Las encuestas de imagen son múltiples y variadas en el detalle pero, si consideramos el conjuntodel período de ejercicio de la función presidencial, los resultados globales son prácticamente losmismos. Valen entonces dos ejemplos cualesquiera.
Según el CEOP, en noviembre de 2007 la presidenta electa tenía, poco antes de asumir, el 66% deimagen positiva y el 20,1% de imagen negativa. En octubre de 2009, de acuerdo a una encuesta deManagement & Fit, Cristina Fernández de Kirchner registraba el 59,8% de imagen negativa y el26,7% de imagen positiva. En 2007, sólo su marido la superaba del lado positivo, y actualmenteocurre lo mismo, pero del lado negativo.
Son resultados a nivel nacional. Y como esta rotunda transformación de lo positivo en negativopone en juego alrededor de dos tercios de la opinión o sea, no se explica por movimientos en losmárgenes, no parece descabellado pensar que este cambio está asociado a procesos afectivos intensosen la ciudadanía: a una fuerte decepción, a una desilusión. (Solemos olvidar que los afectos sonimportantes en política.)
Cuando se discute del alcance y el significado de las encuestas a lo largo de una gestión degobierno, se acostumbra limitar el peso de las cuestiones de imagen insistiendo (con razón) en queresponder a un cuestionario de opinión es un comportamiento muy distinto que ejercer laresponsabilidad de ciudadano a través del voto. Bueno, las elecciones del 28 de junio mostraron unafuerte coherencia, en este caso, entre los factores de imagen y la evaluación propiamente políticade la gestión.
Que un gobierno se encuentre en una situación como la que enfrenta el Gobierno argentino desdelas últimas elecciones legislativas sería considerado, en cualquier país del mundo, como unacircunstancia difícil, y llevaría a esperar de su parte algún tipo de respuesta adaptativa, unabúsqueda de nuevos modos de contacto con la sociedad; iniciativas, por decirlo en términos muygenerales, destinadas a mejorar la situación.Más allá de una fuerte desilusión, lo que ha generado,me parece, un trauma inédito en la ciudadanía y sorpresa en el resto del mundo es el modo en que elGobierno ha reaccionado ante la coyuntura.
Múltiples calificativos se pueden usar (y se han usado) para describirlo: ceguera, negación,huida hacia delante, indiferencia, represalia. Se trata probablemente de una combinación complicadade todas esas cosas y algunas más.
También se pueden hacer (y se han hecho) lecturas tácticas –algunas casiadmirativas– relativas a la capacidad de los Kirchner para recuperar poder después de laflagrante derrota de las legislativas, capacidad que contrasta con la confusión generalizada en elcampo de la oposición y con las idas y vueltas interminables de sus principales dirigentes.
Sea como fuere, está claro que el “clima” general de la coyuntura lo ha seguidodeterminando el Ejecutivo y que sus modos de operar tienen un desdichado común denominador: lasistemática destrucción de la dimensión propiamente política de una gestión gubernamental,inseparable, en este caso, de una explícita descalificación de los mecanismos republicanos de larepresentación. El absurdo preelectoral de las candidaturas “testimoniales” secomplementó con la corrida post electoral para hacer pasar en el Congreso, antes de quedar enminoría legislativa, leyes mal discutidas y con objetivos cuando menos dudosos.
Todo ha sido dicho y esto también: después de la crisis de 2001, se abrió un período decreciente estabilidad, acompañado de una situación económica internacional excepcionalmentefavorable. Era el momento, por fin, de comenzar a reforzar las instituciones y de abrir ladiscusión, siempre postergada, sobre políticas públicas susceptibles de recoger ampliosconsensos.
Esta ha sido la nueva ocasión perdida. ¿Pero por qué? Limitarse a concluir que los Kirchner sonlos malos de la película no me parece satisfactorio, porque implica reducir la dinámica políticaargentina de los últimos años a un anecdotario personalizado.
Desde cierto punto de vista, la metodología de gestión gubernamental kirchnerista puede serconsiderada un caso particular de una tendencia más general (que algunos politólogos asocian alresurgimiento de un cierto “populismo”), que se manifiesta en distintos países bajo laforma de una acentuación del presidencialismo.
El tema fue largamente discutido en un coloquio sobre la función presidencial realizado enJaparatinga, Brasil, al que aludí en una columna de este mismo diario hace algunas semanas.
Un caso típico de acentuación del presidencialismo es el que resulta de una crecientemediatización de la figura presidencial, que hace posible que el Ejecutivo ejerza su poder, almenos en parte, por fuera de los marcos institucionales. O sea: la figura presidencial despliegamodalidades no institucionales de influencia y de toma de decisiones, a través de un manejo de losmedios de comunicación que le otorga una presencia extremadamente fuerte en el espacio público.Ejemplos típicos de esta modalidad son los casos de Sarkozy, Berlusconi y Chávez.
Es interesante entonces notar, a este respecto, que la exacerbación del poder presidencial puedetener lugar tanto en un régimen parlamentario (Italia) cuanto en un sistema presidencial con un“jefe de gobierno” que es el primer ministro (Francia) o en un régimen presidencialclásico, por decirlo así, que va derivando hacia un liderazgo de estilo castrista (Venezuela).
En cualquiera de estos casos, lo decisivo parece ser entonces una estrategia adecuada de manejode los medios “masivos” tradicionales, independientemente de las característicasespecíficas del dispositivo republicano.
Con mayor o menor sutileza, en los tres casos están presentes ciertos rasgos“populistas”: la búsqueda de una relación directa con “el pueblo”, lavoluntad del ocupante de la posición suprema de interpretar, por sí mismo, lo que la ciudadaníaquiere o espera, eludiendo las mediaciones deformantes, interesadas, engañosas, del periodismoprofesional. Berlusconi es además, claro, un ejemplo extremo de concentración del poderpresidencial junto con un control, directo o indirecto, de la televisión italiana, y en el caso deChávez son bien conocidas sus reiteradas actitudes de intimidación a los medios informativosindependientes. Sea cual fuere la opinión política que se pueda tener de ellos, Sarkozy, Berlusconiy Chávez pueden ser considerados, globalmente, como presidencialismos mediáticamente exitosos.
La situación argentina es, desde este punto de vista, anómalo. Por un lado, la actitudsistemática de enfrentamiento con los medios informativos, que ha caracterizado la gestión deCristina Fernández de Kirchner desde su inicio, fue generando un clima claramente desfavorable a laconstrucción de la figura presidencial. Se podría pensar que, justamente, ese carácter sistemáticoindica una característica discursiva que forma parte de alguna estrategia.
Sin embargo, el agitado procedimiento puesto en marcha para promulgar la nueva Ley de Mediosparece más bien haber sido resultado de una decisión apresurada, tomada a la luz de la derrotaelectoral, y resulta difícilmente justificable desde un punto de vista estratégico. Los supuestos“frutos” de esa ley, suponiendo que termine facilitando el control de los medios porparte del Gobierno, sólo podrían hacerse sentir en el mediano plazo, mediano plazo más que inciertopara el kirchnerismo y, de todos modos, en términos de factores de imagen de la figurapresidencial, los datos muestran que el mal está hecho, y sería francamente ingenuo suponer que unaley de medios podría tener alguna eficacia para “remontar”, en un tiempo razonable, esdecir, políticamente pertinente, la imagen negativa del Gobierno. Por otro lado, la produccióndiscursiva de la señora presidenta tiene algo de profundamente inquietante.
En primer lugar, su volumen: a lo largo de sus dos años de gestión, acumula (en una estimaciónaproximada, que puede tener un margen importante de error) más de seiscientos discursos.
Es una corriente discursiva ininterrumpida, continua, desbordante, cerrada sobre sí misma yextremadamente homogénea, que produce en última instancia una extraña sensación de autismo. Ya setrate del envío al Congreso de la Ley de Medios, de un almuerzo en homenaje al presidente deIsrael, del Congreso Internacional sobre las células madre, de la inauguración de una turbina en lacentral termoeléctrica de Campana (discurso que fue el objeto de mi primera columna en este diario,publicada el 24 de mayo de 2008), de la asignación universal por hijo de la ANSES o de una reunióndel Mercosur, hay una suerte de dispositivo básico que se repite una y otra vez: Cristina, laPresidenta, enunciadora en primera persona, pedagoga llena de buenas intenciones y compenetrada consu función, les habla a los argentinos insistiendo en la absoluta excepcionalidad histórica de suacción de gobierno. No he leído, claro, los seiscientos discursos. Algunas docenas tal vez, ymuchos de manera fragmentaria. Pero de todos modos, y para decirlo de una manera brutal: ¿a quiénle importa? O si se prefiere: ¿a quién le habla Cristina Fernández de Kirchner?
Sin duda, una posible respuesta sería: al pueblo. Pero el pueblo implícito en sus discursos esun pueblo genérico, un pueblo sin rostro, un pueblo políticamente anónimo. La masa discursiva de laseñora Presidenta no tiene matices, no presenta inflexiones, se adapta a la circunstanciaespecífica de una manera puramente descriptiva. Y a lo largo de la gestión no hay desarrollodiscursivo, no hay encadenamiento progresivo de decisiones gubernamentales, es decir, no hay unalógica que se desenvuelva en el tiempo.En suma, no hay pensamiento político.
Hay sí, en la mayoría de los discursos, un momento de exabrupto o de agresividad contra enemigosque se dan por conocidos, aunque no se consiga entender por qué no están de acuerdo con una señoratan razonable. Sí, hay algo de inquietante en el modo de comunicar del Gobierno. Porque no hayestrategia visible, pero tampoco produce una sensación de improvisación.
Creo que el secreto es que se trata de un discurso de inspiración populista, pero construidopara una multitud compuesta de clientes, no de militantes. Lo cual es perfectamente paradójico.
*Profesor plenario de la Universidad de San Andrés.




