La cuestión de la fragilidad y el deterioro de las instituciones políticas de nuestro país es untema en el que se ha insistido mucho –con razón– en los últimos tiempos. Ese deterioro,que se traduce en tensiones y conflictos permanentes, está tomando la forma extrema de unenfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y los otros dos poderes del régimen republicano. Ahorabien, la discusión suele quedar encerrada en el sistema político, es decir, se focaliza en losactores políticos y en sus comportamientos, más o menos censurables, según el punto de vista. Lareflexión rara vez se detiene en el vínculo del sistema político con la sociedad civil, salvo entérmino de “efectos” o “consecuencias” de corto plazo, en la sociedad, delo que pasa en el campo político. Me parece interesante echar una mirada a la crisis institucionaldesde el otro lado del espejo, es decir, colocándonos en la sociedad.
Los medios de información nos han proporcionado, estos últimos días, algunos elementosfundamentales. La columna “Entre el puntero y la nada”, publicada por Rodrigo Zarazagaen el diario La Nación del 24 de febrero, describía el rol y la función social de esa figura clavede las intendencias del Conurbano bonaerense. Zarazaga mostraba con mucha claridad que no se tratade elegir entre una imagen negativa (“abusador que, bajo un régimen extorsivo, tieneatrapados a los votantes más pobres”) y una imagen positiva (“hacerse presente yconocer las necesidades de los más pobres”), sino de enfrentar esa combinación ambigua decomportamientos y relaciones, para comprenderla en toda su complejidad. En esta dirección apuntabaacertadamente la reacción de Manuel Mora y Araujo en su columna del 7 de marzo en Diario Perfil(“Punteros políticos y vida social”), subrayando que “la interacción entrepunteros y seguidores es un fenómeno propio de la vida social, en todas las clases sociales y enlas más variadas circunstancias”. Agregaría que el puntero es el único lazo con lasinstituciones que les queda a los sectores pobres del Conurbano bonaerense que, como dije el añopasado en una columna de este diario, han sido dejados fuera del relato histórico de la nación.Zarazaga sugiere muy acertadamente que alguna modalidad de la renta básica universal amenazaría larazón de ser del puntero, pero al mismo tiempo se podrían imaginar maneras de transformar su rolsocial, convirtiéndolo en funcionario de un sistema justo de distribución.
El deterioro institucional tiene otros efectos en la sociedad civil. Aquellos sectores queson afectados de distintas maneras por mecanismos de desigualdad e injusticia, pero que el sistemano ha dejado fuera, tienden a auto-excluirse. Desde este punto de vista, algunos de los datos de laencuesta de Poliarquía publicados en el diario La Nación del 8 de marzo son extremadamenteelocuentes. Se trata de una encuesta realizada entre el 16 y el 19 de febrero en centros urbanos dela provincia de Buenos Aires con más de 2.000 habitantes. Por un lado, el 75% de los encuestadostiene una percepción negativa (mala y muy mala) de la situación del país, y sólo un 24% tiene unaimagen positiva. Por otro lado, el 65% evalúa positivamente (bien y muy bien) su propia situaciónpersonal. La amabilidad de Poliarquía me permitió acceder a mediciones anteriores de esa mismavariable. En diciembre del 2007, inicio del mandato de nuestra presidenta, la percepción positivaque las personas tenían de su propia situación era del 53%. Desde entonces, hasta ahora, y con laayuda de la situación económica, esa percepción positiva aumentó 12 puntos. En aquel momento, lapercepción positiva de la situación del país era del 39%; comparada con la actual (24%), cayó 14puntos. En el momento actual, entre la percepción negativa que la persona tiene de su situación(34%) y la percepción negativa que tiene del país (75%) hay una distancia de 41 puntos.
Se consuma una disociación entre el individuo y la sociedad en que vive. En todo caso, en laprovincia de Buenos Aires, nuestra sociedad es el escenario de lo que podría describirse como unamodalidad extrema de individualismo, forma perversa que expresa un mecanismo adaptativo desupervivencia: sálvese quien pueda. Y corremos el riesgo de que la sociedad deje de ser civil.
No es otro el precio que se paga por el deterioro institucional. El kirchnerismo no es elúnico culpable de esta situación, cuyo origen remonta mucho más lejos. Pero sin duda representa algobierno que más ha contribuido, sin escrúpulos, a agravarla. Durkheim le había dado un nombre a ladesagregación de los vínculos sociales: anomia. Si queremos que las próximas eleccionespresidenciales sirvan para algo, no hay un desafío más importante.
*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.




