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De la bibliomanía como bella arte

24-08-2026 | 15:25

Dos maneras antagónicas de entender la pasión (la obsesión) por los libros. La de Diógenes, porun lado, que afirmaba que tener libros y no leerlos es como tener frutas en un cuadro. La otra, quenos cae mucho más simpática, es la que cuenta Walter Benjamin en un célebre artículo tituladoDesembalo mi biblioteca (discurso sobre la bibliomanía), y que cierra con la siguiente anécdota:“¿Es típico del coleccionista no leer libros? Como único ejemplo citaré la respuesta queAnatole France reservaba a los beocios que admiraban su biblioteca para concluir con la inevitablepregunta: ‘¿Y ha leído usted todo esto, señor France?’ ‘Ni la décimaparte’, respondía él. ‘¿O acaso usted comería todos los días en su vajilla deSévres?’”. Conozco la pasión de algunos escritores argentinos por los libros y laobsesión con que cuidan, abastecen y ordenan sus biliotecas: Abelardo Castillo y SylviaIparraguirre las mantienen separadas, en habitaciones distintas. Cualquiera que recorra conregularidad librerías de viejo del centro de Buenos Aires se cruzará, en algún momento, con dosbiliómanos consumados: Matías Serra Bradford y Damián Tabarovksy (Serra Bradford publicó hace pocouna novela donde vuelca estas experiencias bajo el amparo de la ficción: La bilioteca ideal).Daniel Guebel suele tirar los libros sobre los estantes, sin ningún orden o cuidado aparente. YRodolfo Fogwill declaró en más de una ocasión que los libros le parecen, a esta altura, unverdadero estorbo, se jacta de no tener biblioteca propia y no tiene reparos en regalarlos,venderlos o perderlos.
Pero a cualquiera de ellos, estoy casi seguro, les interesaría un ensayo que acaba depublicar el escritor francés Jacques Bonnet, Bibliotecas llenas de fantasmas. Una especie de brevehistoria de la bibliomanía que abre con la definición de lo que son para él los libros. Es decir,su felicidad y su maldición: “Son caros cuando se compran, no valen nada cuando se revenden,alcanzan precios astronómicos cuando hay que encontrarlos una vez que se agotaron, son pesados, seempolvan, son víctimas de la humedad y de los ratones, son, a partir de cierto número,prácticamente imposibles de trasladar, necesitan ser ordenados de una manera específica para poderser utilizados y, sobre todo, devoran el espacio”. Así y todo, Bonnet confiesa su inevitabledebilidad por cada uno de los miles de tomos que ocupan todas las habitaciones de su casa, incluidoel baño. Y a lo largo de los distintos capítulos refiere historias y curiosidades de las tantasclases de bibliómanos que existen: amateurs, coleccionistas, amontonadores, lectores y compradorescompulsivos. Personajes que llegaron a vender su derecho de herencia para comprar libros de manerailimitada, que viajaron a la otra punta del mundo en busca de aquel ejemplar codiciado, quemurieron aplastados (literalmente) bajo el peso de su bilioteca.
Mientras repasa las diversas maneras de almacenar y ordenar volúmenes, de cómo y dónde leer,de las peripecias y las dificultades a las que se ven arrastrados los amantes de los libros, Bonnetcuenta sus experiencias de lectura y su vida como lector, similares a la de todo bibliómano y, almismo tiempo, inexplicables para cualquiera que no comparta la misma obsesión. La biblioteca, enfin, entendida como la arqueología privada de su dueño, como una pasión tan inevitable comoinútil.

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