•la enfermedad de nestor

Desgracia en las arterias

Un enojo de Kirchner con Scioli terminó en el sanatorio. Cristina ya decidió que no insistirá en su intento de seducir a la clase media.

24-08-2026 | 17:31

Fueron un par de discursos determinantes. Parecían convencionales en la tradición delmatrimonio, apenas con incorporaciones discutibles, menos recordables que un fósforo, pero elentorno y ciertos episodios que rodearon las alocuciones habrían de provocar novedades fulminantes,de las cuales tal vez pocos se percataron. Casi un fin de semana clave, si uno extiende la miradahacia las próximas elecciones generales en el que, como la reproducción de las amebas, de repenteuna alternativa se dividió en tres. Fenómeno que empezó cuando un Néstor Kirchner –a punto deexplotar– se despachó inopinadamente contra Daniel Scioli sin imaginar que su ira desatadapodría despertar secretas reservas en el denunciado; martirologios acumulados, quizás hasta unarebeldía que podría convertirlo en un adversario presidencial para 20ll. En el otro mensaje, ya conNéstor explotado por una desgracia en sus arterias, Cristina se transformó sin querer en unacandidata a ser reelecta por una eventual deserción del marido, posibilidad que no pudo ocultarsepor más que ella se cargara de elogios y promesas para una masa trabajadora que, de acuerdo con suaritmética, la necesita para suplir en las urnas lo que otros sectores de la sociedad parecennegarle. Aunque tuviera que volver de mal grado a las estampitas de los años 50, al aguinaldo, elsábado inglés, la jornada de ocho horas, también a la sidra y al pan dulce, en suma al Juan DomingoPerón de aquellos tiempos, período del cual el matrimonio solía encontrarse bastante alejado. Pero,más allá del controvertido marco floral de los dos discursos, lo cierto es que en menos de 72 horasse dividió en tres el tronco oficialista, el mismo que se juramentaba galvanizado atrás de un solopostulante. Y quienes creían que Néstor era el posible y único sucesor a la vacante de la CasaRosada debieron incorporar a otros dos: su propia mujer y un gobernador de la provincia de BuenosAires que hasta podría nadar en otra vertiente. Demasiado vértigo para tan poco tiempo, unaArgentina que nunca para de sorprender.

Son interminables las razones que se invocan para descubrir malentendidos entre Scioli y lapareja oficial. Tantos que ya se constituyen en argumentos, sin saberse aún si el arrebato deNéstor estalló por lo que algún lenguaraz le contó que el gobernador hablaba con los intendentesbonaerenses, por el rumoreo de entrevistas con opositores, como Eduardo Duhalde, o por informes deinteligencia sobre encuentros con capitostes del núcleo mediático que el ex presidente hoycerrilmente odia. La meneada desavenencia económica como motor de la furia quedó postergada en elanálisis de las causas: parece que en el caso Telecom no hay diferencias, las dos partes coincideny actúan en el mismo sentido. Sin descifrarse el motivo, la indignación de Kirchner continuó luegode su represalia pública, hasta mortificó colaboradores cercanos que se apartaron de su estela.Ejemplo, Aníbal Fernández, quien recibió los coscorrones por conciliador y tibio –palabrasexpurgadas del diccionario oficial–, quizás también porque no atraviesa el mejor momento antela jerarquía, tanto que más de uno lo imagina con las valijas en la puerta de la jefatura deGabinete, como si su esposa lo hubiera sorprendido con una amante. No extrañó, para estaespeculación, la rencilla posterior entre Fernández y Julio De Vido a propósito de la difusión deuna efigie de Cristina, casi un camafeo para la solapa, semejante a las de Evita en los libros o enlas libretas de ahorro para escolares, tarea publicitaria del ministro que cuestionó largamente susuperior inmediato.

Más allá de los cambios que se anuncian, casi como las lluvias en tiempos de sequía, Scioliaportó lo suyo para aumentar la temperatura e irritar: fue adonde antes no iba (la fiesta dePerfil, por ejemplo), se fotografió con quienes no debía (Macri), no rechazó convites delduhaldismo y se sirvió de los medios del “monopolio” para exponer un pensamiento quehasta un párvulo entiende distinto al de los Kirchner. El mudito comenzó a hablar, de a poco,claro; harto de estar harto. Si alguien quiere creer que este es un juego florentino de las partes,amonestarse entre sí para incrementar la potencia de ambos y de la filiación que los reconoce, debesin duda equivocarse: son personas que vuelan como las perdices, rasante, más primarias en losconceptos y guiadas sólo por la pretensión de no perder la categoría ganada. Es decir, lapreferencia en las encuestas, fin primero y último de los políticos. Por esta reyerta manifiesta serevisa el archivo y aparecen, para Buenos Aires, otros hombres en la competencia: Massa emerge comoel más dedicado, a pesar de sus renunciamientos –y de que Néstor le atribuyeresponsabilidades en algún error últimamente cometido por su consejo–, tambien mejora elprecio de su candidatura Francisco de Narváez, aunque continúa con un dilema a cuestas: parece queen la Corte Suprema sólo falta un voto para habilitarlo como posible candidato a la Presidencia dela Nación. Lo que parecía enterrado, se sacude bajo tierra. A su vez, la mansa indocilidad deScioli se transformó en una preocupación para el matrimonio: no parecen dispuestos a recibirlo enla intimidad y resolver juntos las cuitas; prefieren en apariencia conservarlo en aislamientosilencioso, como castigo, aunque han empezado a temer por las luciérnagas que le titilan algobernador indicándole que hay otra vida fuera del kirchnerismo y con un premio superior (comocuriosidad, habría que consignar la urticaria, picazones y desprendimientos de placas que, en unpersonaje arrollador como Néstor Kirchner, le provocan figuras opuestas, insípidas y prudentes,tibias y conciliadoras –según desprecia su índex– como Scioli, como alguna vez fueJulio Cobos o Martín Redrado. Al decir de un conocedor, a la pareja le cuesta enfrentar lo que seconoce como “mosquitas muertas”).

Si hay dudas en la Meca por estos conflictos, en cambio ya disiparon estrategias para el futuro.Lo dijo Cristina sin reservas, hablando a favor de los morochos y, como si fuera D’Elía,cuestionando a los rubios que no la comprenden (en rigor, que no la votan). Se quejó sin precisarlode esa clase media que representan los jubilados y docentes de la Avenida Rivadavia, más críticosdel Gobierno quizás que los habitantes de la Recoleta. A ese sector social le imputó volubilidad,volatilidad, veleidades, casi repitiendo palabras que el brigadier Lami Dozo o el almirante Masseradijeron cuando fueron juzgados. También ellos se sentían incomprendidos.

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