•ensayo

Confesiones de un liberal

Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria, sino también por mis ideas y tomas de posición política.

23-08-2026 | 18:01

Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según susconsiderandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria, sino también por mis ideas y tomas deposición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevomás, América latina y España, lo usual es que, cuando alguien elogia mis novelas o mis ensayosliterarios, se apresure inmediatamente a añadir, “pese a que discrepe de”,“aunque no siempre coincida con”, o “esto no significa que acepte las cosas queél (yo) critica o defiende en el ámbito político”. Acostumbrado a esta partenogénesis de mí,me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristolque, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombreque escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompiblerealidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de laAmerican Enterprise Institute, siento la obligación de explicar mi posición política con ciertodetalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy –sería más prudente decir“creo que soy”– un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Comoustedes saben muy bien, liberal quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice ydónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando setrataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de loscuras. Para ella, la encarnación prototípica del “liberal” era un legendario antepasadomío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódicoa la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta añosmás tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. “¿Y a qué se fugó a París ese tíoliberal, abuelita?” “A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!” No sería extrañoque aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.Aquí, en Estados Unidos, y, en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonanciasde izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América latina y en España, dondela palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra lastropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal –o, lo que es más grave,neoliberal– para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestrasemántica ha mutado el significado originario del vocablo –amante de la libertad, persona quese alza contra la opresión– reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir,algo que, en boca de un progresista, quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticiasde que son víctimas los pobres del mundo.
Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay unacuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes hantenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reunionessuelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias yporque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo,potencialmente, una herejía y una secta.


Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino unadoctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidada plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas.Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gays, o al aborto, y, así, los liberalesque, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la Iglesia del Estado, y defendemos ladescriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza porotros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias sonsanas y provechosas porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo que son lademocracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.
Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todoslos problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta eldesempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes,han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primerospropagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de lasnaciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización dela barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía, y ésta, por sí sola, sin el sustentode aquella, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de lasgentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, nilas hace vivir en un entorno impregnado de humanidad.

Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas –entre las que,desde luego, puede incluirse la religión–, la que da calor y vivifica la democracia y la quepermite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premiospara el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que –lafrase es de Isaiah Berlin– “los lobos se coman a todos los corderos”. El mercadolibre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otrasinstituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a losvertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable que, sin esadimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz yegoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes. Pues bien, el liberal que yo trato deser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podidoprogresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática,desde las formas de asociación colectivista y despótica hasta la democracia representativa.
Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistemaque garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, quemás ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción delliberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica soninseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, hanfracasado tantas veces los intentos democráticos en América latina.

Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras respetaban la libertadpolítica pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza,ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sóloun régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta esuna peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas“desarrollistas” fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistemajudicial independiente y eficiente ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin lafiscalización y la crítica que sólo la democracia permite.


Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal.Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que lasdeshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más,mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quienpiensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptaresa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los sereshumanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia yla hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico aatenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo quedespertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberalesalgo así como nuestra segunda naturaleza.
No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de losanarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones queno le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedramiliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se venvulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, comolas ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social. La defensa del individuoes consecuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia.Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone elciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir,por aquella “libertad negativa”, como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo.


El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo erasólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medidaque el progreso material e intelectual permitía al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo altrueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua yotras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinase ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividaden el valor supremo; la raza, por ejemplo, la clase social, la religión o la nación. Todas esasdoctrinas colectivistas, el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo, son poreso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. Encada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir lacivilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llamanacionalismo y fundamentalismo religioso.

*Conferencia en el AEI (American Enterprise Institute for Public Policy Research),WashingtonD.C., el 4 de marzo de 2005, al recibir el Irving Kristol Award.

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