La batalla entre cosas opuestas es más una batalla simbólica que una real. El mundo de loslenguajes se ha expandido por sobre el otro (el que no es lenguaje sino mundo) y hablamos de él demaneras cada vez más sofisticadas. Toda esta semana las calles han sido un teatro. La temperaturasimbólica ha alcanzado picos que –no por efecto de lo bello, sino de lo contundente– nome han dejado indiferente. Soy escéptico ante cada representación; ésta supone una selección nonatural y una omisión descarada. En cada alegoría hay un olor a ausencia que puede ofender alingenuo, pero también seducir al valiente.
Símbolos. No tenemos muchas otras maneras de ver el mundo. Las palabras son –Saussure meperdone– pequeñas alegorías. Mediante ellas pretendemos criticar discursos, pero no hacemossino construir otros discursos que validan lo que pretendemos derribar, al darle entidad de real.Así las cosas, opto por no tomarme muy en serio ninguna representación.
Mairal dixit: “La publicidad no imita al hincha, el hincha imita la publicidad”. Lasemana de mayo imitó (con gracia y con ribetes) a la publicidad de la semana de mayo. Pudo haberfallado, pero no. ¿Y si Canadá goleaba a Argentina? ¿Si la velada del Colón (en cuyo maniqueorepertorio sólo faltó el Feliz Cumpleaños) optaba por la Europera de John Cage y los públicos seasustaban? ¿Y si CFK y esposo iban a la gala y compartían unos Sugus confitados con Macri, quéhubiera dicho la prensa?
El festejo (editado por TV) me dio algunas alegrías básicas. Pero al día siguiente, con la calleaún sucia de retro-rave, noté que la primera triunfadora de la batalla simbólica era la clasepolítica.




