Dos narradores

Dos narradores
24-08-2026 | 19:11

Viajo a Viena, otra vez como huésped de su excelso festival de cine. Aprovecho el insomnio de latravesía para leer las dos novelas que Daniel Guebel acaba de publicar en Buenos Aires. Ella esflamante, mientras que La perla del emperador es una reedición del original aparecido en 1990. Conel tiempo, la prosa de Guebel se ha vuelto menos exuberante y su proyecto literario menosoptimista, aunque más radical. Hace veinte años, Guebel escribía como si la literatura fuera elCapitán Flint y lo tuviera parado sobre su hombro soplándole alegres e intrincadas peripecias quese niegan unas a otras y se intercalan con falsas (o acaso verdaderas) glosas y digresionesfilosóficas.

“El carácter de lo ocurrido, al disolver cualquier certeza, impedía la construcción decualquier relato”, escribe Guebel en Ella, donde se nota que el impulso avasallante del jovenescritor dispuesto a conquistar el mundo (de las letras) ha cedido el paso a otra manera deconsiderar las perplejidades que despierta la tarea del narrador. Si en La perla... los relatos seacumulan, se multiplican, se abandonan, en Ella se niegan y se enrarecen mientras que lasdesgracias se vuelven simples y definitivas. En el primer libro Guebel habla desde la literaturaencarnada en la primera persona de su exótica protagonista; en el otro, como si la literatura sehubiera retirado de su intimidad y se alojara en esa mujer con la que se pueden tener relacionescarnales, a la que se puede desposar incluso, pero a la que nunca se termina de conquistar ni deentender aunque se la vigile día y noche.

El giro es notable y no sólo marca la maduración del autor, sino también una nueva dimensión enla escritura de Guebel quien, por otra parte, no ha perdido elegancia, pero ha disminuido el uso depalabras infrecuentes. Ella es un libro fundamental, que establece un doble horizonte para laliteratura: por una parte, esta se fundamenta en la distancia que separa lo cotidiano de loextraordinario y aún de lo maravilloso. Sin esos elementos sólo hay costumbrismo, en el mejor delos casos melodrama. La escritura necesita un aliento que la separe del oficio de escribir parecidoa ese afán de iluminar la vida mediante una experiencia extrema que transforma a los dos hombres (oa ese hombre desdoblado) que cortejan a una mujer. Esa experiencia es escatológica y terrible,aunque individual y distinta. Los relatos –que no deben confundirse con aquellas historias aser contadas con las que nos viven amenazando los sicarios del arte industrial– sólo puedenconstruirse a partir de un misterio inexpugnable: la tensión entre el deseo de conocer y laimposibilidad de concretarlo está en el corazón de toda literatura que se precie. En ese sentido,es paradigmático El caso Voynich, la penúltima novela de Guebel, que gira en torno a un manuscritoindescifrado. Pero el misterio de lo incognoscible en el plano de la ciencia no es distinto del queimpide a Matías y a Julián acercarse al corazón de Josefina. En esas inquietudes, en esas carenciasdel sentimiento y la razón, se aloja la literatura.

Llego a Viena y entro en un cine donde dan Road to Nowhere, el primer largometraje en veinteaños de Monte Hellman, cineasta americano maldito y genial. La narración tiene tantas capas quelogra diluir la diferencia entre la supuesta historia policial en la que está basada, la filmaciónde esa misma historia y la película resultante. Hellman, como Guebel (que no entiende nada decine), declara no sólo la imposibilidad, sino la inutilidad de un relato cerrado y construye unaobra maestra. Road to Nowhere permite preguntarse por la naturaleza del cine, pero es también otraprueba de que las artes narrativas deben abandonar la costumbre de imitar esa superstición llamadarealidad.

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