•CIENCIA Y RELIGION

Dios, Hawking y el Papa

Dios, Hawking y el Papa
24-08-2026 | 18:05

Hace unos días, a través del New York Times, Stephen Hawking avisó que las explicaciones acercade la creación del Universo ya no necesitaban de la intervención divina. De esa superfluidad degestión, el científico habría concluido la inexistencia de Dios o, al menos, así salieron aproclamarlo evangélicamente una caterva de ateos entusiastas. “Profesar el ateísmo” esun oxímoron elegante. Pero ni siendo ateo se entiende el motivo de tanto júbilo. En principio,porque salvo mejor prueba en contrario, no se avizora mayor conveniencia en la aceptación de esapresunta verdad científica. La fe, en cambio, no es eficaz por su aptitud demostrativa de laexistencia de aquello en que el fiel cree, sino por su decisión de impedir la posibilidad de queesa existencia sea comprobable. Y aunque la religión arroje a innumerables personas a abrazarcausas insensatas, la confortación finalista que proporciona no debe ser de desdeñar. Y esto lorefiere mejor que nadie el propio Hawking en su libro de divulgación, La teoría del todo, el geniodiscapacitado cuenta una visita realizada por una delegación de cosmólogos al Vaticano, en ocasiónde una conferencia interdisciplinaria con sus pares religiosos. Luego del encuentro, el Papa–¿sería Juan Pablo II?– los recibió en audiencia en sus habitaciones privadas y (citode memoria, tampoco sé si habló en latín) les dijo algo así como: “Hijos queridos de micorazón. Yo los bendigo por esos conocimientos que tan amablemente nos han transmitido. Desdeluego, está muy bien el Big Bang y todo eso. Salvo algún fundamentalista cristiano del interior delos Estados Unidos, pero esos son sólo bárbaros protestantes, a todos se nos hace evidente que elUniverso no se hizo en siete días. Ahora bien, con el momento anterior a la creación, ustedes no semetan, ¿me explico? Eso es asunto de Dios”.

Para preservar el valor de un velo, nada mejor que soltar una amenaza velada.

Volviendo a los teístas. Leí que el presidente de Chile había declarado que los mundialmentefamosos mineros estaban bien “gracias a Dios” y que pronto los tendríamos a nuestrolado. La inconsecuencia de la afirmación me estremeció. Si gracias a Dios estaban bien, ¿gracias aquién sufrían ese encierro infrahumano? Si –El no lo quiera– una catástrofe llegara aocurrir, ¿dirá don Sebastián Piñera Echenique que Dios perdió su lucha con la mano de su díscolodiscípulo el diablo, o preferirá postular que también la piedra cruel y el resto de los tormentosque padecemos se deben a un designio celeste?

De este lado de la cordillera, un trémulo sacerdote se opuso a la propuesta de Carmen Argibay deretirar los crucifijos de las salas de audiencia. El padre Farinello afirmó que la imagen delcrucificado era un símbolo de amor que excedía a la religión católica. Por extensión, supongo, ycomo el amor es un bien, se predica de esto la necesidad de que haya crucifijos en colegios laicosy estaciones laicas y cuartos laicos y baños laicos. No hay como creer a ciegas en algo para desearimponerlo como verdad universal. Personalmente, no sé cómo puede tomarse como prueba de amorcósmico y salvífica redención la figura mórbida de un atormentado cuya última expresión en arameohabría sido: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, y tampoco me resulta muy razonableni admisible la compungida afirmación del Papa actual acerca de que la enorme vergüenza que sufrela Iglesia por los abusos de los sacerdotes pedófilos debería resultar para sus víctimas un motivode consuelo. Supongo que la lógica que determina ese supuesto es similar a la del alcohólico quefaja a su mujer y después le pide perdón de rodillas, idéntica la del violador que abusa delindefenso y después se compadece de sí mismo, conmovido por el horror de su acto.

En esta columna, el lector atento habrá sabido discernir entre mi repulsa a los mandatosperversos de las religiones y mi defensa de la inocencia y de la fe.


*Periodista y escritor.

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