•la importancia de las instituciones

¿Construyendo puentes o levantando muros?

La democracia ha ingresado hace tiempo en Argentina en un proceso de redefinición de sus actores e instituciones. Un proceso que ha tenido un hondo impacto en los mecanismos de acumulación y distribución del poder político en el país.

23-08-2026 | 13:45

La democracia ha ingresado hace tiempo en Argentina en un proceso de redefinición de sus actorese instituciones. Un proceso que ha tenido un hondo impacto en los mecanismos de acumulación ydistribución del poder político en el país.
También sigue pendiente la consolidación de una democracia que exprese calidad institucionalen términos de una apropiada cultura política, base indispensable para dotar de legitimidad–y por ende de autoridad– a dirigentes e instituciones.
En 1983, una amplia mayoría de argentinos estaba convencida de estar viviendo una oportunidadhistórica, asociada a la esperanza que generaba el inicio de un nuevo ciclo, capaz de clausuraraquellas viejas antinomias que en el pasado habían impedido la innovación y el cambio político enel país. Pero en 1989, una Argentina socialmente tensionada, con una economía colapsada y unacuestión militar irresuelta, volvía a mostrar cuán lejos del alcance del liderazgo democrático y decapacidad asociativa mostraba una dirigencia que no supo o no pudo alcanzar el desafío de unacuerdo democrático para resolverlo. Y en 2001, el país despertaba al grito de “que se vayantodos”, como respuesta a una nueva defraudación ciudadana, consecuencia del fracaso de unproyecto de gobierno que pretendía reparar las secuelas dejadas por el menemismo y producir uncambio cualitativo en el sistema político del país.
Desde entonces, la sociedad ha ido avanzando y retrocediendo, reorientando sus búsquedas,enhebrando esbozos de identidades y sobreviviendo a la larga historia de ciclos cada vez más cortosde esperanza y desencanto.
Vivimos una época de pesimismo generalizado sobre el cómo y el para qué de la política.“El rasgo más conspicuo de la política contemporánea –según C. Castoriadis– es suinsignificancia: los políticos son impotentes. Ya no tienen un programa. Su único objetivo esseguir en el poder.”
Con el debilitamiento de las antiguas diferencias ideológicas, la batalla política deja deser asociada a la confrontación de ideas y pasa a ser considerada una mera lucha por el poder.
De tal manera, la puja política ya no se desenvuelve en el plano de las ideas, sino en elplano de la emocionalidad, el manejo de la imagen y la adaptación a los vaivenes de la opiniónpública.
Por ello, los políticos que tienen mejor imagen son aquellos que aparecen mejor dotados antela opinión pública. No tanto en capacidad, idoneidad o claridad de metas, sino aquellos a los quese asocia con atributos como austeridad, sencillez, cercanía con la gente, transparencia y porsupuesto honestidad. Atributos que están lejos de pertenecer, según el sentir popular, a lacategoría genérica de dirigente político tradicional.
El punto crucial de esta lógica es que, sobrepasada la etapa de la seducción, la dirigenciadebe gestionar y ofrecer algún tipo de respuesta: rendir cuentas a esa voluble y cada vez menospaciente ciudadanía que exige respuestas rápidas a sus problemas.
Y para ello la sociedad intuye que son necesarias políticas de acuerdos que delineen algúngrado aceptable de certidumbre hacia el futuro. Por ello, lo que la ciudadanía pide hoy frente a lacrisis económica y la incertidumbre es liderazgos que apacigüen, que den certezas más que discursosconfrontativos que activan la crispación, el temor y la incertidumbre.
En esa fórmula se adivinan los contornos de una nueva sensibilidad política, menos dispuestaa postergar la propia responsabilidad del control ciudadano sobre la conducta de los gobernantes.
Esa nueva sensibilidad parece disminuir los márgenes de aquellos que han hecho de la“cultura de los resultados” –sean ellos sociales o económicos– un argumentopragmático a favor de la centralización y la delegación política.
Así, la ciudadanía parece empezar a advertir que el “cómo” también importa y queese desdén institucional, en el largo plazo, termina privando al país de resultados –enmateria de reparación social, inversiones, etc.– y de las consabidas ventajas de retener enmanos de los ciudadanos la última palabra en materia de soberanía política.

*Socióloga y analista de opinión pública.

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