•CHOCARON LOS EGOS MAS GRANDES DEL MUNDO!

Dios y el enganche melancólico

Debía suceder y sucedió, bastante más temprano que tarde. Imaginar una convivencia profesional pacífica entre dos argentinos exitosos y habituados a caminar por la vida ignorando el significado de la palabra “no” es una ingenuidad imperdonable.

Dios y el enganche melancólico
22-08-2026 | 04:51

Resulta desde todo punto de vista monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy endía, criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente ciertas.”

Oscar Wilde (1854-1900)


Debía suceder y sucedió, bastante más temprano que tarde. Imaginar una convivenciaprofesional pacífica entre dos argentinos exitosos y habituados a caminar por la vida ignorando elsignificado de la palabra “no” es una ingenuidad imperdonable. Hablamos de un verdaderoclásico nacional, compatriotas. Menotti-Bilardo, Vilas-Clerc, Saavedra-Moreno, Cherutti-Artaza,Frondizi-Balbín, Rial-Canosa, Feinmann-Sarlo, Cristina-Cobos, Buzzi-De Angeli, Moria-Nazarena...Uf. Con una mano en el corazón, ¿quién se atrevía a apostar a favor de un futuro armonioso en laSelección con Maradona y el enganche melancólico compartiendo el mismo techo? Difícil.

Aquí y en el resto del mundo, Diego es tratado como un dios pagano al que se le perdona todo.Riquelme también se piensa como otra deidad; o al menos así lo ve su círculo íntimo que, estáclaro, es lo único que a él le importa en la vida.

Uno jugó como nadie ha podido hacerlo; el otro juega de enganche, un puesto que no existe en elPrimer Mundo futbolero. Los dos sufren la dulce incomprensión de los que nacieron diferentes.Aceptan las reglas del juego pero miran todo con enorme recelo. Se encierran. Se escudan en sufama, o en la música más maravillosa de la que habló Perón. Ambos reconocieron en el otro límitesque nunca antes habían enfrentado. El choque fue brutal; la ruptura, inevitable.

El día después, la barra riquelmiana Nietzsche, un poroto llenó de pancartas el entrenamientomatinal de Boca. “Román: Dios no existe” decía una, con el sagrado 10 armadito entrelas letras. Segundos antes de renunciar, Riquelme había dicho que Riquelme –un ídolo habla entercera persona, siempre– “tiene una manera de actuar muy clara” y no abrió másla boca. Maradona sí. Dijo que no entendía qué le pasaba, que iba a ser titular y que él, comotécnico, tenía todo el derecho a hablar de su equipo en los medios. Comprensible. Aplacada la furiainicial, se concentró en lo que más le gusta hacer: señalar un único culpable con nombre yapellido. Esta vez le tocó a Marcos Franchi, actual representante de Riquelme, ex suyo y ex amigo,aunque no tanto como Guillote Cóppola.

“Lo conozco bien, con él compartí muchas noches en silencio dedicadas al mismovicio”, lo pulverizó. Curioso abrazo del oso maradoniano. Lo ignoro todo sobre MarcosFranchi, aclaro, pero sé que este insólito fusilamiento público puede ser fatal para cualquierpersona que haya vivido o viva el mismo drama que Maradona sufrió en carne propia y conoce comonadie. Ningún jugador, ninguna camiseta, ningún Mundial; nada justifica perder el respeto por eldolor del semejante, compatriotas, haya hecho lo que haya hecho. Qué códigos ni ocho cuartos.

Riquelme es una usina de problemas. Melancólico, tímido, soberbio por inseguridad, maltratador,inescrutable, silencioso, amigo de muy pocos. No es, obvio, la persona ideal para trabajar engrupo.

El festejo del Topo Gigio, su más dulce creación, nació como una protesta contra Macri. Peleadocon todos, se fue al Barcelona y no le fue bien. Cataluña fue tan distante con él como 20 añosantes lo había sido con Maradona. El técnico Van Gaal lo recibió con munición gruesa. “Yo nolo pedí”, dijo, mientras le aclaraba a los dirigentes: “No va a jugar, me frena elequipo”. Idénticos argumentos lo dejaron afuera de la Selección de Marcelo Bielsa.

Nunca brilló y fue cedido al modesto Villarreal, que armó un equipo solo para que él ejercierasu oficio en extinción. Fue enganche, por fin; se floreó en la Champions pero... volvió a irse mal.Logró un milagro, casi: se peleó a muerte con el ingeniero Pellegrini, rara avis amabilis delfútbol. Jugó un Mundial y renunció “porque a mi mamá la enferman las críticas”. Volvióa Boca y fue multicampeón, sin dirigirse la palabra con Martín Palermo y otros. Repitió la historiacon la Selección de Basile. Nunca hubo onda con el introvertido Messi y menos con el resto delplantel que, triunfantes sin él en Marsella, le dedicaron un cantito festivo que encontró grandifusión... recién ahora. “¡Hay que alentar/ hay que alentar/ ya estamos todos/ no llamenmás!” Poetas.

La mayoría del establishment futbolero se encolumnó detrás del argumento oficial del ahorapoderoso mito nacional. “La que pierde es la Selección”, disimulaban los políticamentecorrectos y se lamentaban los fieles del Lefebvre de los enganches. La verdad es que la mayoríacelebraba en secreto la despedida. La diferencia entre ambos no es menor. Riquelme divide lasaguas; Maradona... zapatea sobre ellas.

El fenómeno Maradona me conmueve tanto como me enfurece; me pasa con él lo que me pasa con elpaís. Riquelme es menor, también en eso. Lo veo como a un porteño en el extranjero: talentoso,desconfiado, voraz; patriota más por ignorancia y temor hacia lo nuevo que por convicción. Comojugador prefiero a Verón, ya lo saben.

¿Será cierta la muerte de Dios que anuncian los defensores de Nietzsche que adoran al enganchemelancólico? Quién sabe. ¿Seremos, algún día, un país grande y fuerte como un superhombre? Mmm...Ojalá. Aunque más no sea para no desquiciarnos fatalmente como el loco de Turín si es que–Dios no lo permita–, alguno de esos giles que nunca faltan la pifia en pleno Mundial ychau, nos roban la gloria injustamente; otra vez.

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