Diferentes

Diferentes
24-08-2026 | 15:54

Peto Menahem, un actor de 40 años, no oculta su fastidio. Dice (Clarín, Espectáculos, julio 31)que siente “un rechazo natural hacia las instituciones y la autoridad. Eso lo siento desdeque era chico”.
Los adolescentes del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires admiten quela decisión de la UBA al terminar meses antes la gestión de su ahora ex rectora es legal, pero larechazan por “ilegítima”, ya que no fueron consultados.
Todo el tiempo pasan estas cosas. Las “instituciones” son en la Argentina elprimordial objeto del odio, el desprecio o, al menos, su desconocimiento más alevoso. La vezpasada, el jefe de la Anses, Diego Bossio, se ufanaba ante un periodista de radio de que NéstorKirchner es muy valorado por los jóvenes argentinos porque es un “transgresor”. Elogióa su jefe: “Está buenísimo ser transgresor”.
En la calle esto se advierte, claro y rotundo. Una miríada de pequeñas trampas e infraccionescotidianas (tantas y tan reiteradas, que ya se han naturalizado y son invisibles) derivan de unadeliberada violación de lo instituido, madre de todas las cuestiones, tal vez la central.
Los vecinos de la ciudad depositan su basura en la vereda horas antes y después del horariopermitido porque, de alguna manera, así repudian o ningunean lo que marcan los funcionarios.
Los motoqueros zigzaguean velozmente por calles y avenidas y sortean las barreras bajas enlos pasos a nivel, a menudo sin patente en sus máquinas ni casco en sus cabezas. Resisten al“sistema” viviendo peligrosamente y poniendo en riesgo al resto, o sea, a las pobresalmas que acatan lo dictado por las instituciones. Ni que hablar de los colectiveros, que siemprealegan ser el pasivo objeto de normas que los perjudican, pero difícilmente cumplan con las reglasbásicas. Cruzan con roja, ocupan los senderos peatonales, corren a velocidades demenciales, cargany descargan pasajeros bien lejos de las veredas, manejando vehículos que suelen expeler gasesrepulsivos.

En la Argentina prevalece un extenso miasma de repudio, flota en el aire una nata espesa eirreductible que no se evapora. Denota recelo y sarcasmo por y hacia lo que se denominainstituciones, palabra asociada con formalidades, protocolos, circunloquios y vacuidad.
Lo normal es que ese desdén militante por el mundo de lo institucional se motorice con elcombustible de una aversión por la “ineficacia”. Así, las instituciones seríanesencialmente estériles, una entelequia ampliamente superada por las efectividades musculosas. ¿Quédice ese actor que desde un importante escenario del teatro profesional de la Avenida Corrientesprotagoniza una obra fuertemente auspiciada por uno de los bancos multinacionales más poderosos, elCiti?
Pregona su primitivo rechazo por las instituciones. Por de pronto, revela una vigorosaignorancia: el teatro donde se gana la vida y el banco que lo auspicia son instituciones. Es otramuestra del cualquierismo que se percibe en el mundo del espectáculo. Nunca olvidaré que en lassemanas tétricas del pavoroso 2002 un conocido actor y conductor de TV, notorio por promocionarjabón en polvo, hizo un llamamiento a quemar el Congreso “con todos los políticosadentro”.
La peste de la fobia a las instituciones ha sido en gran medida sostenida por las decisionesde un grupo dirigente que, tras recuperar a su manera la gobernabilidad del país, se enamoró de lanecesidad, de la urgencia y de la excepcionalidad. Eso ha goteado hacia los cimientos de unasociedad ya de por sí naturalmente reacia (y cada vez más) a unas formas a las que vive comodictadura, asfixia y artificialidad, no como indispensables códigos sociales a respetar.

¿De arriba o de abajo? La morfología del nihilismo cotidiano no ofrece en la Argentinainterpretaciones sencillas. ¿Por qué no cruzarían los colectiveros con el semáforo en rojo simanejan vehículos cuyos propietarios son obscenamente subsidiados por el Estado? ¿Por qué losdueños de los colectivos tendrían a sus vehículos en buenas condiciones y a su personal educado,remunerado y bien descansado, si las razones del subsidio se apartan de toda racionalidad quetrascienda el mero cálculo de oportunidad de los gobernantes?
El vituperio activo al que se somete en la Argentina a las instituciones (a todas ellas, nosólo a las políticas) es un océano de manías seriales. Muchos de quienes deberían dar cátedra sobreellas las pasan por encima, olímpicamente, llegado el caso. El Consejo Superior de la Universidadde Buenos Aires, por ejemplo, podría haber relevado en todo su derecho a la rectora del colegiosecundario más trascendente del país (el Nacional de Buenos Aires), pero optó por un bypassordenancista, llevándose puesta la necesidad de un sumario transparente y una operatoria mucho másnoble y digna.
En pocos países se adora más la palabra “echar” que en éste. Acá no se releva, nise licencia, ni se termina una gestión; acá a la gente que no sigue, se la echa, sean DiegoMaradona o Martín Redrado.
Pasión nacional: “sacados”, intempestivos, impacientes, mercuriales, losargentinos ignoramos a las instituciones. Actores, deportistas, transportistas, políticos; todoslas evitan. ¿Qué se puede hacer en un país donde los camiones y micros circulan por las rutas a 130kilómetros por hora y en la parte de atrás de sus acoplados y carrocerías llevan calcomanías quemarcan su obligación de no superar los noventa?
Todo lo que debe ser, a la vez, no lo es. En el Mundial de Sudáfrica se constató otra vez queel intervalo entre los dos tiempos de un partido de fútbol es de exactamente 15 minutos, ni unomenos, ni uno más. Lo disfrutamos y nos apasionamos por ese formidable certamen, pero acá somosdiferentes. En la Argentina, el descanso entre los tiempos del fútbol se estira a unosantirreglamentarios 22 minutos, y no pasa nada.
Flexible hasta lo coloidal en normas y formas, la Argentina convalida la majestuosasupremacía del ir por izquierda, mientras todos seguimos sonriendo, ¿resignados?, peroesencialmente impotentes y faroleros.

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