Demos gracias porque este tipo de libros sigue llegando a la Argentina desde Europa: lareedición, actualizada, del moderno clásico Graffiti. Arte urbano de los cinco continentes, deNicholas Ganz. La primera versión, de 2004, exponía miles de fotografías de los artistas del géneromás importantes del mundo (individuales y en grupos), divididos alfabéticamente y por continentes.Esta edición agrega algunos nombres y algunos textos. Y le da la posibilidad a Ganz de referir que,como era de esperar, así como el graffiti evoluciona de manera permanente, incorporando técnicasdiversas que de ninguna manera se acaban en el aerosol (pinturas, calcomanías, esculturas, pósters,aerografía, tizas), también lo hace la terminología propia y las categorías: “Actualmentemuchos han comenzado a referirse a un nuevo graffiti, al que suele denominarse con más frecuenciacomo neograffiti, posgraffiti, arte urbano o street art”, escribe el autor.
En el demasiado breve apartado “Historia universal del graffiti” (de un libro deeste calibre y de tal importancia podían esperarse textos más abarcativos o exhaustivos), Ganzcuenta que el origen del término viene del italiano sgraffio (arañazo), que sus orígenes seremontan a Grecia y Pompeya, y que si bien existieron algunas manifestaciones de artistascallejeros durante la Segunda Guerra y en las revueltas estudiantiles de las décadas del 60 y 70,fue en los 80 y en la ciudad de Nueva York donde estas expresiones comenzaron a tomar verdaderarelevancia, a partir de las pintadas en trenes y subterráneos de Manhattan (la mejor manera deexhibir esas intervenciones y que fueran vistas diariamente por millones de personas).
Al principio fueron tags, esas rúbricas tipográficas (esas firmas) que aún se ven en todoslados, y recién después comenzaron a aparecer las piezas (masterpieces) u obras en sí mismas. Aquífiguran muchos de los nombres más relevantes de este tipo de intervención urbana a nivel mundial:Os Gemeos, Merz, Dalek, Swoon y, por supuesto, el gran referente del stencil, el inglés Banksy,autor de célebres y desafiantes obras de protesta (y que se animara a colgar hace un tiempo, consus propias manos, su versión personal de La Gioconda en las paredes del Louvre).
En Sudamérica, se sabe, es la ciudad de San Pablo la que va a la vanguardia del arte callejero.En la Argentina aún se trata de un movimiento emergente, aunque en ciertas obras y nombrespresentes en este libro (Alexone, Asstro) se advierte la evidente influencia de este tipo de arteen los ilustradores de tiras diarias locales. La mano del capital, que todo lo toca (y todo locorrompe), no podría estar exenta del arte urbano: muchos de los creadores han sido primerotentados y más tarde contratados por agencias de diseño, publicidad y marketing. Tal vez por esoGanz se sienta impelido a escribir, hacia el final del volumen: “La calle y los espaciospúblicos son el corazón del graffiti, que no está pensado para las galerías o la publicidad.Representa una filosofía de vida, la de reivindicar la calle y ser libre para rediseñar el propioentorno. Se trata de un arte anarquista en el que cualquiera puede participar (…) al tiempoque se transforma el paisaje urbano que unos extraños han configurado arquitectónicamente”. Ytodavía hay gente que cree que el arte está sólo en los museos.




