•ensayo

De Krieger Vasena a Menem y Cavallo

En la madrugada del 28 de junio de 1966 los militares lanzaron otro zarpazo a la democracia y derrocaron al gobierno constitucional de Arturo Illia, disolvieron el funcionamiento de los partidos políticos y pusieron en vigencia el Estatuto de la Revolución Argentina.

24-08-2026 | 11:36

En la madrugada del 28 de junio de 1966 los militares lanzaron otro zarpazo a la democracia yderrocaron al gobierno constitucional de Arturo Illia, disolvieron el funcionamiento de lospartidos políticos y pusieron en vigencia el Estatuto de la Revolución Argentina. En su diagnósticode la caída, Aldo Ferrer precisa: “El golpe de 1966 tuvo aceptación en los sectoresfinancieros y el optimismo se reflejó en la Bolsa de Comercio, donde algunos papeles subieron hasta70 puntos. Las entidades empresarias ACIEL, UIA y la Sociedad Rural manifestaron públicamente suentusiasmo y sus representantes, como los de la CGT, liderada por Augusto Timoteo Vandor. Lossindicalistas asistieron de traje y corbata –inusual en ellos– al acto de asunción delgeneral Juan Carlos Onganía, un conservador con adhesión a un catolicismo ultra, anticomunistafurioso y corporativista”. Un mes después de sentarse en el sillón presidencial, el régimenmilitar mostró sus formas a pleno en lo que se conocería como “La noche de los bastoneslargos”. El 29 de julio de 1966, por la noche la policía ingresó en las facultades deCiencias Exactas y Naturales y en la de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,vulnerando su autonomía, y a los palazos atacó y desalojó a docentes y alumnos, destruyólaboratorios y bibliotecas y encarceló a cuatrocientas personas. Con ánimo represor de todo“atisbo de comunismo”, censuró la ópera, el ballet, el teatro, los espectáculos en elInstituto Di Tella (centro de la movida cultural) y prohibió la proyección de numerosas películas.Onganía representaba al sector “legalista” o “azul” del Ejército, que habíaderrotado de palabra y con las armas a los “colorados” entre 1962 y 1963. Concebían alas Fuerzas Armadas como un partido, el partido militar. Pretendían concluir las disputas que sevenían sucediendo desde 1955. Las Fuerzas Armadas eran sostenedoras del nuevo capítulo de poder enla Argentina, llamado la Revolución Argentina, pero no “gobernaban ni cogobernaban”,sólo eran garantes de los intereses de la nación. Los cursillos de la Cristiandad –verdaderosgrupos cerrados que nucleaban a militares y civiles con fervor ultracatólico– aportaron buenaparte de los contenidos ideológicos del onganiato. Importado de Francia en 1955, el cursillismo deCharles Maurras, dirigente de extrema derecha con predicamento en toda la década del treinta delsiglo XX en el nacionalismo argentino, tuvo al coronel Juan Francisco Guevara como predicadordentro del Ejército argentino y contaba con el aval de un sector influyente de la Iglesia católica.Los generales Eduardo Señorans, Francisco Imaz y Eduardo Conesa se sumaron al cursillismo y luegolo haría Alejandro A. Lanusse, a pesar de que con el tiempo retomó las posturas liberales. Laformación completa del primer elenco ministerial de Onganía fue reclutado en el cursillismo.Eduardo Salimei, ministro de Economía y fuerte empresario (dueño del emporio Sasetru, uno de losmás importantes del sector alimenticio nacional), era empleador de destacados generales retirados.Otro empresario, Roberto Petracca, industrial del vidrio, se hizo cargo de la cartera de BienestarSocial. Al frente del Ministerio del Interior fue nombrado Enrique Martínez Paz, miembro de laHermandad del Santo Viático. El único “liberal” era el veterano y ex breve ministro deEconomía de Frondizi y Guido, Alvaro Alsogaray, que fue nombrado embajador en Washington. Losrecelos que este gabinete producía en el empresariado de mentalidad liberal cambiaron a fines de1966, cuando Adalbert Krieger Vasena reemplazó a Salimei. Krieger estaba asociado a los interesesmineros norteamericanos. Figuraba en varios directorios de empresas de la Nacional Lead Co–una de las cien empresas más grandes de los Estados Unidos en ese tiempo– dedicadas ala explotación y procesamiento de minerales, en particular “minerales estratégicos”.Era director de la Nacional Lead, que en la Argentina se asoció a Minera Aguilar, de la CompañíaMinera Castaño Viejo y de Metalmina. Fue director de la Compañía General de Refractarios de laArgentina, en la que revistaba junto a Marcelo Aranda, socio a su vez en el Ingenio La Esperanza deun ex ministro de la Revolución Libertadora, Julio Alizón García. También figuraban RobertoPistrelli, socio de otro ex ministro de la Libertadora, y Roberto Verrier en la Firma deInversiones Sudamericanas. Pistrelli era director o síndico en casi todas las empresas en las queparticipaba Krieger Vasena. Fue director de Norfran y era directivo de Mignaquy y Cía, de LosCaldenes y de María Elena, todas firmas ligadas a grupos norteamericanos. Ocupó el sillón deCelavon y de Las Carabelas, se dedicaba a la explotación forestal y en su directorio figurabanhombres de relación muy estrecha con la banca Morgan. Casado con una hija de la tradicional familiaLlauró, el ministro de Economía había ejercido funciones directivas en las empresas familiares,como Alejandro Llauró e Hijos e Investaires. Un primo hermano de Krieger –también casado conuna Llauró– fue designado al frente del Banco Industrial. El cuñado de Krieger, AlfredoChopitea –esposo de Daisy Krieger Vasena–, era presidente de Río de la Plata-Canal 13de Televisión, asociado con la CBS. Y ambos serían socios en Investaires. La cuñada de Krieger, AnaLlauró de Reynal –pariente del empresario William Reynal–, cerraba el círculo de poderpolítico y económico que pesaba en el onganiato. En sus inicios, las primeras medidas de Kriegertuvieron un sesgo ortodoxo: devaluó el peso el 40%, liberó el mercado cambiario, congeló lossalarios durante veinte meses y rebajó los aranceles de importación un 50%. Todo un ajuste a lamanera clásica, aunque agregando disposiciones heterodoxas, como estimular la demanda, centrada enel sector de la construcción. Se apoyaba en el criterio de que la “modernización” de laArgentina requería competencia, situación que el “estatismo” no favorecía agravando la“deficiente” estructura industrial del país.

De esta forma, los nacionalistas en el gabinete de Onganía conciliaban diferencias con losliberales, en tanto los militares trataban de mantener conformes a las bases sindicalizadas. Eranlas mismas que ya imaginaban un “peronismo sin Perón”. Pero el asesinato de dosdirigentes sindicales, Augusto T. Vandor en junio de 1969 y José Alonso en 1970, clausuraría esaspretensiones. El bloqueo salarial dañó a obreros de distintas áreas de la economía que participabande los sectores de capital intensivo, así como los que se insertaban en otras producciones. Unmismo decreto prohibió la existencia de partidos políticos –para “profundizar larevolución”–, aunque paralelamente le abrió las puertas a Vandor. El criterio de“modernización” incluía proyectos de obras públicas monumentales, representativos de latradición militar, como la represa hidroeléctrica El Chocón-Cerros Colorados, Planicie Banderita (acargo de Hidronor) y la central atómica de Atucha, la primera en América latina. Más la ampliaciónde la red caminera, la construcción de la estación terrena satelital de Balcarce y el TúnelSubfluvial que une Santa Fe con Entre Ríos. Todos ofrecieron buenos negocios y prestigio a laadministración militar.

Para movilizar la explotación petrolera se dictó la Ley 17.319 de Hidrocarburos, que permitióuna participación amplia de empresas privadas. Los militares nacionalistas que“vigilaban” los actos del poder no tomaron conciencia a tiempo de lo que ocurría frentea sus narices. Si se exceptuaban algunas empresas estatales como YPF, ENTEL, FabricacionesMilitares, SEGBA o Somisa (muy castigadas por el discurso privatista), las multinacionalesextranjeras controlaban el grueso de la economía argentina. Detentaban el control a partir de unacuestionable particularidad: tomaban crédito en los bancos oficiales vía el estímulo para elconsumo de bienes (automóviles, electrodomésticos, etc.), pero transferían sus ganancias alexterior, además de eludir impuestos con el pretexto de la doble imposición. Durante 1966 salierondel país 151 millones de dólares en concepto de utilidades e intereses, en el mismo momento en quelas reservas del Banco Central apenas arañaban los 700 millones de dólares. La ideología“privatizadora” se había impuesto. Un aviso institucional publicado en los diarios delConsejo Publicitario Argentino decía: Las empresas del Estado son una dura carga que pesa sobrenuestros hombros. Y sobre nuestro presupuesto. El del país y el de cada uno. Porque todos pagamospor buenos los malos servicios. Mucho dinero se malgasta cada día en alimentar la burocracia. Fueel mismo mensaje que ganó gran parte de los discursos del gobierno militar a partir de 1976 y de lagestión de Carlos Menem. Quien quiera observar un proceso de extranjerización de la economía puedeconsultar las estadísticas de la Argentina de la segunda mitad de los años sesenta. El crédito alas empresas transnacionales por vía directa o indirecta y la creciente necesidad de dinero porparte del Estado para cubrir su crónico déficit fiscal fueron transfiriendo al mercado financierolocal e internacional las palancas que condicionaban el futuro del país. Krieger Vasena, ligado ala banca Morgan, fue el primer arquitecto de ese proyecto de enajenación de activos estatales queperfeccionarían más tarde José A. Martínez de Hoz y Domingo Cavallo. Desde 1967, cuando la economíanacional mostró algunos signos de mejoría con crecimiento estable, se solicitaron y obtuvieron delos organismos financieros internacionales créditos por 142 millones de dólares. ¿La meta?:estimular la producción ganadera, sector tradicional y estratégicamente ligado a las finanzas. Elmismo tratamiento recibieron la actividad azucarera, la vitivinícola y la del acero (Somisa).


*Periodista especializado en Economía.

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