Chile es un país que muestra, tras 20 años de democracia, una gran estabilidad política y uncrecimiento económico sostenido. En este período triplicó su PBI y su ingreso per cápita (U$9.800)es el más alto de Latinoamérica. A su vez, la Concertación –la coalición de centro izquierdaque gobierna desde 1990–, logró reducir la pobreza del 39% al 13%, y la desigualdad a uno delos índices más bajos de la región, de acuerdo a estadísticas elaboradas por la CEPAL. MichelleBachelet, en su último año de gobierno, goza de una altísima popularidad: 67%. En una recientevisita a Chile pude comprobar que la quieren y respetan hasta sus opositores. La medida que lalegitimó como estadista fue la decisión de acumular un Fondo Contracíclico de U$20 mil millones yel Fondo de Reserva de Pensiones (FRP) que, en diciembre de 2008, contaba con US$ 2.500 millonespara resguardar los fondos de jubilación privada. En los años en que el cobre, la principalexportación del país, cotizaba a precios extraordinarios, Bachelet y su ministro de Hacienda AndrésVelasco fueron muy criticados por ahorrar en vez de crecer a “tasas asiáticas” como susvecinos. Ahora que llegó la crisis, son aplaudidos por su espíritu previsor. La austeridad noimpidió que Bachelet expandiera los programas sociales. Mejoró la salud y creó 3.500 guarderíaspara facilitar el empleo de las madres de sectores vulnerables. También estableció una pensiónestatal para personas mayores sin aportes. Frente a la crisis internacional, el Banco Central bajólas tasas de interés al 1,25% para incentivar la producción y el consumo. De nuestro lado de lacordillera, la situación es diametralmente opuesta. Desde el retorno a la democracia, el PBI crecióun 100% (tomando como base 1982) y se contrajo en 9 de los 26 años transcurridos. Los recurrentesciclos de recuperación y crisis han llevado al país a un virtual estancamiento, con un notableaumento de la pobreza y la desigualdad. Argentina mantiene prácticamente los mismos niveles deingreso por habitante de los años 70. Esto explica por qué si hace unas décadas éramos un país másigualitario y desarrollado que el resto de América Latina, hoy tenemos un ingreso por habitantesimilar al de Uruguay y Brasil –U$6.700 al año– y tasas de pobreza estructuralsimilares a gran parte de la región: 30% de la población. La recuperación económica experimentadatras la debacle del 2001, con tasas promedio de crecimiento del 8,5%, redujo inicialmente losíndices de pobreza. Pero una inflación que llegó al 28% en el primer semestre de 2008, fuecarcomiendo el poder adquisitivo de los sectores más desprotegidos, sumiendo nuevamente a millonesde argentinos en la pobreza e indigencia, hoy estimadas en el 32% y 11% de la poblacion,respectivamente (11.5 millones y 4 millones de personas) de acuerdo a SEL Consultores. Para ocultarel deterioro de los índices económicos y sociales, el Gobierno comenzó a manipular las medicionesdel INDEC, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Cristina Kirchner asumió la Presidenciaprometiendo restablecer la credibilidad del organismo pero eso no ocurrió. Decisiones inconsultascomo las retenciones móviles, la estatización de la jubilación privada y el adelantamiento de laselecciones legislativas, han sumido nuevamente al país en el desconcierto. Con sólo un año y medioen el poder, la Presidenta enfrenta un escenario difícil: casi el 70% de los argentinos desapruebasu gestión. Las elecciones anticipadas y las candidaturas falsas (gobernadores e intendentesoficialistas que se postulan para cargos legislativos que no asumirán) intentan frenar la evidentesangría política generada por una crisis económica que ya no se puede esconder. El Gobierno insisteen que su “modelo” es sólido, pero la recaudación impositiva se desplomó y se utilizansin controles los fondos de los jubilados para cubrir crecientes necesidades fiscales y de campaña.Mientras las economías de Chile, Uruguay y Brasil parecen estar reponiéndose del cimbronazointernacional, economistas serios como Ricardo Arriazu prevén que el PBI argentino podría caerhasta un 3% este año. El ciclo de recuperación y crisis se ha reiniciado, con los conocidossíntomas sociales de ilusión-desilusión. Viajé a Chile hace un par de semanas para entender cómo unpaís que sufrió una dictadura de 17 largos años, con pocos recursos naturales y grandes desafíossociales, hizo un cambio tan profundo. Comprendí que el modelo chileno no es solamente un modeloeconómico sino político y cultural. Se basa en liderazgos previsibles y acotados: ningún presidenteintentó reformar la constitución para alargar su único mandato o designar a un cónyuge comosucesor. Se basa en la vocación de crear instituciones sólidas y un Estado capaz de llevar adelantepolíticas de mediano y largo plazo. En diciembre tienen elecciones presidenciales. Por primera vezen 20 años la Concertación podría perder el gobierno, frente al candidato de la derecha SebastiánPiñera. Sin embargo, esta posibilidad no ha generado ni desequilibrios políticos ni corridaseconómicas.
Regresé a Buenos Aires pensando que el caso chileno demuestra que no es necesario esperar“varias generaciones,” como dicen algunos, para cambiar. Si ellos pudieron hacerlo ensólo 20 años, nosotros, con recursos superiores, podríamos lograrlo en un lapso menor. Eso sí, paraeso tenemos que tomar la decisión de ponernos de acuerdo entre todos y optar por el consenso, lamoderación y la previsibilidad. Sólo así recuperaremos la confianza en nosotros mismos. De eso setratan las elecciones del 28 de junio.
*Senadora nacional por la Coalición Cívica.




