Drogas

En la noche deslumbrante de una Buenos Aires diseminada como interminable planicie urbana, una alfombra de luces se extiende hasta el horizonte remoto. El avión gira sensualmente sobre su ala izquierda y se encamina a la cabecera de la pista. Desde la cabina a oscuras, advierto en tierra dos imanes eléctricos potentes.

Drogas
24-08-2026 | 10:41

En la noche deslumbrante de una Buenos Aires diseminada como interminable planicie urbana, unaalfombra de luces se extiende hasta el horizonte remoto. El avión gira sensualmente sobre su alaizquierda y se encamina a la cabecera de la pista. Desde la cabina a oscuras, advierto en tierrados imanes eléctricos potentes.
Sus luces lechosas y agresivas estallan, convertidas en prioridad nocturna, luminosidadesperentorias que descuellan en la penumbra. Registran con sus focos lo principal de la noche. Abajo,el Monumental asiste a una nueva derrota de River. A pocas cuadras, el viejo templo del turf, elHipódromo de Palermo, también encandila en la relativa oscuridad circundante, una catarata dekilovatios por hora gastados para iluminar el coloso lúdico donde miles de tragamonedas mantienenen vilo la imparable máquina del juego.
Es la noche de un lunes de trabajo. El barrio de River está cerrado al tránsito a variascuadras a la redonda una hora después de que terminó el partido, como si la jornada laborable noimportara y el fútbol tuviera la monárquica prerrogativa de suspender o cancelar todo en su nombre.Mientras tanto, junto al Hipódromo, centenares de taxis entran y salen toda la noche, transportandojugadores que llegan ilusionados y se van perdedores.

En la Argentina, trabajar, cumplir y producir son acciones habitualmente satanizadas,calificadas de berrinches reaccionarios, obsesiones pequeñoburguesas, caprichos destituyentes degente preocupada por las formas; siempre hay razones para cortar, suspender, dar asueto,interrumpir y festejar o protestar por algo.
En la noche normal de Buenos Aires, una sola y elocuente vista aérea muestra el país real eirrefutable. Fútbol y timba dominan el escenario y prevalecen. La Argentina acepta el fútbol y eljuego “para todos”. Todo el tiempo, todos los goles, todas las timbas.
En el canal oficial, al que con la negligencia insufrible de muchos se lo sigue llamandotelevisión “pública”, los partidos dominan y condicionan cotidianamente la grilla, lomismo que en otros medios privados, cuyos contenidos son regularmente vandalizados por elsacrosanto fútbol. Y como si ese fútbol explotado ahora por la sociedad AFA/Casa Rosada fuerainsuficiente, entre martes y jueves se juegan copas y torneos regionales. En la Argentina se juegay se transmite fútbol de tarde y de noche no menos de seis días por semana.


El juego ha cristalizado una rutina imponente en la Argentina, donde los casinos no cierrannunca. Las 24 horas de los 365 días hay máquinas, ruletas y bingos abiertos en todas las ciudadesdel país. Esto, que nadie cuestiona, goza de supremacía aterradora. La Argentina ha resueltodoparse a muerte con la droga de un menú pletórico de entretenimientos adictivos. Hoy ya nogobierna, se nos consuela, el neoliberalismo permisivo y malvado que demolió al Estado en los añosnoventa, ahora reina un nuevo “modelo”, basado en la producción, el trabajo y lacreación de valor agregado.
Sin embargo, timba y fútbol cotizan en alza y a la cabeza. Nada se puede contra ellos. A lahora de los partidos, recorrer el dial de la radio en AM es desolador: los transmiten el 97 porciento de las emisoras, sacralización de un presunto “derecho” popular al fútboleterno. No hay más goles “secuestrados”; hasta periodistas de sólidos antecedentesprofesionales y matriz ideológica de izquierda alegan, incluso desde medios adversos al Gobierno,que les parece formidable que el Estado gaste mil millones de pesos por año para financiar laexplotación privada del fútbol.
La timba es invencible, su blindaje no se puede perforar y no se puede ir contra ella. No hayestrategias ni programas de gobierno que procuren torcer, aunque sea tibiamente, la inexorabilidadde esta maquinaria de ensimismamiento e intoxicación colectiva. El realismo dominante proponeresignación fatalista, aceptación del statu quo y un pretendido pragmatismo, responsabilidadfunesta de quienes, proclamándose intelectuales comprometidos, no se animan ni a cuestionar laobscenidad de esta capitulación ante el poder del dinero.

El relato oficial no habla de cultura del trabajo. Con una espesa sopa de retórica progresistales alcanza para anestesiar o comprar las buenas conciencias.
Pero la mirada de la Ciudad desde el cielo porteño no me engaña. El país ha sido colonizadopor el juego, que no es en la Argentina una mera actividad privada más, sino una herramientapolítica central. Concesiones, franquicias, permisos y normas emanadas del poder actual encuadran,protegen y preservan el dominio de una plutocracia timbera que domina la geografía nacional. En lasciudades de provincia, bingos y tragamonedas se instalan al lado de los bancos donde los empleadoscobran su sueldo. Cuando lleguen a casa podrán zambullirse en el televisor y ver fútbol non stop,todos los días.

Drogas poderosas, adictivas y oficialmente estimuladas, timba y fútbol brillan de noche, perosus negocios infinitos dominan el día. Una penuria espiritual muy llamativa cubre las conciencias,como una húmeda manta, desagradable pero conocida y, por consiguiente, aceptada. En nombre de latransformación y el progreso, mientras que rutinariamente epígonos del privatismo noventista pidenhoy desde el Gobierno que no se les pongan palos en las ruedas (el caso Boudou es una epifanía delcinismo), el mecanismo de captación de dinero y almas rueda con lubricada y fatídica excelencia.
La Argentina oficial no habla de cultura del trabajo porque prospera desde su proverbialadicción a la especulación. En la noche porteña que mis ojos recorren con fruición y melancolía,brilla lo que está encendido. Reinan espacios que enganchan como droga, onírica infatuación de unasociedad que se la pasa gritando gol y sigue apostando.
El Viernes Santo, que encima fue 2 de abril (Malvinas, 649 argentinos muertos en 1982),Racing jugaba contra Atlético Tucumán, y Huracán contra Colón, ambos televisados. ¿Dios ha muerto?Reina el modelo. Viva la droga. ¿Todo bien?

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