Diagnóstico

Diagnóstico
24-08-2026 | 14:27

Acontinuación, algunas aproximaciones tentativas para tratar de entender el pobre estado de lagobernabilidad en la Argentina. Estas hipótesis intentan organizar un cuadro inteligible.
Se advierte a lo largo de estos siete largos años de continuidad en el poder, que sustitulares han efectivizado un verdadero pacto simbólico de sangre con quienes, habiendo participadode la gestión, fueron expelidos, desde Béliz en 2004 hasta Taiana en 2010. Con la peculiarexcepción de Lavagna, los eyectados quedaron en un opaco y taciturno ostracismo. Hacen recordar alos herejes del comunismo, que al irse de la nomenclatura se autoproscribieron, alegando temor aser usados por el enemigo, cuando en verdad estaban agarrotados de miedo.

Un rasgo primordial define el denominador más fuerte de la presidenta Fernández de Kirchner,desde que protagonizó, a lo largo de su paso por el Congreso y desde diciembre de 2007 como jefadel Estado, su ascenso a la máxima investidura. Invariablemente, ella expresa sus emocionespersonales en términos de acidez, insatisfacción, querulancia y un sarcasmo sistemático. Vivemanifestando sus quejas y sus admoniciones, y no sólo a quienes define como enemigos, sino inclusoa sus propios colaboradores. Proyecta, en esencia, una fuerte carga de desasosiego y hasta cuandodice estar feliz, en verdad, recrimina al resto de la humanidad.

Quienes han ejercido la presidencia de la Nación desde mayo de 2003 hasta el presente compartenpuntillosamente una adoración por las decisiones especulativas, con un oportunismo que resulta serla quinta esencia de su modo de estar en el mundo. El caso de los derechos humanos es el paradigmamás elocuente de una bandera y una preocupación, elegidos fríamente como quien define elisologotipo de una corporación. Mismo esquema que la batalla por la pretendida“democratización” de los medios, obsesión que nació abruptamente en un avanzado estadiode la experiencia de gobierno del matrimonio, pero que jamás integró ni remotamente su bagaje depretensiones originarias.
También define el modo de ser de los actuales gobernantes argentinos la impronta áspera ymezquina que revelan sus vínculos con el resto de los mortales, pero sobre todo con quienestuvieron el infortunio de haber mantenido con ellos algún vínculo afectuoso. Invariablemente,exhiben un frío perfil humano y operativo asumido con descarnada frialdad. No se advierte en estepoderoso matrimonio atisbos de calidez o vestigios de gratitud. Máquinas políticas de rotundaeficacia, su poder es gélido e intemperante, incluyendo la absoluta ausencia de la familiapresidencial en el escenario público. Concretan una situación fantasmagórica, que define a estapresidencia supuestamente republicana como monarquía predemocrática y despotismo altanero.

La norma central en la experiencia de este septenio es la completa ausencia de aprecio oficialpor las calidades profesionales de quienes fueron cuadros relevantes de la gestión. Gente que jamáscesó de manifestar su lealtad y aguante ante los desplantes, aparece de la noche a la mañanaestigmatizada como inmundos traidores. Nada recuerda más a las angustiantes y temibles madrugadasdel Kremlin en la Rusia de los años 30 a los 50 que la sombra ominosa del dedo presidencialargentino, que define la continuidad o el aborto de un cargo público. El requisito de lealtadfuncional, obvia en una democracia presidencial, muta en vasallaje medieval: estar adentro implicano contrariar jamás al señorío del poderoso.
Debe también añadirse a los rasgos definitorios del poder actual una formidable debilidadpara avalar desvaríos, acompañándolos de un seguimiento disfrazado de tolerancia. Infinidad desituaciones conflictivas se han ido apilando a lo largo de estos siete años. En todas ellas, demanera persistente el Gobierno optó por mirar para otro lado y apostar a no pagar jamás preciospolíticos por nada. Una reflexión inescapable: si la patrulla perdida de Gualeguaychú se retiró asus hogares tras un decreto presidencial que abría el camino de un proceso penal y civil, ¿por quéese decreto no se emitió mucho antes? Porque el matrimonio presidencial no cree que el gobierno dela ley implique un cotidiano ejercicio de los recursos institucionales y políticos que requierepara mantenerse vivo y vigente.

El silencio de la gestión es una cláusula central, especialmente notable para un régimen quederrama decenas de millones de dólares al año para “comunicar” los logrosgubernamentales. Los ministros del Gabinete presidencial viven deliberadamente inmersos en unaburbuja de opacidad. Saben que su permanencia depende de no conversar con personas que puedan servistas como non gratas por el binomio oficial. Y cumplen el mandato. También saben (al igual quegobernadores e intendentes) que no deben soñar con informar de logros o proyectos que la conducciónjuzgue propios. Casos como los de Bielsa y Lavagna son hoy impensables. Los presidentes Kirchner serodean de y preservan a colaboradores que, aun haciendo cosas importantes y buenas, no pueden decirni proclamar nada. Es un esquema de fenomenal indiscutible verticalismo.
Se ha instalado un clima agrio que las cordialidades melosas del Bicentenario no han opacado.Es el ritmo y los mecanismos del integrismo ideológico más ramplón. Intoxicado de una dosisdesorbitada de revisionismo histórico de última generación, el poder ha cabalgado el aniversario de1810 animado de una exuberante cuota de revolucionarismo verbal. Eso incluye exaltar sugestivamentelas conductas más radicalizadas de figuras a las que se maquilla de combatientes contemporáneos ycuyo ejemplo debe seguirse, como Moreno, Castelli y Belgrano, en una suerte de bolivarianismo a laargentina.
Estas líneas son acercamientos generales. No agotan la necesidad de conceptualizar lo que sevive. Pretenden plasmar, negro sobre blanco, algunas conclusiones que va dejando esta era,inexorablemente dotada de fecha de vencimiento, pero cuya superación será muy arduo llevar a cabo.

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