialista y mi rol es defender a un oficialismoque está siendo (sic) revolucionario en este país”.
Representante por el oficialismo del Congreso ante el Consejo de la Magistratura, donde es peónde brega del Gobierno para controlar y manipular jueces, Conti verbalizó una definicióninolvidable. Tras decir que quienes criticaban al gobierno “revolucionario” de losKirchner, aunque lo hicieran desde la izquierda, trabajaban para la derecha y la oligarquía, lepregunté si ése no era el mismo mecanismo que durante décadas le permitió a Stalin que sus crímenesmasivos no fueran denunciados por los comunistas, para quienes todo ataque a la Unión Soviética, yen ese caso a Stalin, “jugaba” objetivamente a favor de los enemigos del pueblo.
Conti me dejó, lo confieso, con la boca abierta. Me dijo: “Yo no tengo problemas en serstalinista, a lo mejor los problemas los podés llegar a tener vos…”, cuando le recordéque el régimen de terror del dictador soviético imperó durante casi 30 años y dejó un saldo devarias decenas de millones de muertos en la colectivización forzada del campo, los lúgubres“gulags” donde languidecieron millones de presos políticos, los intelectuales fusiladosen los años treinta por ser judíos (“burgueses sionistas”, en la jerga stalinista) ylos seguidores de Trotsky, perseguidos y exterminados, como el propio Lev Davídovich Bronstein,asesinado por la policía política soviética en México en 1940.
El kirchnerismo consigue seducir a confesos enemigos de la democracia y de las libertades. Enlos comienzos del gobierno de Néstor Kirchner, el entonces secretario general de la Casa deGobierno, Carlos Kunkel, despachaba de espaldas a un enorme retrato de Juan Manuel de Rosas, aquien Kunkel admira –sobre todo– por haber gobernado con la “suma del poderpúblico”.
Pero en el armado kirchnerista, que los paladines principales se referencien en Stalin y Rosasno asombra mucho. Han reclutado en sus primeras líneas de acción a seguidores orgánicos deldictador fundamentalista iraní Majmud Ahmadinejad, como Luis D’Elía, y mantienen en Venezuelaa la embajadora Alicia Castro, que jamás ocultó su seducida debilidad por Hugo Chávez.
En verdad, desde el peronismo de toda la vida, estas adhesiones generan sarpullidos intensos.Stalin, Ahmadinejad y Chávez no enamoran a quienes evocan con cariño a Juan y Eva Perón. Que Contise enorgullezca de su debilidad por Stalin es un episodio sin precedentes, no por ella, pobre, queesa noche exhibió una conducta personal que suscitaba más piedad que ira.
Es un hecho político fuerte la potente realidad que de esas palabras se desprende. En siete añosde gestión, el kirchnerismo se ha impregnado de profesiones de fe y definiciones temibles. Sidurante varias décadas el peronismo coqueteó, en la doctrina y en los hechos, con la derechatroglodita más fascista, la etapa K lo retorna a los merodeos radicalizados de los años 70, cuandoPerón profesaba una admiración ostentosa por la China de Mao y la Corea del Norte de Kim Il Sung,en la época del “socialismo nacional”.
Algo invariable y recurrente en un tramo decisivo de la praxis peronista es su innegableadmiración por dictadores mesiánicos y regímenes hegemónicos. Con el agregado de una novedad muysiglo XXI, que puso en evidencia la diputada Conti, cuando dijo que la riqueza de los Kirchner sejustifica porque “hay que tener un patrimonio muy grande, una vida ya hecha, saldada, que tushijos y nietos no te van a poder reprochar por tu actividad política, peleándote con elestablishment. Ser rico no es un delito”.
En la Argentina, la experiencia demuestra, por una parte, la trayectoria del peronismo de JohnW. Cooke, Alicia Eguren, Rodolfo Ortega Peña y Rodolfo J. Walsh. Por la otra, siempre emerge elmodelo Galimberti, aquel agitador de los años setenta que pregonaba y militaba en pro de unarevolución nacional socialista; pero ya en democracia concluyó sus días como operador de empresas,al calor de las cuales sólo procuraba forrarse de dólares, logrando por medios capitalistas lasrecaudaciones que años atrás conseguía con secuestros y pago de rescates.
Siempre se regresa a los dólares, la supuestamente detestada moneda yanqui, a la que reverenciandesde el mismo altar en el que les encienden velas a Stalin y compañía. Pero, claro, ésa es unaparte del asunto, no la totalidad, porque siempre en su ya larga historia, el peronismo ha tenidofiguras y tendencias de probada convicción democrática y sistemática oposición a todos lostotalitarismos.
Lo lamentable es que siempre termine prevaleciendo la moneda más innoble, como si en sus casisiete décadas de vida, el peronismo siguiera siendo “podido” desde adentro por lospertinaces epígonos del mal, ésos que facilitan que se lo denuncie por incurable.
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